Arenas Blancas

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Para Santiago, todo resultó más fácil de lo pensado a la hora de arreglar las cosas con Carrie. No se atravesaron ni el drama ni la discusión, ni tampoco primó la diferencia de conceptos, aunque la noticia de la próxima partida de ella hacia New Jersey le cayó como un baldado de agua fría. Sin embargo, caminando hacia el bungaló, abrazado a su primer amor, y con la emoción de estar ad-portas de pasar la noche junto a ella, un sentimiento de injusticia se atravesó en su corazón: había terminado con la dulce y tierna Penélope debido a su próximo viaje a Canadá, pero aparentemente parecía estar dispuesto a gozar al lado de Carrie el tiempo que restaba antes de su partida hacia New Jersey. No estaba siendo justo, y su proceder solo parecía estar confirmando una supuesta preferencia por la norteamericana.

–¿Quieres algo de tomar? –preguntó ella cuando se encontraron en el interior del bungaló.

–Creo que no estaría mal, es sábado y tenemos toda la noche por delante –contestó Santiago mientras se deshacía de sus zapatos.

–Ya estoy cansada de tanta cerveza, ¿qué te parece si tomamos de esto? –Carrie sacó de la nevera una botella de aguardiente.

–Me parece buena idea, con eso de pronto nos relajamos un poquito.

–¿Estás nervioso? –preguntó ella mientras servía el líquido en un par de pequeñas copas de cristal.

–Bueno… Creo que esta situación no es cosa de todos los días… –Santiago trató de mostrar una sonrisa, pero en realidad su mente y sus pensamientos estaban muy lejos de querer mostrarse dueño de una supuesta felicidad. No podía sacar a Penélope de su mente; se imaginaba a la bella samaria sirviendo las copas de aguardiente en lugar de Carrie, llevándoselas hasta donde se acababa de sentar, dándole un pico en los labios mientras le acariciaba la cabeza, como era su costumbre, y diciéndole como lo de Canadá solo había sido una broma pesada y que tendrían el resto de sus vidas para estar juntos en aquella maravillosa ciudad.

–Parece que estuvieras a mil millas de aquí –dijo Carrie mientras le entregaba su copa de aguardiente y lo sacaba de sus pensamientos.

–¿En serio? No, solo estaba pensando en este lugar…

–¿Cómo así? –preguntó Carrie mientras se sentaba a su lado.

–Pues… pues que es bien bonito este bungaló y que tú vives muy cómodamente aquí.

–Sí, no me puedo quejar –dijo ella antes de brindar. Los dos tomaron de un solo trago el contenido de las pequeñas copas para después dejarlas vacías sobre la mesa de centro–. Lástima que lo que voy a tener en Princeton no va a ser ni la cuarta parte de esto.

–¿Y en dónde piensas vivir allá?

–Al principio tendrá que ser en los dormitorios para estudiantes de la universidad; suelen ser cuartos que compartes con una persona más y que tienen un par de camas, dos armarios, dos escritorios y un baño.

–Bueno…, eso es lo que has querido para tu futuro –Santiago estiró el brazo, cogió la botella de aguardiente y sirvió una nueva ronda. Le pasó una copa a Carrie, brindaron e instantes después despacharon el segundo trago de la noche.

–Pero después voy a ganar mucho dinero, voy a estar muy bien y podré tener una linda casa en un gran lugar en donde tú podrás venir a visitarme –dijo ella antes de darle un pico en los labios.

–¿Si crees que te vas a acordar de mí cuando seas una gran psicóloga, estés ganando mucho dinero y tengas tu linda casa?

–No lo dudaría… Fuera de haber sido mi primer amor, también vas a ser la primera persona con quien me vaya a la cama.

Santiago hubiera dado todo por poder sentirse, no solamente atraído sino también emocionado por el solo hecho de pensar en lo que estaba a punto de suceder, pero definitivamente la imagen de Penélope estaba atravesada en su mente y le estaba quedando imposible el tratar de borrarla.

–Supongo que es una buena razón para recordar a alguien…

–Lo dices como si no estuvieras convencido… –dijo Carrie tomando la botella entre sus manos y sirviendo una tercera ronda.

¿Por qué no podía tomar las cosas de manera tranquila? ¿Acaso no sería lo mejor comportarse como cualquier muchacho de diecinueve años en los minutos previos a acostarse con una linda muchacha?

–Bueno, no es que no esté convencido, pero… –Santiago agarró su copa y vació su contenido de un solo sorbo mientras veía como Carrie hacía lo mismo.

–¿Pero qué? –dijo ella devolviendo la copa a la mesa.

–No, simplemente pensaba en que hubiera sido lindo si hubieras escogido quedarte aquí…

–Creo que ya hablamos de eso –Carrie arrugó el cachete.

–Sí, ya lo hablamos, me diste tus razones y yo estuve de acuerdo.

–¿Entonces…?

–Entonces nada, solo digo que hubiera sido lindo… –Santiago mantuvo la mirada en uno de los cuadros colgados en la pared. Ahora se daba cuenta de la manera cómo la decisión de Carrie había afectado sus sentimientos. Su modo de percibir las cosas había cambiado en las últimas horas: no era el mismo sentimiento el que había tenido cuando viajaba en el taxi desde El Rodadero hacia Arenas Blancas y desde el resort hasta el apartamento de Amanda, en el cual sentía la ilusión de arreglar las cosas con su primer amor y de amarla para siempre, al que sentía ahora, al haberse enterado de su partida. Era evidente la desilusión, reforzada aún más si comparaba las situaciones de las dos muchachas: Penélope, gracias a su precaria situación económica y a su imposibilidad de trabajar durante el día, debido a sus horarios de universidad, no tenía ninguna otra opción aparte de la de viajar a Canadá; en cambio Carrie tenía dos buenas opciones y había escogido la que finalmente terminaría alejándola de su lado. Las dos terminarían por marcharse, pero Carrie hubiese podido quedarse, ganar ascensos en un bello lugar en donde todos la querían, y haber terminado haciendo, no solamente una brillante carrera, sino también haciendo a Santiago parte de su vida.




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