Sentado en el balcón de su apartamento, y escuchando las palabras de su madre, Santiago recordó lo sucedido cuatro días antes: después de haber acompañado a Verónica y a su familia a la salida del examen de medicina legal, se había despedido de todos cuando el auto del padre de la rubia atravesaba el centro de Santa Marta y en seguida se había dirigido a la estación de policía, donde después de una espera de más de dos horas, Penélope había sido liberada. Después de haberla llevado a desayunar a una cafetería cercana al lugar, y de haberla dejado en la puerta de su casa, había regresado a su apartamento sin saber cuál sería su siguiente paso por seguir.
–Santi, creo que lo que has hecho es lo mejor: debes dejar pasar un tiempo, tienes que aclarar tus pensamientos, saber en realidad qué es lo que quieres. No está bien saltar de una niña a la otra…
Su madre podría tener razón, pero los últimos cuatro días habían sido poco menos que un infierno. Había tratado de divertirse en compañía de Fabio, Alan y Fercho, de hacer algo de ejercicio sin esforzar su rodilla y de compartir con su hermana, quien siempre tenía alguna frase inteligente para amargarle el rato o hacerlo reír a carcajadas. Antes de dejar a Penélope en su casa, le había vuelto a explicar su posición: lo mejor era distanciarse, pero si algún día ella regresaba de Canadá y él aún se encontraba en Santa Marta, podrían llegar a intentarlo de nuevo. Penélope había llorado y le había insistido en que lo mejor sería tratar de disfrutar juntos su último mes en Santa Marta, pero Santiago se mantuvo firme en su decisión. <<Nena, solo nos estaríamos haciendo más daño, no podemos dejar que este amor crezca para después tener que despedirnos sin saber cuándo nos volveremos a ver>>, habían sido sus palabras antes de darle un pico en la mejilla a manera de despedida. Desde aquel día no la había vuelto a ver y tampoco había visto a Verónica, quien, según palabras de Fabio, no quería volver a saber de cachaco alguno. <<Brother, es que la hembrita se sintió insultada cuando la amenazaste con llegarla a denunciar por lo del vidrio roto>>, había dicho Fabio un par de días atrás, cuando disfrutaban de unas cervezas en un pequeño grill cercano a la playa de El Rodadero.
–Hijo, lo mejor es que te veas con tus amigos, te diviertas un poco, sigas haciendo ejercicio y aproveches tu tiempo libre, porque cuando entres a la universidad, no te va a quedar tiempo para nada –su madre le continuaba dando consejos mientras él seguía recordando.
–Yo sé, pero es que…
–No es fácil lidiar con las penas de amor, pero si en lugar de andar pensando en esas cosas todo el tiempo, te concentras en otras actividades, con el paso de los días te vas a sentir mejor y vas a tener la mente más clara para decidir si en verdad quieres tratar de rehacer las cosas con la gringuita o si definitivamente Penélope era la indicada…
–No saco nada con lo de Penélope, ella igual se va a ir.
–¿Y si ella no se fuera, igual usted se dejaría seguir tentando por la gringa? –sorpresivamente, Carolina había aparecido en el umbral de la salida al balcón.
–Caro, por favor, tu hermano está confundido –intervino la mamá de los muchachos.
–Pero es que como... Mejor dicho, mire: a mí la gringa me cayó bien, pero Penélope es mucho mejor –dijo Carolina avanzando hasta la reja del balcón.
–No saco nada con que sea mucho mejor, no ve que ella se va…
–Pero en serio, hermano, ¿usted a cuál de las dos prefiere?
–¿No te dije, Caro?, que tu hermano está confundido.
–Mami, déjalo contestar –Carolina se recostó contra la reja.
–No sé, las dos tienen cosas buenas… y malas –dijo Santiago mirando a su hermana.
–Pero si la gringa no lo hubiera dejado ahí botado en ese restaurante, me imagino que usted nunca se hubiera cuadrado con Penélope –dijo Carolina.
–Lógico, no le iba a poner los cachos a Carrie.
–Pues mire: usted sabe que Penélope me cae súper bien, pero ella ya no le sirve, a menos que usted arrancara para Canadá, lo cual es totalmente imposible. Entonces para dejar de verlo así todo vuelto nada, todo triste y amargado, lo mejor, según mi concepto –Carolina levantó el dedo índice de su mano derecha mientras dirigía su mirada al rostro de su madre–, es que arregle las cosas con la gringa.
–Yo insisto en que tu hermano necesita darse un tiempo para pensar bien las cosas.
–Mami, ¿y es que a ti no te cae bien la gringa? –preguntó Carolina.
–Me cayó muy bien cuando Santi la trajo a comer un día, pero es que lo mejor es tener las cosas claras antes de proceder.
–¿Y seguir viéndolo así todo amargado? No, mamá, Santiago lo que necesita es volver con la gringa, además –Carolina se dirigió a Santiago–, a usted le fascina esa vieja, no importa que Penélope se haya atravesado en el camino… Para mí, fueron solo las circunstancias del momento, pero esas cosas igual las pueden hablar, cuadran todo y listo…
Santiago le podría dar la razón a su mamá: lo mejor era tener una mente clara, pero así mismo sabía cómo su hermana también tenía buenos argumentos. Ahora, caminado con rumbo al malecón de El Rodadero, hacia el final de la tarde, sabía cómo estaba corriendo el riesgo de quedarse solo por el resto de las vacaciones. Si no se apresuraba a tratar de arreglar las cosas con Carrie, la hermosa norteamericana no tardaría en fijarse en alguien más y esta vez no sería un personaje como Michael, sino algún residente de la ciudad. Le tomaría algún tiempo el olvidarse de la dulce, tierna y hermosa Penélope, pero no sacaría nada si por dejar pasar ese tiempo, dejaba ir cualquier posibilidad que aun pudiese existir con Carrie. Lo había decidido: se encontraría con Fabio y Alan en el malecón, estaría con ellos por algunos minutos y después se iría para Arenas Blancas a tratar de reconquistar a su primer amor.