Arenas Blancas

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La sorpresa de Santiago se dio justo al llegar al malecón de El Rodadero: en lugar de encontrarse con una reunión de solo hombres, como había sido la costumbre durante los últimos días, se encontró también con la presencia de Penélope y de Jennifer, quienes compartían al lado de Fabio, Alan y Fercho.

–¡Viejo Santi! –exclamó Fabio estrechándole la mano a la manera como los jóvenes acostumbraban.

–¡Llegó el que faltaba! –fueron las palabras de Alan antes de saludarlo.

Sin embargo, y a pesar de corresponder el saludo de sus amigos, su mirada y su atención se centraron en el rostro de Penélope, quien a su vez no paraba de mirarlo.

–Bueno, nosotras como que los dejamos –dijo Jennifer, mientras agarraba a Penélope por el brazo en un claro intento de alejar a su mejor amiga de quien la estaba haciendo sufrir.

–Eche, ¿pero para dónde van? –Preguntó Alan–. Tranquilas que esto se compone.

Pero fue Penélope quien respondió en lugar de Jennifer.

–Jenni, tranquila, está bien, no tenemos por qué irnos.

–Deja la cosa, Jenni, mira que ya casi oscurece y es cuando todo se pone bueno –dijo Fercho.

Santiago estrechó la mano de Fercho y enseguida se acercó a Jennifer y a Penélope, a quienes saludó con sendos picos en sus mejillas. Sin embargo, cuando fue el turno de saludar a su exnovia, sintió cómo algo se movía en su interior, sensación complementada por la cercanía a sus labios del lugar en donde ella le dio el pico. Definitivamente era demasiado difícil tratar de sacar de su mente y de su corazón a una niña tan linda y especial como lo era Penélope. Pero su decisión estaba tomada: solo pasaría un corto rato con sus amigos y después se dirigiría a Arenas Blancas en búsqueda de su primer amor.

En medio de la animada charla, los muchachos sentados en círculo sobre las arenas de la playa, Santiago, haciendo un enorme esfuerzo por no mostrarse hacia los demás como un muchacho afectado por la enorme atracción causada en su mente por Penélope, no paraba de maldecir su suerte. Después de haber encontrado a esa niña, a la cual seguía considerando muy completa, a pesar de los sucesos recientemente acaecidos, se veía obligado a despedirse de ella, a renunciar a cualquier posibilidad de haber formado algo especial y duradero. Pero no sacaba nada volviendo a repasar las razones por las cuales todo había llegado a su final. Por más de haberse roto el cerebro pensando en alguna posible solución a los problemas monetarios de ella y de su mamá, lo cual, en caso de ser solucionado, podría mostrar una leve luz al final del túnel, no había logrado encontrar solución alguna.

–…pero genial que a tu papá le esté yendo tan bien –las palabras de Jennifer, dirigidas a Fabio, lo sacaron de sus pensamientos.

–No está haciendo menos de cinco eventos a la semana –dijo un sonriente Fabio–, ya ni siquiera estamos dando abasto.

–Entonces billete es lo que se está viendo… –comentó Alan.

–Bueno, sí… No te lo puedo negar, brother, pero igual se está trabajando duro.

–¿Y no necesitan a nadie que les ayude? –preguntó Penélope.

–Sería bueno, pero tendría que ser un man que pueda cargar esas cabinas de sonido y la consola, tú sabes que todo eso es pesadito.

–Entonces ahí no clasificamos las mujeres –dijo Jennifer.

–A menos que hayas pasado los últimos dos años levantando pesas en un gimnasio –dijo Fabio.

–Lástima, me hubiera gustado ayudarte –Penélope arrugó los labios.

–Métete al gimnasio y por ahí en seis meses vuelves y le pides empleo a este man –bromeó Alan.

Pero la charla fue interrumpida por un vendedor de arepas de huevo, quien se acercó hasta ellos a ofrecer su producto.

–Hoy estoy botado –dijo Fercho–, cojan todos que yo gasto.

Inclusive comiendo arepa de huevo sentada en medio de la playa, el refinamiento de Penélope era evidente. Simplemente se trataba de una cualidad más en su ya de por sí extensa colección.

–Bueno, ¿y tú para que quieres trabajar con este man? Le preguntó Alan a Penélope mientras señalaba a Fabio.

–La gente suele trabajar por dinero –fue Jennifer quien se adelantó a responder.

–¡Ah! Bueno, yo pensé que era otra cosa –dijo Alan con expresión maliciosa.

–No metas embuste… Además, Fabio solo tiene ojos para Vero, así ella lo siga rechazando de por vida –fueron las palabras de Jennifer.

–No friegue, ya deja de montarla –Fabio se dirigió a Jennifer.

–No, lo que yo quiero es trabajar en algo que me deje tiempo para estudiar durante el día, y como supongo que casi todos esos eventos del papá de Fabio son de noche… –intervino Penélope.

–La mayoría, aunque a veces salen cosas que van de día, como amplificación de sonido para conferencias y congresos –aclaró Fabio.

¿Sería tan comprometedora la situación económica de Penélope y su mamá, al punto de obligar a su exnovia a buscar un trabajo que no interfiriera con el horario de sus estudios? Santiago veía cada vez más lo complicado de la situación: definitivamente la única salida parecía ser su viaje al Canadá en donde la beca le otorgaría el dinero suficiente, no solo para estudiar, sino también para cubrir sus gastos de alojamiento y alimentación, según palabras de Alan pronunciadas el día anterior.




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