El eco de la videollamada aún resonaba en el pequeño dormitorio de Londres. A través de la pantalla, mis padres —con ese acento de Vermont que siempre me hacía sentir a salvo— me habían cantado mi cumpleaños número 21. Sobre mi escritorio, la llama de una vela en un cupcake de vainilla con crema de limón proyectaba sombras alargadas sobre mis bocetos del Royal College of Art.
—Pide un deseo, Destiny —había dicho mi madre, la mujer que cambió el aroma de la harina y la canela por mi crianza. —El destino nos llevó a esa cascada en el Roraima por una razón, cariño —añadió mi padre con esa voz pausada —. Este es solo el inicio de tu gran viaje.
Soplé la vela, me despedí de mis padres y la oscuridad inundó la habitación. Me acosté con el corazón latiendo entre la emoción de mi beca y la extraña pesadez de mis 21 años. Me quedé dormida mirando mis manos, las mismas que amaban ilustrar mundos fantásticos, preguntándome si algún día sabría quién me dejó en aquella cascada hace dos décadas.
Mis párpados se abrieron y el aire gélido de Londres fue reemplazado por una brisa cálida que olía a tierra mojada y a flores que no existen en los libros de botánica de mi padre. Me incorporé de golpe. Mis ojos tardaron en procesar lo que veían, era un sueño, pero uno muy real.
Estaba en medio de una arteria ferroviaria colosal. Los rieles, grabados con runas que emitían un pulso dorado, se perdían en un horizonte donde los rascacielos de cristal eran ahora soportes para bosques colgantes. Era una utopía verde, un planeta Tierra que había decidido olvidar al ser humano para sanar.
—Feliz cumpleaños —susurró una voz que me heló la sangre.
Me giré. Sentado sobre un trono de piedra y raíces, se encontraba un joven que parecía esculpido por un artista renacentista con una mente retorcida. Su piel era de una blancura irreal, enmarcada por un cabello negro azabache cuyo flequillo caía con una elegancia descuidada sobre su rostro. Era hermoso, de una forma que dolía mirar, pero sus ojos grises, casi negros, no tenían rastro de la calidez que mi madre me enseñó a buscar en las personas.
—¿Dónde estoy? ¿Quién eres? —mi voz tembló, pero mis pies se plantaron firmes.
Él se puso en pie con una gracia felina. Vestía una armadura ligera que dejaba ver un cuerpo forjado en mil batallas.
—Estás en tu herencia, Destiny —dijo él, acortando la distancia con una velocidad sobrenatural. Se detuvo a escasos centímetros, lo suficiente para que yo pudiera ver el conflicto en su mirada: una mezcla de hambre y curiosidad —. Mi padre te quiere muerta. Mi madre te quiere libre. Y yo...
Alister extendió una mano pálida y rozó mi mejilla con el dorso de sus dedos. El contacto quemó. Una luz blanca comenzó a filtrarse por mis poros, respondiendo a su oscuridad.
—Yo solo quiero ver cuánta sangre puede derramar una estrella antes de apagarse.
Su mano pálida se cerró en torno a mi cuello, no con la intención de asfixiarme, sino con la precisión de quien reclama una propiedad. El calor en mi pecho estalló, una luz blanca y cegadora comenzó a brotar de mi piel. Alister ladeo la cabeza, su piel blanca humeaba al contacto con mi resplandor, pero en lugar de soltarme, sonrió. Era una sonrisa de pura maldad sedienta.
Justo cuando sus colmillos rozaron la piel de mi garganta, un estallido de metal contra metal retumbó en la estación.
Todo ocurrió en un parpadeo. Una figura envuelta en una capa gris se interpuso entre nosotros con una velocidad sobrehumana. Escuché el gruñido de frustración de Alister mientras yo era arrancada de su agarre. Un brazo firme y fuerte me rodeó la cintura, cargándome como si no pesara nada, mientras nos lanzábamos al vacío desde la plataforma del tren.
No caímos al suelo. Mi salvador corría por las paredes de cristal de los edificios con una agilidad que desafiaba la gravedad.
—¡Suéltame! —grité, aunque me aferraba a su hombro. —Si lo hago, él te encontrará antes de que vuelvas a cerrar los ojos —respondió el joven.
Su voz era profunda y serena. Al mirarlo de reojo, vi a un hombre alto, de facciones fuertes y cabello castaño alborotado por el viento. Tenía unos ojos cafés cálidos que transmitían una calma extraña en medio del caos. No poseía la belleza sobrenatural y perturbadora de Alister, pero proyectaba la solidez de una roca.
Corrimos a través del bosque colgante hasta llegar a una cascada inmensa donde el agua caía con un rugido ensordecedor. Sin dudarlo, saltó conmigo hacia la cortina blanca de la cascada. Cerré los ojos esperando el impacto, pero solo sentí una caricia húmeda y, de repente, estábamos en seco.
El lugar era una caverna inmensa bajo tierra, iluminada por cristales que brillaban con una luz tenue y azulada. Había tiendas de campaña, hogueras y gente armada con arcos y flechas de cristal.
—Te estábamos esperando, Destiny —dijo el joven, bajándome al suelo. Su respiración ni siquiera estaba alterada—. Soy Eidem, soldado de la resistencia.
—¿Esperándome? ¿Cómo saben mi nombre? Yo solo... yo estaba en cama, mañana... mañana... Esto es un sueño, uno muy loco.
—No es lo que crees —respondió Eidem con una sombra de tristeza—. Para ti han pasado dos décadas; para nosotros, cientos de años de guerra, te esperábamos.
Una mujer de piel blanca tostada y belleza serena se abrió paso entre la multitud. Vestía túnicas de seda verde y llevaba un báculo de madera blanca. Sus grandes ojos cafés se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo retroceder un paso.
—Por fin —susurró ella. Su voz sonaba como el murmullo del agua sobre las piedras—. Soy Orie, Cariño no estas soñando. Bienvenida a Arkana, bienvenida a tu hogar.
Se acercó a mí y, con una delicadeza absoluta, tomó mi rostro entre sus manos. Sus dedos olían a hierbas medicinales. Examinó mis ojos con detenimiento, pasando de la claridad del azul al calor del avellana.
—Mírenla —dijo Orie a los demás, aunque parecía hablarse a sí misma—. Tienes los ojos de tus padres, Destiny. El azul cristalino de tu madre, la Gran Ninfa de las Aguas, y el avellana profundo de tu padre, el General del Alba. Heredaste un ojo de cada uno, el equilibrio perfecto entre la luz y la creación.
Editado: 22.04.2026