Arkhe: Chronicles of a new world

Dolor

Varios kilómetros recorrí a paso lento. No tuve problemas para orientarme; mis ojos no me engañaron. Tras cruzar al otro lado de aquel muro natural, el terreno se abrió de pronto, como si el bosque respirara después de una presión invisible. Ante mí aparecieron árboles frutales dispersos, creciendo sin orden aparente. La mayoría cargaban frutas con forma de pera, colgando pesadas entre las hojas.
No me quejé.
Seguía vivo.
Y esta vez, nada de comer cosas extrañas.
El atardecer comenzó a teñir el bosque con tonos anaranjados y rojizos. La luz se filtraba entre las copas altas, alargando las sombras hasta volverlas irreconocibles. El sol descendía con lentitud, pero sabía que no tardaría en desaparecer. La noche sería el momento más peligroso; sin luz, quedaría completamente a merced de lo que acechara en este lugar… y en este mundo, yo estaba muy lejos de ser algo importante en la cadena alimenticia.
Decidí que necesitaba hacer fuego. O al menos algo que iluminara.
No sabía nada real sobre sobrevivir en la naturaleza. Nada útil. Solo recuerdos vagos de un campamento al que fui una vez. Decían que enseñaban cosas básicas: cómo hacer fuego con lo que hubiera alrededor, cómo levantar una choza improvisada que casi siempre terminaba colapsando antes de la madrugada.
Incluso si lograba algo así aquí, no serviría de mucho. Un golpe, un soplido fuerte… cualquier criatura podría derrumbarlo sin esfuerzo.
Busqué por los alrededores durante un buen rato. El cansancio pesaba en mis piernas, y el silencio del bosque no ayudaba. Había hojas secas en el suelo, muchas, formando capas crujientes bajo mis pasos, pero ninguna parecía lo suficientemente fina como para prender con facilidad.
La leña fue otro problema.
Intenté arrancar ramas y cortezas de los árboles más viejos, pero eran como roca.
Al tocarlos, los troncos se sentían tan duros como el acero. Mis uñas apenas lograban raspar la superficie. Solo unos pocos árboles marchitos cedían, desprendiendo pedazos de corteza seca, como si se les estuviera cayendo la piel de un cuerpo enfermo.
No era mucho… pero era lo único que tenía.
El sol terminó de esconderse sin pedir permiso.
La luz se fue retirando poco a poco, como una marea oscura que lo cubría todo.
Primero desapareció el verde. Luego los detalles. Después las formas. Hasta que el bosque quedó reducido a siluetas imprecisas y manchas negras que podían ser árboles… o algo más.
Amontoné hojas secas y pedazos de corteza bajo un árbol marchito. Las acomodé con cuidado, formando algo que apenas podía llamarse nido. Mis manos temblaban, no sabía si por el frío que empezaba a bajar o por la tensión que no abandonaba mi pecho desde hacía horas.
Tomé las únicas dos piedras que encontré. No sabía si servirían. Solo lo había visto en películas y en algún libro viejo. No tenía cuerda ni ningún objeto para hacer fricción, así que las golpeé una contra la otra de todos modos.
La primera vez no pasó nada.
La segunda, una chispa apareció… y murió en el mismo instante en que nació, antes de tocar las hojas.
Volví a intentarlo con más fuerza, ignorando el dolor que se acumulaba en los dedos después de golpearlas decenas de veces. Mis manos ardían, la piel comenzaba a resentirse, pero no podía detenerme. Una chispa brotó hacia la corteza seca y, por un instante, pensé que tampoco funcionaría.
Entonces una llama diminuta apareció.
Pequeña. Débil. Temblorosa.
Me hacía recordar a alguien.
Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración, como si cualquier movimiento brusco pudiera extinguirla. Soplé con cuidado, no para avivarla, sino para no matarla. La llama creció apenas lo suficiente para mantenerse viva.
No iluminaba el bosque. Apenas lograba empujar la oscuridad unos pasos hacia atrás.
La madera no se encendió como esperaba. En lugar de ese rojo vivo que siempre emanaba del fuego, la llama tenía un tono verdoso, enfermizo. Ese color me decía que estaba matando algo más que simples troncos secos… como si aquel fuego no fuera natural, como si estuviera consumiendo algo que no debería arder.
No había ni una brisa durante la noche. El aire estaba quieto, demasiado quieto. A veces escuchaba ruidos entre los arbustos, crujidos leves, pasos suaves que se detenían cuando intentaba mirar. Nunca veía nada. Sentía que mi mente empezaba a jugar conmigo.
Ahora tengo luz en esta oscuridad infinita, pensé. Al menos no pasaré frío.
Si algo venía por mí… esperaba que lo hiciera rápido. Y mientras estuviera dormido.
Ya no quería sentir ese dolor.
Me acurruqué frente al fuego lo más cerca que pude, sintiendo el calor rozar mi piel.
Cerraba los ojos solo unos segundos a la vez, temiendo que si lo hacía por más tiempo, algo aprovecharía la oscuridad para acercarse. Pero incluso si lo viera… no tendría oportunidad.
Poco a poco, mis párpados cedieron.
Sin apartarme de ese miedo, solo pensaba en el calor del fuego, lo único que me acobijaba. En esos segundos de incertidumbre, entre el crujir de hojas siendo pisoteadas por animales que no podía ver…
Me quedé dormido.
La oscuridad volvió a cerrarse.
No era la del bosque.
Era más espesa. Más pesada. Como si el aire no existiera ahí dentro.
Intenté moverme y no pude. Algo me presionaba el pecho, lento, constante. No dolía todavía, pero sabía que lo haría. Siempre empezaba así. Abrí la boca para respirar y solo entró un hilo de aire, insuficiente.
—No… —quise decir, pero mi voz no salió.
Había manos.
No podía verlas bien, solo sentirlas. Dedos apretando mi cuello, no con rabia, sino con una calma que daba más miedo. Como si ya supieran que no iba a escapar. Como si aquello fuera un trámite.
Escuché risas. No burlonas. Eran risas conocidas. Voces que alguna vez me llamaron amigo.
Quise recordar cuándo empezó todo, pero el recuerdo se rompía cada vez que lo tocaba. Como un cristal agrietado que se deshacía al intentar sostenerlo. Solo sabía que no hice nada para merecerlo.
Que confiar fue suficiente para condenarme.
El aire se acababa. Mis pulmones ardían. El cuerpo gritaba, pero la mente estaba quieta.
Ese era el verdadero terror: estar consciente. Saber exactamente lo que estaba pasando y no poder hacer nada para detenerlo.
Entonces lo entendí, como siempre.
No le tenía miedo al dolor.
Le tenía miedo a este momento exacto.
A esperar.
A saber que el final ya estaba decidido.
Las manos aflojaron de repente.
Caí.
El suelo se abrió bajo mi cuerpo y la sensación de caída me arrancó el último resto de aire.
Desperté antes de tocar el fondo.
No reaccioné de inmediato. Solo abrí los ojos cuando sentí que la realidad volvía a asentarse en mis sentidos. Miré hacia abajo, a mi cuerpo, observando cómo mi pecho subía y bajaba con desesperación.
Respiré profundamente, manteniendo el aire adentro cinco segundos antes de exhalar. Tuve que repetirlo varias veces antes de que el temblor en mis manos se calmara.
Miré hacia arriba. El cielo estaba despejado, y la luz del sol se filtraba entre las hojas del árbol sobre mí.
Seguía vivo.
—Creo que, de todo lo que me pasó aquí… ese sueño fue lo más raro.
Era curioso pensar eso después de haber estado a punto de morir dos veces anteriormente. Aun así, esa sensación de haber escapado por poco no me hacía sentir afortunado, sino inquieto, como si la suerte tuviera fecha de caducidad.
Tomé mi tiempo para estabilizarme. Respiré hondo varias veces, dejando que el temblor abandonara poco a poco mis manos, obligando a mi mente a salir de ese estado de alarma constante. Cuando por fin sentí que podía pensar con claridad, decidí continuar.
Ya no sabía si debía limitarme a avanzar sin rumbo o si sería mejor buscar materiales para construir un refugio.
Seguían habiendo muchos árboles frutales alrededor, y no parecía haber animales peligrosos en las cercanías. Eso, lejos de tranquilizarme, me decepcionaba un poco. Me hacía sentir que lo único que tenía que hacer era sentarme y comer frutas por el resto de mi vida.
Y esa idea me resultaba insoportable.
Por eso decidí seguir adelante.
—El mundo se hizo para ser descubierto.
Las palabras salieron de mi boca en voz baja, pero sonaron firmes, como si necesitara escucharlas para recordarme quién era… o quién quería seguir siendo.
Me levanté y estiré los músculos, hice algunos calentamientos torpes para preparar el cuerpo para otra caminata larga. Luego pateé tierra sobre la fogata que había hecho durante la noche, sofocando el último rastro de humo, obligando a ese fuego extraño a dejar de “respirar” definitivamente.
Después, avancé.
En línea recta, como todo mi camino hasta ahora.
A medida que me adentraba en lo desconocido, empecé a notar cambios en el entorno. Por fin comenzaba a aparecer más diversidad de flora. Flores crecían desde el suelo en una explosión de colores y formas imposibles, como si alguien hubiera mezclado todas las estaciones del año en un solo lugar. Sus aromas inundaban el aire: frescos, cálidos, dulces… casi embriagadores.
Enredaderas trepaban por los árboles, entrelazándose con sus troncos, y de algunas brotaban frutas redondas, similares a tomates… pero de un azul profundo, casi brillante.
Decidí no tocarlas.
Era un cambio total de ambiente. Ya no era solo un pasillo interminable de árboles; ahora había extensiones más abiertas de pasto, flores y plantas extrañas que crecían sin orden, sin límites. Horas pasaron caminando, y cada vez me sentía más perdido en esa biodiversidad que se expandía sin control. No había nada que la detuviera. No había máquinas talando árboles para convertir todo en zonas muertas y vacías.
La naturaleza aquí no pedía permiso.
Mientras volvía a internarme entre árboles más densos, una loma alta comenzó a alzarse frente a mí. Podía rodearla, sí, pero necesitaba ver más allá. Necesitaba saber hacia dónde me dirigía.
Tenía que subir.
La pendiente era demasiado empinada. Resbalaba con frecuencia, así que avancé más lento, fijándome en cada punto donde apoyaba el pie. A mitad de la subida, tuve que usar manos y pies para escalar. La tierra se desmoronaba bajo mis dedos, pero aun así no era un obstáculo real. Era cansado. Tedioso. Pero mi cuerpo respondía mejor de lo que esperaba.
Llegué a la cima.
Y me quedé sin aliento.
No podía creerlo.
Había vida.
Ya no era solo un bosque sin fin. Más allá se extendían enormes campos abiertos, como mares verdes moviéndose con el viento. Aves surcaban el cielo en círculos amplios, y en la distancia se distinguían pequeñas figuras de animales que corrían por los campos. Podían ser perros, lobos… o algo peor. Estaban demasiado lejos para saberlo con certeza. Tal vez tardaría un día entero en llegar si corría.
Pero eso no apagó mi emoción.
Tampoco el hecho de que pudieran ser animales peligrosos que, al verme, estarían ansiosos por probar mi carne.
Aunque… yo era casi puro hueso.
Corrí.
No pude contener mi felicidad. Bajé la loma lo más rápido que pude, resbalando varias veces, casi rodando en algunos tramos. Quería llegar. Necesitaba llegar.
Tropecé con una piedra y caí de frente contra el suelo.
Me habría puesto rojo de vergüenza… pero no había nadie.
¿A quién le importaba?
A mí no.
—¡Adelante, peligro!
Seguí corriendo, sintiendo cómo mi resistencia había aumentado desde que llegué. Ya no me cansaba tan rápido. Mi respiración se mantenía firme, mis piernas respondían sin ese ardor constante.
Saltaba rocas, atravesaba arbustos espinosos, me colgaba de las lianas que caían de los árboles. Cada vez que lo hacía me sentía como Tarzán. Era estúpidamente divertido.
Me detenía de vez en cuando para descansar, sentado en el suelo, observando el cielo entre las hojas. No había tomado agua desde que llegué, pero no parecía un problema. Las frutas habían sido suficientes… aunque, a pesar de ver muchas nuevas, solo confiaba en las que ya había probado.
En uno de esos descansos, una duda se abrió paso.
¿Me estaba apresurando demasiado?
No tenía nada con qué defenderme. ¿Podría haber hecho una lanza improvisada? Lo dudaba. Las piedras no dañaban esa madera extraña, y cualquier arma casera se desharía al primer impacto.
Me estaba adentrando demasiado rápido.
Había corrido durante horas… pero el sol parecía seguir en su punto más alto.
—¿Será mediodía?
Tal vez el día aquí duraba treinta horas. Tal vez más. Si era así, no debía perder el tiempo. Pero si llegaba al campo justo al anochecer… estaría expuesto. Más aún ahora que sabía que había animales grandes ahí fuera.
Continué.
Esta vez a un paso más moderado.
Aún jugaba mientras avanzaba, “practicando”. Si no tenía armas, tal vez mi agilidad sería lo único que me salvaría de un depredador. El suelo era cada vez más seco, más pálido, pero los árboles seguían creciendo sin dificultad.
Entonces vi otra liana.
Verde brillante, enrollada en una rama resistente. Sonreí sin pensar y aceleré para columpiarme una vez más.
Salté.
La sujeté con ambas manos.
La rama se quebró.
Caí al suelo aún agarrado a la liana, que comenzó a desenredarse, y la rama rota me golpeó la cara. No sentí nada en ese instante.
Hasta que el suelo desapareció.
La tierra se abrió bajo mí, tragándome. Caí dentro de un agujero enorme, y mientras descendía, la luz del exterior se volvía cada vez más débil. La liana se tensó de golpe y me jaló hacia atrás, haciéndome caer de espaldas.
Me estampé contra el suelo duro.
—¡Aaaaah!
El grito me rasgó la garganta.
Algo punzante había atravesado mi hombro. El dolor fue inmediato. Brutal. Me dejó sin aire. No podía moverme; solo miraba hacia arriba, viendo la liana colgando desde la abertura, demasiado lejos.
Lloraba sin darme cuenta. Gemía, apretando los dientes, tratando de no desmayarme. Poco a poco logré soportarlo lo suficiente como para pensar.
Miré mi hombro.
Un fragmento, como vidrio roto, afilado como una cuchilla, sobresalía del suelo… y me había empalado.
Tragué saliva.
Tenía que hacerlo.
Tenía que levantarme, liberar mi cuerpo de eso, usar mi camisa para amarrar la herida y no desangrarme.
Conté.
—U-uno… dos… y…
Empujé con todas las fuerzas que me quedaban.
El dolor no disminuyó; al contrario, explotó. Cuando logré sacar mi cuerpo de los dientes de la tierra, la sangre brotó a chorros desde mi hombro, caliente, espesa, imposible de ignorar. Intenté ahogar los gritos, pero aun así escapaban entre mis dientes apretados, convertidos en sonidos rotos y desesperados.
Arranqué parte de mi camisa junto con la manga y, lo más rápido que pude, intenté hacer un nudo alrededor de la herida.
Usé los dientes para desgarrar la tela en tiras. Cada movimiento me hacía ver destellos blancos frente a los ojos. El dolor se expandía por mi brazo, subía por el cuello, latía dentro del cráneo. El esfuerzo de intentar hacer un torniquete con una sola mano presionaba aún más la herida, obligando a que la sangre saliera con más fuerza.
Grité de nuevo.
Fallé.
La tela se deslizó, mal ajustada, empapada, y terminó por romperse.
Las lágrimas me nublaban la vista, pero no podía detenerme. No podía quedarme ahí esperando a que la vida se escapara de mi cuerpo. Con manos temblorosas, arranqué la otra manga de mi camisa.
Mi determinación crecía al mismo ritmo que la adrenalina. El dolor seguía ahí, pero se volvía distante, como si perteneciera a otro cuerpo.
Esta vez apreté con todo lo que tenía.
Di vueltas a la tela, tensé el nudo con los dientes, asegurándolo hasta que mis manos comenzaron a hormiguear. Sentí la presión, brutal, pero necesaria.
Lo logré.
Aún podía ver sangre filtrándose por la piel rasgada que la tela no alcanzaba a cubrir, pero el flujo principal se había detenido. No me desangraría. No todavía.
Me quedé inmóvil unos segundos, respirando con dificultad, esperando que el temblor bajara un poco. El mundo parecía inclinarse de un lado a otro, como si estuviera dentro de un barco en medio de una tormenta.
Entonces noté la rama que me había golpeado la cabeza. Había quedado a mi lado. Giré con cuidado para apartarla… y fue ahí cuando los vi mejor.
Esos fragmentos.
Había varios clavados en el suelo, sobresaliendo en ángulos irregulares. Brillaban débilmente con la poca luz que entraba desde arriba. Parecían vidrio. O cristal. Formaciones naturales, tal vez. Como no sabía nada de este mundo, no les di más importancia.
Error.
Tomé la rama y la usé como apoyo para levantarme. El simple acto de incorporarme hizo que mi visión se oscureciera por un instante.
Y entonces lo noté.
Había agujeros en las paredes.
Muchos.
Pequeños túneles perforando la tierra en todas direcciones. No eran grietas naturales. Eran demasiado redondos. Demasiado uniformes.
Ruidos extraños salían de ellos.
Sonidos húmedos. Deslizamientos viscosos. Algo moviéndose contra la tierra, contra las paredes, produciendo ecos suaves que retumbaban dentro del agujero donde yo estaba. El lugar no era amplio, solo profundo, como una trampa vertical.
Tenía que salir.
Ahora.
La sangre se me congeló cuando, de pronto, los sonidos cesaron.
El silencio fue peor.
El latido de mi corazón retumbaba en mi cabeza, fuerte, descontrolado. Pero había otro sonido… uno rítmico, palpitante, que no sabía de dónde provenía.
No miré hacia arriba.
Algo me mantenía quieto.
Hipnotizado.
Fue entonces cuando los vi.
Pequeños puntos rojos comenzaron a aparecer dentro de los túneles, uno por uno, encendiéndose en la oscuridad como brasas.
No eran reflejos.
No eran cristales.
Eran ojos.
Decenas.
Observándome.
Los mismos ojos que siempre aparecen cuando la muerte se hace presente…



#1130 en Fantasía
#564 en Thriller
#239 en Misterio

En el texto hay: trauma, isekai, filosofíco

Editado: 07.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.