Después de un ameno y caluroso día de playa en Bahía Concha, disfrutando de la compañía de su mejor amiga, y siendo las cinco y media de la tarde, Carrie llegó a su bungaló, se dio una refrescante ducha, se puso una falda larga de suave material adornado con flores, la cual le llegaba hasta los tobillos, una blusa blanca con pequeños bordados de pájaros en el cuello, ambas prendas adquiridas en un mercado de productos típicos del centro de la ciudad, y se paró frente al espejo. Mientras se aplicaba algo de maquillaje sobre su bronceado rostro, no se cansaba de repetirse a sí misma: <<Vas a volver a ser mío, Santi, te juro que de esta noche no pasa esta absurda situación>>. Sin embargo, el timbre del teléfono la sacó de sus pensamientos y la obligó a correr en búsqueda del aparato.
–Habla Carrie…
La voz al otro lado de la línea le era bastante familiar, aunque jamás pensó que la volvería a escuchar.
–¿Mi niña, eres tú?
Tres segundos de total silencio transcurrieron antes de que Carrie reuniera la fuerza necesaria para contestar.
–Sí, mamá, soy yo, ¿cómo conseguiste mi número de teléfono? –Carrie no lo podía creer: su madre la estaba llamando y su tono de voz parecía reflejar amor, ternura y arrepentimiento.
–No fue fácil, pero el señor Book nos hizo el favor… a tu padre y a mí.
–Por favor, mamá, no me menciones a tu esposo, ese señor ha muerto para mí –le hubiera gustado decirle que ella, su madre, también había muerto, pero le pareció un poco cruel decírselo de manera tan directa.
–Carrie, mi niña, por favor no digas eso, tu padre está aquí, al lado mío…
–¿Qué quieres mamá? –el tono de Carrie no era para nada amistoso.
–Tu padre quiere hablar contigo…
–Ni pienses en pasarlo, ¿o es que quieres que te cuelgue?
–¡Carrie, por favor! tienes que perdonarlo…
–Si me sigues hablando de él, voy a colgar –amenazó Carrie, subiendo el tono de voz.
–Queremos que regreses a casa, a tu hogar… Solo queremos que nos perdones, sabemos que actuamos muy mal.
Carrie no lo podía creer: después de haber transcurrido varias semanas desde su salida de prisión, y estando a más de cinco mil millas de distancia de su antiguo hogar, llegaba la llamada que su subconsciente había estado esperando desde el día en que se vio obligada a marcharse de casa.
–¿Y hasta ahora se dan cuenta de lo que me hicieron? –preguntó Carrie, su tono de voz algo alterado.
–Todo sucedió muy rápido, todo fue muy… sorpresivo…
–¡¿Sorpresivo?! Tuvieron más de diez meses para haberme ayudado, para haber pensado en lo que estaba pasando, para haber hecho algo por mí… Pero no, jamás hicieron absolutamente nada, ni siquiera fueron a visitarme una sola vez, y si no es por la psicóloga de la prisión juvenil y sus deseos de ayudarme y de hacer justicia, todavía estaría encerrada en ese horrible lugar.
–Lo sabemos, Carrie, y estamos muy arrepentidos –la señora usaba el mismo tono de quien está rogando por algo.
–Y no fue suficiente con verme encerrada injustamente… También me tenían que echar de casa justo el día en que acababa de regresar.
–Hija, es la hora de pagar por nuestras culpas, de demostrarte que te queremos mucho, de pedirte perdón por lo que hicimos y por lo que dejamos de hacer…
–No sacarán nada con eso, yo ya no estoy en Estados Unidos y además… no quiero volver a saber nada de ustedes –era el momento de desahogarse, de decir todo aquello represado en su mente y en su corazón, lo cual había acumulado desde el momento cuando se enteró de la negativa de sus padres a pagar la fianza.
–Carrie, por favor, escucha… Te conseguimos un cupo en la Universidad de Princeton, para que estudies psicología… –era una enorme sorpresa, justamente lo que siempre había deseado. ¿Pero cómo rayos lo habían logrado estando ella en prisión y luego en otro país?
–No estoy para bromas, mamá. Ahora mismo estoy tratando de reorganizar mi vida y créeme que me está yendo bastante bien.
–Me alegra mucho que estés bien en Bolivia, pero…
–¡No es Bolivia, mamá, es Colombia!
–Bueno, en dónde sea, pero es hora de que regreses a América y empieces tus clases en Princeton.
–Siempre he estado en América, lo que pasa es que ahora estoy en Santa Marta y no en New Jersey.
–No entiendo lo que me dices, pero hija, no puedes dejar escapar esta oportunidad.
–¿Y se puede saber cómo diablos me consiguieron el cupo? –Carrie aún no daba crédito a las palabras de su madre.
–Tu papá haló algunas cuerdas, gente que le debía favores, y pues logramos conseguir tus calificaciones de la escuela North Hunterdon y de la escuela de ese lugar… además del examen SAT que habías presentado allí.
–Mamá, ¿me estás hablando en serio? –Carrie se sentó en uno de los butacos del mesón de la pequeña cocina.
–No te llamaríamos solo para bromear.
–Mamá, las universidades empiezan en septiembre, aún falta mucho tiempo.