Arenas Blancas

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No todo podía ser perfecto y menos después de haber pasado una buena temporada en prisión. Pero aquella injusta experiencia no era suficiente como para llevarla al punto en el cual no pudiera sentirse orgullosa de sí misma. Había logrado convertirse en una excelente profesora de inglés a quien todos querían, todos estimaban y todos consideraban una gran persona. Por lo menos tenía una buena amiga en la subgerente del hotel y también había logrado hacer el amor por primera vez en su vida, con la persona con quien había soñado hacerlo: su primer amor. Lo había gozado y disfrutado a más no poder, llenando el momento de pasión y sentimiento, y estando muy segura de estar viviendo una hermosa experiencia de nunca olvidar. Además, con la ayuda de otros, como la del señor Book, el padre de su mejor amiga en New Jersey, había logrado salir adelante, alejada de su familia y de su país. Y ahora, como recompensa por haber estado encerrada por más de diez meses, sus padres le estaban pidiendo perdón, además de haberle conseguido un cupo para estudiar psicología en la prestigiosa Universidad de Princeton. No se cansaba de leer su carta de aceptación, copia en su poder desde un poco más de una semana atrás, tiempo en el cual no había vuelto a saber de Santiago. Pero, aunque lo amaba como nunca había amado a nadie, era consciente de sus prioridades. Hubiese sido fantástico, por decir lo menos, haber tomado la decisión de quedarse en Santa Marta, hacer carrera dentro de la organización del resort, asistir a una universidad en aquella ciudad, además de haber gozado de la compañía y del amor del apuesto muchacho. Pero entendía como algo mucho mejor, y más importante para su futuro, el convertirse en una psicóloga clínica, dispuesta a ayudar, tanto a la gente con sus problemas de salud mental, como a las adolescentes presas en horribles lugares como en el que ella había estado. Sentía algo de tristeza al no haber podido convencerlo de pasar con ella aquellas últimas semanas, pero así mismo entendía su pensamiento: para Santiago sería demasiado difícil, por no llamarlo catastrófico para sus sentimientos, el ahondar en una relación sin posibilidades de llegar a tener alguna clase de futuro. No lo culpaba por su decisión de no quererla ver. Era su forma de ser y de pensar y era bastante respetable. A ella también le pesaba alejarse de él, y aquella noche, después de haberle hecho el amor, cuando se encontró sola en su bungalow, había llorado a sabiendas de que nunca lo volvería a ver. La única posibilidad para hacerlo sería cambiando su decisión, pero ella sabía perfectamente que esta ya estaba tomada. Se disculpaba a sí misma, no solamente con el argumento de sus prioridades en cuanto a su futuro profesional, sino también acudiendo a un argumento igual de importante: se trataba del amor de dos adolescentes, y aunque podría ser bastante fuerte, bien sabía cómo estos, rara vez llegaban a prosperar. Nunca lo olvidaría, y si por alguna extraña razón o por las vueltas de la vida, se volvía a dar una oportunidad al lado de él en el futuro, no dudaría en tratar de hacer todo lo posible para no dejarlo ir.

–Carrie, mi amor –sus cavilaciones fueron interrumpidas por la voz de su mamá, quien al lado de su papá, habían llegado de manera sorpresiva a Santa Marta, y ahora se encontraban hospedados en Arenas Blancas–, apúrale, creo que la camioneta que nos vas a llevar al Parque Tayrona debe estar próxima a recogernos. La señora se encontraba en el umbral de la puerta de la habitación.

Cuando habían aparecido ante su puerta, un par de días atrás, no tardaron en explicarle la razón de su sorpresiva visita: <<Carrie, vinimos a terminar de convencerte de que tu futuro está en los Estados Unidos, no queremos que te malgastes por estas tierras>>. Aquellas habían sido las palabras de su padre, a lo que ella había respondido: <<No se preocupen, mi decisión de volver está tomada, me lo hubieran podido preguntar por teléfono antes de viajar>>. No quiso entrar en discusiones con su padre, quien, a pesar de todo, daba la impresión de mantener aun algunas de sus ideas conservadoras y retardatarias. Era consciente de no estar <<malgastándose>> en Santa Marta, pero si había decidido volver con su familia a New Jersey, lo mejor sería tratar de no entrar en ningún tipo de discusión.

Pasó un entretenido día de sol, arena y agua de mar al lado de su familia, visitando la playa Arrecifes del Parque Tayrona, y aquella noche, durante la cena, en un prestigioso restaurante del centro de la ciudad, fue abordada por nuevas sorpresas por parte de sus padres.

–Carrie, queremos visitar Cartagena, y después viajar a conocer Machu Picchu en el Perú –dijo su mamá después de haber ordenado un plato de pargo rojo con arroz de coco, patacones y ensalada.

–Me han dicho que son dos maravillosos sitios –Carrie mostró una auténtica sonrisa.

–Lo sabemos –intervino su padre–, pero queremos que vengas con nosotros.

–Papá, aun me quedan veinte días de trabajo en el resort…

–Es verdad, pero no veo la razón por la cual no puedas renunciar unos días antes –argumentó el señor.

–No te puedes perder la oportunidad de conocer esos sitios. Después vas a estar bastante ocupada en tu universidad y será difícil que tengas la oportunidad de regresar a Suramérica –dijo la mamá de Carrie.

–Pero es que no me puedo ir así no más, dejando mi trabajo botado –protestó Carrie utilizando un tono moderado.

–¿No tienen a alguien para reemplazarte? –preguntó su padre.

–Sé que desde que le dije al señor Ramírez que me iba de regreso a casa, han estado entrevistando gente, pero no sé si ya hayan escogido a alguien.




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