CUATRO MESES DESPUÉS
Aun lo recordaba con cariño, a pesar de haber encontrado entres sus compañeros de universidad a muchachos bastante interesantes, algunos de los cuales no habían dudado en cortejarla e invitarla a salir desde el día en el cual la habían visto por primera vez, caminado descalza por los pasillos de la facultad de psicología de la Universidad de Princeton. Pero aquel estudiante de intercambio siempre sería su primer amor; aquel a quien le había entregado su cuerpo y su corazón por primera vez en su vida. Aunque no se arrepentía de la decisión de haber regresado a New Jersey, a Carrie le hubiera gustado, de alguna manera, haber tenido la oportunidad de tener una relación más duradera, más profunda y compleja con Santiago. Realmente era un muchacho que valía la pena.
Recordaba cómo sus padres habían influido en su decisión, en su destino: de no haber sido por ellos, y de sus reacciones desde el día en el cual había sido injustamente arrestada, todo habría sido completamente diferente. De haber tenido el apoyo de sus padres, posiblemente no se habría salvado de ser condenada a prisión, como tampoco se habían salvado Julie o Greg a pesar de haber tenido el apoyo de los suyos, pero jamás hubiese viajado a Colombia ni tampoco se hubiese reencontrado con Santiago. No siempre todo podía ser totalmente bueno y mucho menos totalmente malo. Trataba de mirar la parte positiva de su injusto encarcelamiento y sus consecuencias: había aprendido español, había viajado a conocer nuevas tierras, se había dado cuenta de sus posibilidades de salir adelante por sí misma, de poder formar fuertes lazos de amistad con personas de otras edades y otras culturas, como lo había hecho con Amanda con quien no paraba de escribirse. También había conocido la nobleza de una rival, como lo había sido Penélope, y sobre todo, había conocido el amor por primera vez, y con un muchacho muy diferente a sus amigos y compañeros norteamericanos, lo cual, de alguna manera, le daba mayor valor a su experiencia.
Ahora miraba el mundo que la rodeaba como una fuente de enormes oportunidades, tanto en el ámbito profesional como en el personal. Estaba segura de saber responder a las exigencias de su prestigiosa universidad y de tener la capacidad, una vez se graduara, de llegar a ser una de las mejores en su campo, gracias a la confianza en sí misma, obtenida durante aquellas inolvidables semanas vividas en Santa Marta. No sabía si algún día encontraría a alguien tan especial como Santiago, pero, aunque lo llegase a encontrar, nunca lo olvidaría, de eso estaba totalmente segura. Y si milagrosamente se volvía a cruzar en su camino, no dudaría, tal y como ya lo había pensado desde antes, en hacer todo lo posible para tener una nueva oportunidad de estar a su lado. Pero por ahora solo podría recordarlo, guardarle un lugar especial en su corazón, y seguir por el camino que había decidido elegir, aquel con el cual estaba encontrando el camino hacia la felicidad.
Santiago nunca creyó que pudiesen existir personas tan completas como Penélope. Después de cuatro meses de noviazgo, no paraba de reconfirmar, al final de cada día, las excepcionales cualidades de su hermosa novia. A las que le había conocido durante los primeros días, aquellos previos a la pelea en la playa y a su posterior arresto, no paraban de sumarse algunas, las cuales no hacían más que sorprenderlo. A la dulzura, ternura, suavidad y nobleza de Penélope, se sumaban la bondad, el desprendimiento, la generosidad y la comprensión. En realidad, Santiago se asombraba de la suerte que había tenido al cruzarse en el camino de una niña tan completa. Veía cómo su amor y su admiración por ella iban creciendo con el paso de los días, así como ella se comportaba con él de una manera cada día más especial. No paraba de expresarle a Carolina, su hermana, el grado de enamoramiento en que se encontraba y de sus deseos de llegar a casarse, en un día no muy lejano. Apenas llevaba un par de semanas de su primer semestre de antropología en la Universidad del Magdalena, pero no podía esperar por el día en el que se estuviera graduando, pudiese empezar a trabajar en su profesión y entonces no tardaría en presentarse a la puerta de la casa de Penélope con un anillo de compromiso. Estaba seguro de que aquello iba a llegar sin importar el tiempo que faltaba. Ahora se gozaba los fines de semana, así como las tardes y las noches al lado de ella, cuando no estaba obligado a trabajar en los eventos del papá de Fabio o a estudiar para las clases del siguiente día. Recordaba cómo, después de un poco más de dos semanas de noviazgo, había tenido el inmenso e inolvidable placer de pasar la noche junto a ella, aprovechando el viaje de la señora Angélica a Montería. Pero en aquella ocasión no se habían limitado a dormir el uno al lado del otro, tal y como había sucedido en la noche cuando el amigo de Verónica había roto la ventana. En esta ocasión el amor había invadido la habitación de Penélope y solo las primeras luces del alba habían sido testigos de los primeros minutos de sueño de la joven pareja.
Su tierna novia irradiaba felicidad por cada uno de sus poros, no solamente por sentirse completamente realizada al lado de él, sino también por estar obteniendo las mejores calificaciones entre todos los de su clase durante las primeras semanas de su tercer semestre. El papá de Santiago no había dudado en concederle el préstamo con el cual se había pagado la matrícula de Penélope, y Santiago no había fallado al momento de pagar las cuotas al final de cada mes.
Pero en la parte más profunda de la mente de Santiago siempre habría un pequeño lugar para aquella muchacha de los ojos claros, aquella que había sido su primer amor, aquella que se le había entregado sin importar lo que pudiera pasar más adelante, aquella misma que odiaba usar zapatos. Pero la diferencia de culturas, la diferencia al mirar las cosas más sencillas o complejas o de pronto la impulsividad de ella o su forma de pensar, la cual la llevaron a no valorar a Arenas Blancas, a Santa Marta, a Colombia o inclusive a su propio potencial, habían dado al traste con todo. Pero no podía achacarle todas las culpas: sabía cómo su envolvimento con Penélope, del cual nunca se arrepentiría, había sido una enorme influencia en toda la situación. De no haber existido Penélope en su vida, ¿todo habría sido diferente? No estaba muy seguro de eso. Carrie había valorado más su cupo en Princeton a cualquier otra cosa, aunque cabía la pequeña posibilidad de haber existido un desenlace diferente si una relación más estable, continua y duradera se hubiese podido formar entre los dos, llegando finalmente a influir en la decisión tomada por ella. Pero solo era especulación. La verdad mostraba a una Carrie viviendo a miles de kilómetros de Santa Marta y a una hermosa y tierna Penélope estando a su lado, lo cual era lo que más valía y lo que lo estaba haciendo feliz, de eso no cabía duda alguna y no lo cambiaría por nada del mundo.