Sin el pan, sin el queso y ni siquiera con la lechuga; Santiago se había quedado sin nada. Pero esto lo sabía desde hacía cinco días, desde aquella tarde cuando se enteró, por palabras de Alan, de la naciente relación de noviazgo entre Fabio y Verónica. <<Ese man está que no puede de la dicha, ahora andan por ahí cogiditos de la mano todo el tiempo, y no paran de darse besitos>>. Ahora se vería obligado a esperar por el inicio de su primer semestre de universidad para lograr conocer nuevas muchachas. Sin embargo, se le hacía extraño el no haberse enterado de aquel noviazgo a través de Fabio, con quien había empezado a trabajar en el montaje de eventos, cuatro días atrás. Si ya no tenía novia con quien compartir los ratos libres, lo mejor sería trabajar, ganarse algún dinero y permanecer ocupado. Supuso cierta vergüenza por parte de Fabio, teniendo en cuenta cómo hasta hace un par de semanas, Verónica había demostrado su total desinterés en él. Ahora se alegraba, no solo por su amigo, sino también por verse definitivamente libre de los avances de la atractiva rubia.
–¿Para dónde cree que va? –le preguntó Carolina al verlo caminar hacia la puerta del apartamento.
–A dar una vuelta, a ver quien anda por el camellón…
–Será a ver si se encuentra con Penélope, más bien… Porque desde que la gringa se fue, parece que no se acordara de que la que sí valía la pena también se va.
–Yo sé que se va, pero igual casi no la he visto, solo el otro día que me la crucé por los lados de donde alquilan las bicicletas para cuatro personas.
–Y no me diga que no la vio divina…
–Es que ella es divina, pero ya le corresponderá a un canadiense gozarse esa divinidad –Santiago arrugó los labios.
–Oiga, hermano, fresco… Eso las viejas vienen y van, y apenas entre a la universidad, va a tener de donde escoger.
–Yo sé…
–Cambiando de tema, ¿ya le pagó el papá de Fabio lo que le debía?
–Sí, él me paga siempre al final de cada evento –contestó Santiago mientras se ponía los zapatos.
–Pero trate de ahorrar, no se lo gaste todo en rumba.
–No me he gastado ni un peso de eso, es que quiero ahorrar para comprar una moto de agua.
–Yo de usted ahorraría para algo más práctico.
–La idea es poder alquilarla a los turistas, así queda más fácil pagar las cuotas. Inclusive mi papá me dijo que me prestaba la plata para que la compre de una vez y que yo le podía ir pagando por cuotas.
–¿En serio? Pues es como buena idea… Claro que esas vainas cuestan un resto –dijo Carolina cuando Santiago abrió la puerta del apartamento.
–Sí, eso equivale como a comprarse un Renault 4.
–O como a ocho semestres de universidad –comentó Carolina.
–Exacto, pero bueno, nos vemos más tarde.
–Oiga, si se encuentra con Penélope… mándele saludes.
–Listo.
–¿Ella cuándo se va?
–No sé exactamente, pero por ahí como en unos diez días.
No tardó más de cinco minutos en llegar hasta el camellón de El Rodadero. El sol empezaba a descender en el horizonte, la temperatura estaba bajando y poco a poco el caluroso día daba paso a un refrescante fin de la tarde. Afortunadamente esa noche no tenía evento con Fabio y su papá, lo cual lo dejaba con todo el tiempo necesario para divertirse con su grupo de amigos, actividad a la cual se estaba acostumbrando y la cual le permitía mantener la mente ocupada y no pensar en las niñas de su reciente pasado. Siempre existía la posibilidad de encontrarse con Penélope, siendo ella parte del grupo, pero aquello no había sucedido en los últimos días, siendo posible el hecho de que ella se encontrara ocupada preparando todo lo de su viaje.
Continuó caminando, pensando en cómo durante los últimos días había desarrollado cierta antipatía hacia Carrie. A pesar de ya no estar ella presente, la empezaba a ver como a la típica norteamericana pragmática, quien había puesto sus intereses por encima de cualquier otra cosa, sin importar lo especial o lo positivas que otras personas e inclusive empresas, como en el caso de Arenas Blancas, hubiesen podido ser con ella. Había demostrado cómo Santa Marta, el resort, su amiga Amanda y hasta él mismo no habían sido más que escampaderos en medio de la fuerte lluvia. Posiblemente llegaría el día en el cual comprendería un poco mejor las razones por las cuales había decidido marcharse, pero por el momento, y a pesar de estar sintiendo muy poco por ella, continuaría creciendo en su interior un sentimiento cada vez más negativo. Le quedaba el bonito recuerdo de los primeros cuatro días disfrutados a su lado, de la noche cuando la había besado en el taxi y de la ocasión cuando le había hecho el amor, y pensó cómo aquellas experiencias eran lo único bueno en medio de un mar de recuerdos negativos. Inclusive llegó a pensar en la manera cómo todo aquello había influenciado su manera de actuar en el momento en el cual decidió terminarlo todo con Penélope. Se había apresurado a juzgarla, sabiendo como tenía en Carrie a su perfecto reemplazo. Daría todo lo necesario para poder devolver el tiempo, poder estar nuevamente al lado de la linda fisioterapeuta, quererla hasta el cansancio como se lo merecía, llenarla de cariño, de besos, de comprensión, de ternura y de amor. Pero ahora, sintiéndose solo, hasta llegó e pensar en ser un auténtico merecedor de su destino: en lugar de haber valorado la existencia de Penélope en su vida, se había apresurado a deshacerse de ella. Pero ya no había absolutamente nada que hacer, la suerte estaba echada y muy pronto ella estaría a miles de kilómetros de distancia.