No lo pensé demasiado.
Simplemente caminé colina abajo, atento a todas las direcciones, a cualquier sonido fuera de lugar, a cualquier olor extraño, a la más mínima sensación de incomodidad que pudiera advertirme de un peligro cercano. Cada paso lo daba con cautela, aunque tratara de convencerme de que no había nada ahí afuera esperando saltarme encima.
Bajé la colina en aproximadamente siete minutos… o eso creía. No tenía manera de saberlo. Tal vez había estado horas acostado sin darme cuenta; tal vez apenas habían pasado unos segundos desde que abrí los ojos por primera vez en este mundo. El tiempo se sentía raro, poco confiable, como si no quisiera obedecer ninguna regla.
Solo caminé.
Y caminé.
Me interné un buen tramo dentro del bosque. Aunque me había impuesto la tarea de mantener la vista en todas direcciones, no podía evitar apreciar el verde que aparecía a cada paso. Era un verde distinto, más vivo, más profundo, casi denso. Siempre había dicho que me gustaría tener una casita humilde en medio del bosque, lejos de todo, lejos de todos. Ahora estaba ahí… y no sabía si debía sentirme agradecido o aterrorizado.
Entonces el hambre empezó a hacerse presente.
Al principio fue leve, casi inexistente. Pensé que podría aguantar una semana sin problema, que no sería algo urgente. Pero bastaron unos minutos más para darme cuenta de que mi estómago tenía una opinión completamente distinta. Me moría por algo de comer.
—Tantos malditos árboles y no hay ni una manzana…
Maldecí al aire mientras cerraba los ojos y seguía caminando, como si esperara que alguien me escuchara y, por arte de magia, me pusiera un pan con mantequilla en la mano.
Nunca fui quisquilloso con la comida, pero prefería mil veces eso antes que probar una fruta cuadrada o algo que pareciera sacado de una pesadilla. No tenía idea de qué estaba diciendo ni pensando. La soledad afecta la mente de verdad. Aunque, siendo honesto, siempre estuve solo de todas formas… incluso cuando había gente a mi alrededor.
No estaba prestando atención al camino. Juraría haber visto un trayecto recto formado por los árboles, un pasillo natural. Me sacó de mis pensamientos cuando algo frondoso y espinoso golpeó mi rostro y mis extremidades. Mi cara se hundió en una formación de hojas que picaban, y di un brinco hacia atrás por el dolor fugaz que sentí al chocar.
—¿Qué demo…?
Corté la palabra cuando vi la formación completa de arbustos.
Parecía como si alguien hubiera colocado una muralla enorme justo frente a mí.
—Juraría que eso no estaba hace diez segundos…
Era raro. El camino había sido completamente recto la última vez que miré. Intenté ir hacia la derecha para rodearlo, pero en cuanto giré la cabeza no veía ningún límite a la distancia que recorría aquel muro frondoso.
—Y en la puerta número dos tenemos…
Hice el chiste en voz alta, recordando esos programas ridículamente buenos que solía ver en la televisión.
No había diferencia.
El muro parecía infinito.
Exageré al pensar que medía unos veinte metros de altura, pero sin duda era alto. Demasiado. Y entonces llegó la palabra que empezaba a convertirse en mi respuesta automática a todo:
—Demonios.
Desde ese momento adopté esa frase para todas las tragedias que me ocurrieran. Aunque decirle “tragedia” era exagerado. Cuando algo malo pasaba, lo único que hacía era mirar un punto vacío dentro de mi mente y esperar que todo terminara. Tal vez estaba dentro de mis posibilidades corregir o solucionar cosas… pero nunca tuve tantas ganas de vivir como para que me importara de verdad.
Ahora era diferente.
Tenía que seguir adelante. Me habían dado otra oportunidad. No podía dejar que todo se fuera al caño otra vez.
Toqué el muro de arbustos.
La sensación no fue exactamente dolorosa, sino incómoda. Una picazón persistente, como hiedra venenosa. Cuando retiré la mano, la molestia se detuvo casi al instante.
Volví a intentarlo. Esta vez sumergí el brazo todo lo que pude, procurando que las hojas no tocaran mi rostro. No había brisa. No había espacio. No solo era largo, también era profundo y denso. Dudaba que, caminando lo suficiente, encontrara una forma de rodearlo.
La única opción era atravesarlo.
No sabía cuánto tendría que avanzar dentro de esas hojas. Tal vez debería buscar otro camino, pero algo me lo impedía. Solo pensaba en llegar al otro lado, sin importar cómo. ¿Qué importaba un poco de dolor? Comparado con lo que ya había vivido, esa picazón era insignificante.
Ya estaba decidido.
—Sí se puede… no es tanto dolor. Yo puedo aguantarlo. ¡ADELANTE, IZAN!
Ese fue mi grito de guerra.
Las últimas palabras de un enclenque delgado dejándolas grabadas en el mundo verde antes de morir.
Tomé todo el aire que pude y me sumergí.
Había pensado que sería un reto pequeño, solo llegar al otro lado y ya. Incluso me convencí de que no dolería tanto.
Qué idiota fui.
La picazón inicial desapareció casi de inmediato, reemplazada por algo mucho peor. Ya no era solo molestia: cada roce de las hojas se sentía como pequeñas cortadas de navaja, una tras otra, seguidas de un ardor intenso, como si alguien estuviera exprimiendo limón directamente sobre una herida abierta. El dolor estaba en todas partes: brazos, cuello, espalda, piernas. No había una sola zona que se salvara.
—No duraré mucho… —pensé, tratando de tranquilizarme.
Pero cada paso parecía detener el tiempo. Era como si estuviera atrapado entre paredes de piedra que lentamente me aplastaban.
Caminé… o eso creía. Veinte segundos avanzando y seguía dentro del musgo verde, sin ver el final. Las hojas eran tan densas que apenas podía separar mis brazos para abrirme paso.
El aire empezó a faltar.
Intenté aguantar la respiración, pero a los quince segundos el dolor me venció. Abrí la boca por reflejo y aspiré… nada. No había aire. No había espacio. Traté de gritar, pero ningún sonido salió de mi garganta. Me estaba asfixiando.
No podía regresar.
No podía avanzar rápido.
Solo podía seguir.
Levanté los brazos al frente, empujando con todo lo que tenía, cruzando a paso lento ese umbral de navajas. Cada movimiento era un castigo. Cada segundo parecía eterno. Esperaba sentir algo distinto, cualquier cosa que no fuera corte tras corte. Me aferraba a la idea de que, si en algún momento colapsaba, la sensación de libertad al salir me daría las últimas fuerzas.
Los cuarenta y tres segundos más largos de mi vida.
Entonces lo sentí.
Una frescura recorrió la punta de mis dedos. Era sutil, pero inconfundible. Con el último resto de energía me impulsé hacia adelante, casi lanzándome. Sentí el aire golpeando mi rostro y, al mismo tiempo que el alivio escapaba de mi boca en un suspiro desesperado, el suelo se estrelló contra mi cara.
Había tropezado con una raíz.
Caí cuesta abajo. Rodé y rodé varios metros por una pequeña rampa de unos cinco metros de altura. Mi cuerpo rebotaba sin control hasta que todo terminó con un golpe seco al final de mis maromas.
—¡DEMONIOS, POR QUÉ!
Grité con furia y dolor.
Las sensaciones de esos arbustos cortándome cientos de veces no habían sido imaginarias. La ropa que llevaba desde que aparecí aquí estaba hecha jirones. Mis brazos, piernas y rostro estaban marcados por decenas de cortes diminutos, algunos todavía dejando escapar pequeñas gotas de sangre.
—Es un hecho… volví al infierno —maldije.
Intenté levantarme, pero los cortes ardían con solo moverme. Me sacudí como pude, quitándome la tierra y la suciedad que se habían adherido a mis harapos durante la caída.
—Si esto fuera una serie, ya todos se hubieran reído de mí… —murmuré—. Qué buena imagen dejaste, Izan.
Cuando logré recuperar un poco la compostura, levanté la vista.
Y todo valió la pena.
Había árboles.
Y arbustos.
Estaba harto de los arbustos, pero estos eran distintos. No tenían hojas cortantes. Entre sus ramas brotaban frutas y bayas de diferentes colores. Al fin… una fuente de alimento real.
—Demonios, ya tenía bastante hambre…
Corrí hacia uno de los arbustos, a punto de tomar una de las bayas que colgaban de los tallos, pero me detuve en seco.
—¿Y cómo se supone que sepa si es seguro comerlas?
No sabía qué era peor: morir desangrado y asfixiado dentro del muro frondoso o morir envenenado por una fruta desconocida. Las bayas parecían uvas, pero eran de un color negro intenso, sujetas a un tallo completamente blanco.
—Bueno, he visto que las cosas que parecen seguras suelen ser venenosas… así que veamos mi suerte.
En el momento en que toqué las uvas negras, una descarga recorrió mi mano.
—¡Auch! ¿Por qué?
Al principio pensé que era algo mío. Antes solía recibir pequeñas descargas al tocar ciertas cosas, así que lo tomé como algo normal. Volví a intentarlo, sujetando las uvas con más fuerza y arrancándolas del tallo.
—¡MALDICIÓN! ¿Por qué otra vez?
Esta vez fue distinto. Algo dentro de mí lo entendió.
—Está bien… no te comeré, amargada.
Giré la vista hacia un árbol más alejado.
—Las frutas son más seguras, ¿no?
Las frutas que colgaban de ese árbol eran redondas, de un color verde opaco con vetas doradas muy finas. Tenían un tamaño similar al de una manzana pequeña. No dudé. La tomé y le di una gran mordida, sin sentir ninguna descarga.
Un chorro de jugo explotó en mi boca, empapándome los labios y el mentón.
—La fruta está muy jugosa y dulce… —balbuceé con la boca llena—, pero no me agrada que salpique de esa forma.
La tragué con gusto. Aún tenía curiosidad. El hambre y el deseo de conocer siempre le ganaban a mi estómago. Me acerqué a otro árbol, más pequeño, que no medía más de dos metros. Tomé su fruta: alargada, de piel marrón como un kiwi, rugosa, con forma similar a una pera.
Le di un mordisco grande.
—Eugh… sabe muy fuerte.
La amargura era desagradable, pero no la escupí. Seguí masticando.
—Oh… ahora está dulce.
Confirmado. Las frutas de los árboles eran seguras.
Certificado por Izan.
Sentí mi cuerpo un poco más pesado al tragarla. Era extraño, pero no desagradable. Con solo dos frutas me sentía satisfecho e hidratado. No necesitaba más… aunque no podía evitar notar cómo esos dos arbustos de bayas parecían hacerme ojitos coquetos.
Sabía que era una mala idea, pero aun así me acerqué.
El arbusto con frutillas moradas llamó más mi atención. Eran pequeñas, de un color violeta pálido, con un brillo húmedo que las hacía parecer frescas, casi apetitosas. Al arrancar una no sentí ninguna descarga. Probé entonces tocar las bayas del otro arbusto, las rojas, casi negras cuando estaban a la sombra.
Descarga otra vez.
No podía ser coincidencia.
—Deberían estar bien… —murmuré—. La descarga debe ser una señal de que no son para nada seguras.
Con ese pensamiento, me metí la frutilla morada en la boca.
—Es bastante dulce.
El frescor me calmó. Mis preocupaciones se disiparon por un momento. Tenía que seguir avanzando; no sabía cuánto faltaba para que anocheciera. Más adelante se veía aún más vegetación, más árboles con frutas similares. Me prometí dejar de comer cosas extrañas.
O eso creía.
El camino siguió siendo el mismo: una línea casi recta entre árboles y arbustos que parecían no tener fin. Caminaba con más calma ahora, aunque cada tanto miraba alrededor, atento a cualquier movimiento extraño. La idea de establecer algún refugio seguía rondando mi cabeza. Algo simple: un montón de hojas, ramas, cualquier cosa que me separara del suelo durante la noche. También pensé en buscar una zona más alta para tener una mejor vista del terreno; eso ayudaría bastante para no perderme… o, al menos, para saber dónde demonios estaba.
Así que solo caminé.
Era raro. Bueno, ¿qué parte de este lugar no lo era? No había encontrado ninguna señal de vida además de la vegetación. Esperaba ver algún animal: conejos, ciervos, tal vez lobos, algo que me confirmara que no estaba completamente solo. Pero no vi nada. Ni pájaros. Ni insectos. Ni siquiera hormigas.
¿Estaba completamente solo?
Llevaba más de quince minutos caminando sin encontrar absolutamente nada. De vez en cuando sacaba alguna de las bayas que había guardado en mis bolsillos y la comía sin pensarlo mucho. Fue entonces cuando empecé a sentir un hormigueo leve en las piernas. Al principio lo ignoré. Luego apareció en los brazos. Pensé que era fatiga; nunca fui alguien atlético y, después de todo lo que había pasado, no sería raro.
Pero el hormigueo no se iba.
Cuando llevé otra de esas bayas frías a mi boca, todo pasó en un segundo.
Mi brazo se congeló.
Luego las piernas.
Y de pronto caí de cara al suelo.
No sentí el golpe. No sentí nada. Mi cuerpo estaba completamente inmóvil. No podía mover ninguna extremidad, ni siquiera los ojos. Solo sentía el latido desesperado de mi corazón golpeando contra mi pecho, presionándolo contra el suelo húmedo y frío. Intenté maldecir, intenté gritar, intenté mover los dedos… nada.
Estaba atrapado dentro de mi propio cuerpo.
Pasaron unos cuantos minutos así. No sabía cuántos. El tiempo se volvió algo borroso, espeso. Solo podía pensar en que esa parálisis no durara demasiado. No podía ser permanente. Tenían que haber sido esas malditas frutillas. Si me había comido una docena de bayas paralizantes… ¿cuántas malditas horas iba a estar tirado ahí como un cadáver?
Mis pensamientos pasaron del enojo al miedo.
El suelo vibró.
No fue fuerte, pero fue real. Una vibración profunda, como pasos pesados acercándose lentamente. Un aire caliente envolvió mi cuerpo, seguido de un gruñido ahogado. Algo estaba encima de mí. No podía verlo, pero podía sentirlo, como si un animal enorme me respirara encima, estudiándome.
Era obvio.
Algo enorme estaba aquí.
Sudaba a chorros. No podía moverme. No podía huir. No podía defenderme. Sabía que otro final estaba en camino: ser devorado por una bestia gigantesca, una que probablemente se estaba tomando su tiempo. Imaginé sus colmillos, sus garras, el momento exacto en el que desgarraría mi carne, como un gato jugando con una bola de estambre antes de matarla.
Solo esperaba, una vez más, el abrazo de la muerte.
Un abrazo que no llegó.
El suelo seguía vibrando, pero las exhalaciones se detuvieron. No pasó nada. Seguía ahí, inmóvil, esperando el dolor que nunca llegó. Poco a poco, el sentido del tacto comenzó a regresar. Primero un ardor difuso. Luego fatiga. Estar boca abajo, con la mano clavada contra mi rostro, empezó a doler de verdad.
Un dedo se movió.
Luego la mano.
El efecto había terminado, aunque seguía aturdido, como si mi cuerpo no respondiera del todo.
—Odio… las bayas —murmuré cuando mi boca volvió a obedecer—. Tengo que irme ya.
No quería quedarme ni un segundo más ahí. Me levanté con dificultad, usando las pocas fuerzas que tenía después de la parálisis. No quería descubrir qué era esa cosa. Me puse de pie y traté de correr, pero apenas lograba arrastrar los pies. No sentía que algo me siguiera. Ya no había vibraciones. Ya no había calor.
No iba a volver atrás.
Tal vez me arrepiento de haber aparecido aquí. Siempre fui un amante de la naturaleza, alguien que decía que los humanos no merecíamos el mundo, que solo existíamos para acabar con él. Ahora el mundo quería acabar conmigo. Sabía que no pertenecía aquí.
Y quería que me fuera.
Yo también lo sentía. A pesar de no haber encontrado un peligro real.
El bosque estaba consciente de ello.
Editado: 07.03.2026