Con la vista nublada, sentí una mano firme sujetando mi hombro. El agarre fue tan seguro que, sin darme cuenta, mi cuerpo se elevó del suelo como si no pesara nada. No hubo brusquedad, pero tampoco delicadeza; era la fuerza de alguien acostumbrado a cargar cosas mucho más pesadas que yo… o personas mucho más dañadas.
Estaba diciendo algo.
O eso creí.
No lograba distinguir las palabras. Eran frases entrecortadas, sonidos graves que se mezclaban con el zumbido persistente dentro de mi cabeza, como si alguien estuviera hablando bajo el agua. Por un instante pensé que solo era mi imaginación jugando conmigo, pero segundos antes juraría haberlo escuchado con claridad.
Me habló. A mí.
No había nadie más alrededor. Había estado completamente solo durante dos días enteros en ese bosque… o al menos eso creía.
Una presión se apoyó contra mis labios. Algo duro. Frío. Tal vez una botella. O un frasco.
Quería que bebiera.
Mi primer impulso fue negarme, pero mi cuerpo no respondió. No podía abrir la boca. Mis labios estaban sellados, mi mandíbula rígida, como si no me perteneciera. Ni siquiera la gravedad ayudaba; era como intentar mover una piedra usando solo la voluntad. Y aun si pudiera… ¿por qué bebería un fluido extraño de un desconocido en un mundo que intentaba matarme a cada paso?
Cuando no reaccioné, otra mano se colocó bajo mi barbilla. Sujetó con firmeza… y jaló.
Mi mandíbula se destrabó de golpe.
El dolor fue inmediato y agudo, lo suficiente como para obligarme a abrir los ojos de par en par, aunque la vista seguía completamente borrosa. No tuve tiempo de reaccionar. El líquido ya descendía por mi garganta, caliente, espeso, con un sabor amargo imposible de identificar, como una mezcla de hierbas trituradas y algo metálico. Intenté toser, o al menos lo intenté, pero lo siguiente que supe fue que mi cuerpo azotó contra el suelo.
Esta vez sí sentí el impacto.
Respiré hondo, varias veces, como si mi cuerpo recordara de pronto cómo hacerlo por sí mismo. El aire entró con violencia, raspando mi garganta. Poco a poco, las sensaciones comenzaron a regresar. El dolor intenso se fue apagando hasta convertirse en una molestia constante, pesada, pero soportable. Podía sentir nuevamente el contacto del suelo bajo mi espalda, la aspereza de la tierra, pequeñas piedras clavándose a través de la ropa.
Mi nariz captó aromas que no había notado antes: flores silvestres, heno mojado, tierra fresca después de la lluvia. Eran olores vivos. Reales. Mis articulaciones comenzaron a recuperar la memoria de cómo moverse, como si despertaran después de un largo entumecimiento.
Mi vista dejó de ser un caos de sombras.
La oscuridad que cubría mis ojos se disipó lentamente, revelando una figura imponente frente a mí.
Lo miré desde el suelo.
Y no pude evitar sentirme pequeño.
Mis ojos se abrieron más de lo que creí posible. Alcé la cabeza con esfuerzo y, casi por reflejo, me arrastré hacia atrás sin apartar la mirada. No sabía exactamente por qué; solo sentía que debía alejarme, aunque fuera unos centímetros. Un árbol detuvo mi retirada de inmediato.
Ahí me quedé.
Mirándolo de abajo hacia arriba, con el temor recorriéndome el cuerpo como un frío que no venía del clima.
Tenía una apariencia felina. Un gato… pero no uno que pudiera compararse con nada que hubiera visto antes. Se erguía con facilidad, superando los dos metros de altura, dominando el espacio a su alrededor con una presencia que parecía llenar el aire mismo. Su pelaje gris, salpicado de manchas más oscuras, brillaba débilmente bajo la luz, como si absorbiera las sombras del lugar en vez de reflejarlas.
Sobre su espalda colgaba un arco gastado por el uso. Justo por encima de sus muslos llevaba una pequeña bolsa de cuero, y en sus caderas pendían otras dos, cada una sosteniendo una daga de acero que parecía lista para moverse casi por instinto. Su vestimenta era tosca, funcional: tela resistente, cuero reforzado, botas altas y correas bien ajustadas, como la de alguien que ha pasado demasiado tiempo lejos de cualquier tipo de civilización.
Un viajero.
Uno que no teme enfrentarse a lo desconocido… o que ya no tiene nada que temer.
Su rostro, aunque marcadamente felino, tenía un aire inquietante. Sus ojos, grandes y fijos, parecían examinarme por completo, como si no solo mirara mi cuerpo, sino algo más profundo, algo que yo mismo no entendía.
Podía notar la fuerza contenida en cada músculo bajo su pelaje y, aun así, la manera en que inclinaba ligeramente la cabeza o ajustaba una de sus bolsas daba la impresión de que medía cada uno de mis movimientos, evaluando riesgos, posibilidades… mi valor.
No sabía si debía temerle o quedarme completamente quieto.
Pero algo en la forma en que sostenía su arco, en cómo sus dagas descansaban sin urgencia, me decía que todo ese poder no estaba allí únicamente para lastimar. No entendía por qué, pero esa sensación se mezclaba con el miedo, creando una presión extraña en mi pecho.
Además, lo que me había dado… definitivamente estaba funcionando. Mi mente se aclaraba y el dolor se había reducido considerablemente. Seguía herido, pero ya no sentía que me estuviera muriendo segundo a segundo.
Mantuve la calma.
Estaba casi seguro de que no me haría daño.
Si esa hubiera sido su intención, ni siquiera se habría tomado la molestia de hablarle a mi cadáver.
—¿Te quedarás todo el día viéndome así o qué?
Habló.
El gato gris habló.
Y lo hizo en un español perfectamente comprensible.
El impacto fue más fuerte que cualquier herida.
—N-no… —tartamudeé. Aunque estaba casi seguro de que no me haría daño, mis nervios no cooperaban—. ¿Por qué… por qué me ayudó?
Alzó una ceja, claramente extrañado por la pregunta, como si no fuera algo que la gente soliera cuestionar.
—¿Necesito una razón? —respondió con desinterés—. Solo vi un animal patético al borde de la muerte que necesitaba una poción.
¿El animal… era yo?
Tragué saliva, sintiendo un ardor leve en la garganta por el líquido que me había obligado a beber.
—Creí que estaba solo —murmuré, con un tono triste y deplorable incluso para mis propios oídos.
—Y con más razón tenía curiosidad. —Una risa ligera se formó en sus labios, despeinando sus bigotes—. Tienes estadísticas peor que mediocres y aun así sigues vivo en este lugar.
No entendía de qué hablaba.
Más allá del nido de gusanos y de la criatura que me observaba mientras estaba paralizado en el suelo, no había visto ningún peligro evidente… aunque, pensándolo mejor, tal vez eso solo demostraba lo poco que entendía de este mundo.
—Aunque tal vez se deba a esa habilidad extraña que tienes —añadió, observándome con mayor interés.
¿Estadísticas? ¿Habilidad?
En ningún momento apareció una ventana de videojuego cuando llegué a este mundo.
Qué estafa.
—Disculpe, señor gato… —empecé con cautela, midiendo cada palabra—. ¿A qué se refiere con eso?
Su expresión cambió en un instante.
—¿Me acabas de llamar… gato?
Una mirada asesina surgió de sus ojos. Al mismo tiempo, unas garras afiladas emergieron de sus dedos con un sonido seco. El pánico me golpeó de lleno, recorriéndome como un latigazo. Pensé que me cortaría la garganta ahí mismo, sin más explicación.
Lo único que pude hacer fue inclinar la cabeza y golpearla contra el suelo en un gesto desesperado.
—¡Lo lamento mucho, señor! —dije, subiendo el tono de voz sin llegar a gritar—. No tengo idea de nada de lo que está pasando aquí. Solo pregunté.
Mi cuerpo temblaba.
En mi mente, rezaba y rogaba por no morir.
—No tienes que hacer nada —dijo de pronto—. Levanta la cabeza.
Obedecí, aún tembloroso. Sentía el pulso en la garganta y un hormigueo débil en las manos. Lo miré directamente a la cara mientras él se ponía de cuclillas frente a mí, reduciendo la distancia sin dejar de analizarme.
—¿Qué es lo que no sabes?
La pregunta me golpeó de forma extraña. No supe por dónde empezar.
—Absolutamente nada.
Sus orejas se movieron apenas, como si esa respuesta hubiera confirmado algo que ya sospechaba.
—¿De dónde vienes?
—Vine desde lo profundo del bosque. Estuve caminando durante dos días.
Apenas decirlo me hizo consciente de lo absurdo que sonaba. Dos días vagando en un lugar que apenas entendía… y seguía vivo.
—¿Al menos sabes qué soy?
Cada palabra que decía hacía que mi voz se quebrara un poco más, como si mi cuerpo todavía no aceptara que estaba hablando con… eso.
—No…
Chasqueó los labios con un sonido seco y se incorporó por completo. En sus ojos pude notar algo parecido a la impotencia, mezclado con una pizca de incredulidad.
—Levántate. Puedes hacerlo ahora, ¿verdad?
Asentí con un movimiento casi imperceptible.
Lo intenté.
Apoyé una mano contra el suelo y luego la otra contra el tronco del árbol que tenía detrás. La corteza áspera se clavó en mi palma, dándome una referencia firme. Mi cuerpo respondió con lentitud, como si cada músculo tuviera que recordar desde cero su función. El dolor seguía ahí, pero ya no era esa punzada insoportable de antes; se había convertido en una presión sorda, constante, que me advertía que no debía forzarme demasiado.
Aun así, logré incorporarme.
Mis piernas temblaron, pero no cedieron. El agotamiento era lo que más me estorbaba ahora, una pesadez que me recorría de pies a cabeza, como si llevara una carga invisible. Respiré hondo varias veces hasta lograr mantenerme de pie, aunque fuera a medias.
—Bien —dijo él, observándome con atención, como si evaluara si me rompería en cualquier momento—. Toma esa rama que está ahí.
Señaló con uno de sus dedos hacia un costado. Seguí la dirección de su mano y vi una rama delgada, caída entre la hierba húmeda.
—Eso te mantendrá de pie —continuó—. Es más resistente de lo que parece.
Me incliné con cuidado y la tomé. En cuanto apoyé parte de mi peso en ella, noté que no se doblaba ni crujía como esperaba. Era firme, sólida, casi demasiado para algo tan delgado. La utilicé como bastón improvisado y sentí cómo mi equilibrio mejoraba de inmediato.
—Quiero que trates de hacer una fogata —añadió—. Ya casi es de noche. Solo espera aquí y no te muevas por nada del mundo.
No pregunté nada.
Solo asentí.
Había algo en su tono que no invitaba a cuestionar.
Giré el cuerpo con lentitud para tomar algunas hojas secas y ramas caídas que había cerca. La rama funcionaba perfectamente como apoyo; cualquier tipo de madera en este lugar parecía tener piel de acero, como si incluso la naturaleza se hubiera endurecido para sobrevivir.
Cuando me di la vuelta para decir algo más, para preguntarle cualquier cosa…
Él ya no estaba.
No hubo sonido. Ni pasos alejándose. Ni ramas quebrándose.
Solo quedaron sus huellas marcadas en la tierra húmeda y una ráfaga de aire repentina que me golpeó el rostro, levantando hojas y polvo a mi alrededor.
Tragué saliva.
—Genial… —murmuré para mí mismo, sin saber si reír o preocuparme más.
¿Qué opción tenía?
Empecé a juntar hojas secas, ramas pequeñas y todo lo que encontré por el suelo. Era prácticamente lo mismo que había hecho la primera noche que pasé en ese bosque mortal, solo que esta vez había mucho más material disponible. El entorno parecía cooperar, como si el propio lugar me ofreciera lo necesario… o como si alguien ya hubiera estado allí antes.
La noche no se hizo esperar.
Cuando por fin logré encender la fogata, el cielo ya se teñía de tonos morados y anaranjados. Ese atardecer hipnotizante volvió a aparecer, desvaneciéndose lentamente para dar paso a la oscuridad. Las sombras se alargaban entre los árboles, y el bosque comenzaba a emitir sonidos más profundos, más vivos… o más peligrosos.
El fuego crepitaba, y por un instante me sentí casi a salvo.
Una ráfaga de viento azotó mi cara.
—Creí que ni eso ibas a poder hacer. Pero está bien.
Me giré sobresaltado.
Estaba ahí otra vez, como si nunca se hubiera ido.
Antes de que pudiera siquiera vocalizar una respuesta, sopló suavemente. Una burbuja de agua salió de su boca, flotando frente a él. Al mismo tiempo que se inflaba, metió una mano en la bolsa de cuero y sacó unas hierbas extrañas, de formas irregulares y colores apagados. Las introdujo dentro de la burbuja sin que esta se rompiera.
Me quedé mirándolo, incapaz de decidir si estaba presenciando magia o algún tipo de técnica que no alcanzaba a comprender.
—Si no estoy mal, esta es una herida de corvidos de tierra.
Supuse que se refería a los gusanos que me atacaron. Por la manera en que hablaba, parecía tener bastante experiencia en estos terrenos. Aun así, no tenía idea de qué estaba diciendo, así que solo lo miré con evidente confusión.
Suspiró, largo, como alguien que se resigna a explicar lo básico.
—Son gusanos de la tierra que normalmente se encuentran bajo la superficie y atacan todo lo que tenga vitalidad —explicó—. A veces la reina Fauces sale a cazar por sí sola cuando lleva demasiado tiempo sin alimentarse.
Aunque puede sobrevivir hasta un año sin comer.
Un año.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—Pues… —dije con cautela— caí en una trampa bajo tierra donde me atacaron esos gusanos, y en la caída uno de los dientes de esa “reina” me atravesó el hombro.
Su expresión cambió al instante. Sus ojos se abrieron con sorpresa… y algo más cercano al espanto.
—¿Cómo demonios saliste de un nido de corvidos y además con la reina ahí enfrente?
—No era tan profundo —respondí, encogiéndome un poco— y no había casi de ellos. De hecho, me encontraste así porque justo salí a tiempo, antes de que esa cosa enorme me tragara vivo.
No dejó de mirarme mientras volvía a concentrarse en la burbuja flotante, pero ahora lo hacía con una atención distinta.
—Esas cosas cavan decenas de metros bajo tierra… si no es que cien —dijo—. Los corvidos atacan desde todas direcciones y succionan tu interior hasta que no queda nada que sacar. La reina se come los restos, con todo y huesos. Consume el maná que queda del casi cadáver y te traga vivo. Casi siempre terminan enterrados y mueren asfixiados.
Hizo una pausa.
—Y tú dices que… ¿no era profundo?
—Sí… eso creo.
—Esa habilidad que tienes debe ser muy buena —murmuró—. Su nombre puede dar una idea de lo que hace, pero aun así… es rara.
Ahí volvió a decirlo.
—Oye —intervine, reuniendo valor—. Dijiste que tengo una habilidad, pero no sé a qué te refieres.
Me miró de nuevo, con la misma expresión de confusión que yo debía estar mostrando.
—¿Que no tienes un sello de investigación contigo?
—¿Qué es eso?
Frunció el ceño, visiblemente molesto ahora.
—¿Cómo es que estás caminando por el bosque de Sylvaena, sin saber que tienes una habilidad, con estadísticas casi por debajo de una persona normal y sin armas? —me examinó de arriba abajo—. ¿De verdad eres de este mundo?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Sentí cómo el peso de sus palabras caía sobre mí con más fuerza que cualquier herida. Mi garganta se secó. No era solo curiosidad lo que había en su mirada; era una mezcla de sospecha, incredulidad… y cautela.
No sabía cuánto debía decir.
Ni siquiera sabía si decir la verdad era una buena idea.
Pero siendo honesto conmigo mismo, no tenía nada que perder.
Si mentía ahora, si intentaba fingir que entendía algo de este mundo, tarde o temprano lo notaría. Y si eso pasaba cuando estuviera solo, herido o en medio de algo peor… no quería imaginarlo.
Tragué saliva.
—No… —dije finalmente, con voz baja—. No realmente.
Se quedó completamente inmóvil.
Las manos, que antes rodeaban la burbuja de agua flotante, se detuvieron en el aire. La esfera ya había cambiado de color, tornándose lentamente rosada, como si reaccionara a algo invisible que yo no podía percibir.
Se hizo un silencio incómodo entre los dos. Podía escuchar el crepitar de la fogata, el murmullo lejano del bosque y mi propio corazón golpeando con fuerza en el pecho.
—No decía esa pregunta en serio —dijo al fin, atónito—. ¿En serio?
Tal vez quedé como un tonto.
O tal vez algo así nunca había pasado antes y no sabía cómo reaccionar.
No desvié la mirada.
—En serio.
No dijo nada más.
La burbuja líquida terminó de cambiar de color. Sin previo aviso, desató el vendaje improvisado que yo mismo había hecho con mi camisa y dirigió la sustancia directamente hacia mi hombro.
El aire frío de la noche rozó la herida antes de que el líquido la cubriera por completo.
—Esto te ayudará con el veneno.
—¿¡VENENO!? —exclamé, sin poder contenerme.
—Por supuesto —respondió con total calma—. Además del veneno de la reina, quién sabe qué tanto te pudiste haber infectado.
La burbuja se expandió ligeramente al tocar mi piel. Sentí un cosquilleo intenso, seguido de una sensación fría que se filtraba hasta lo más profundo de la herida, como si algo invisible se moviera por dentro, limpiando.
—La burbuja ayudará a limpiar el hombro —continuó—. La medicina entra y trata de cubrir lo más que pueda, mientras las impurezas salen y quedan estancadas en el agua. No sé mucho de herbolaria o medicina, pero sé que estas raíces y hierbas ayudarán al menos a controlar lo que sea que te hicieron.
Hizo una pausa, observando cómo el líquido cambiaba de tonalidad.
—En un lugar como este, el conocimiento es más importante que las habilidades.
Observé el fluido moverse, oscurecerse en algunas zonas. Ver mi propia sangre mezclarse con aquella sustancia extraña me revolvió el estómago, pero el dolor disminuía de forma clara, casi milagrosa.
Mi respiración dejó de ser tan pesada.
—Parece que tienes experiencia… —murmuré—. ¿Qué edad tienes?
Me miró de reojo, dudoso. Por su apariencia parecía joven, pero la forma en que se movía, su fuerza y su manera de hablar decían otra cosa.
—Treinta y dos.
Parpadeé.
—Vaya… pensé que tenías solo unos años más que yo —admití—. Apenas tengo diecisiete.
Hubo un breve silencio.
Me di cuenta demasiado tarde de lo raro que había sido preguntar su edad antes que su nombre.
—Por cierto… —añadí, con torpeza—. ¿Cómo te llamas?
Esta vez no dudó.
—Rhaz —respondió—. Así me llamo.
Lo dijo con naturalidad, sin énfasis, como si no fuera algo particularmente importante.
—Es un buen nombre —dije.
—Ni tanto —me corrigió—. Nombres como el mío son comunes. Solo cambian algunas variaciones.
Apartó las manos de mi hombro. La burbuja estaba ahora llena de un fluido verdoso mezclado con sangre oscura.
—¿Cómo te sientes?
Moví el hombro con cuidado. Primero un poco… luego más.
Esperaba dolor. No llegó.
—Puedo moverlo —dije, sorprendido—. Creí que ya lo había perdido.
—Aún necesitas un curandero —respondió—. Hay heridas internas que no puedo tratar. Y el veneno de la reina no desaparece tan fácil; es más corrosivo que letal. Los gusanos menores te debilitan hasta dejarte inmóvil.
Me observó un momento, evaluando cómo sostenía el peso de mi cuerpo.
—Pero ahora podrás caminar lo suficiente.
—Gracias… —sonreí, sincero—. De verdad.
Él me devolvió la sonrisa, breve, casi imperceptible, más en los ojos que en la boca.
—Por casualidad —pregunté—, ¿tienes un mapa?
—No.
La respuesta fue instantánea.
—No lo necesito —añadió—. Me guío por instinto… y por mi habilidad.
Suspiré.
—Sigo sin entender nada de eso.
Me miró unos segundos, como decidiendo si seguir explicando o dejarlo estar.
—¿Tienes hambre?
No me dejó responder.
—Conseguí carne de venado. Sería un error fatal decir que no. Es una carne exótica que no muchos tienen la fortuna de probar.
Cambió de tema de un segundo a otro. No supe si estaba siendo amable, si ya estaba harto de responder preguntas o si simplemente tenía hambre y necesitaba un respiro. No quise insistir, así que solo asentí y lo seguí.
—D-de acuerdo —tartamudeé—. Solo porque no he comido carne desde que llegué.
Pareció impresionarse otra vez, como si cada cosa que decía confirmara alguna idea que tenía sobre mí. No comentó nada más y se concentró en preparar la comida. Cuando acercó la mano a la bolsa de cuero que llevaba colgando, esta emitió un brillo intenso. De su interior sacó un trozo de carne enorme.
Aún no entendía cómo algo así cabía ahí dentro.
Esperé que sacara también una olla o algún tipo de sartén, pero en su lugar tomó una varilla metálica y atravesó la carne de lado a lado. Luego la sostuvo sobre el fuego, dejando que se cocinara lentamente.
La grasa comenzó a gotear, chisporroteando sobre las llamas.
Sabía que no debía esperar un gran talento culinario. Me sentí un poco mal por haberlo pensado, quizá por su apariencia salvaje. Pero parecía un buen sujeto. Me agradaba, incluso con la poca interacción que habíamos tenido.
Aun así, mis vidas pasadas me decían que no debía confiar tan fácilmente.
Jamás les hice caso. Ni siquiera sabiendo todo lo que venía después.
—Solo comiste frutas durante todo este tiempo, ¿verdad?
—Así es.
—Me imagino que eran lythras o corvales —continuó—. Crecen en abundancia y sacian tanto el hambre como la sed. Si no las hubieras encontrado en la zona muerta del bosque donde estabas, habrías muerto. Aquí no hay fuentes de agua potable.
—Había bastantes… —dije—. ¿Te refieres a las frutas verdes y marrones? Casi me muero tratando de descifrar qué se podía comer y qué no.
—Eres peor que un novato.
Negó con la cabeza en señal de desaprobación, aunque una risa ligera se coló en su expresión. Al final, seguía siendo un felino.
En pocos minutos, la carne tomó un color marrón suave y desprendió un aroma intenso que hizo que mi estómago se contrajera con fuerza. Rhaz rasgó el trozo, dejando una parte ensartada en la varilla como si fuera una brocheta, y me la ofreció. Le agradecí antes de darle un mordisco, pero para entonces él ya estaba devorando la suya.
Era tosco. Casi parecía que no saboreaba nada.
Se suponía que era algo exótico. Para mí, era como echar caviar en un vaso de agua y bebérselo de un solo trago.
Era gracioso, porque jamás había probado caviar.
Apenas estaba soplando la carne para no quemarme cuando él ya había terminado la suya. Ni siquiera había dejado de chisporrotear la grasa sobre el fuego. No sabía si toda su especie comía así o si simplemente esa era su forma de ser: rápida, eficiente, sin distracciones.
—Listo —dijo, limpiándose la mano con el dorso de la muñeca—. Necesitaba combustible para seguir. Ahora sí… puedes preguntarme lo que quieras. Te responderé con gusto.
Mi mente seguía en otra parte cuando volvió a acomodar la comida. Aún procesaba todo lo que me había contado antes, pero asentí con una sonrisa nerviosa.
—Bueno… pero no te arrepientas. Voy a preguntarte absolutamente todo lo que se me ocurra.
Una comisura de su boca se levantó.
—Rétame.
Tomé aire.
—¿Qué es este lugar? ¿En qué mundo se supone que estoy?
—Empezamos fuerte —respondió, acomodándose junto al fuego—. Bien, te daré un resumen… lo más corto posible.
Se inclinó un poco hacia las llamas, y la luz anaranjada delineó los rasgos felinos de su rostro.
—Ahora mismo estás en ARKHE. Un mundo dividido en siete continentes, separados por mares extensos y peligrosos. Nosotros estamos en el continente del oeste: Virelia. Piensa en él como el dominio de los árboles. Aquí la naturaleza gobierna sobre todo lo demás. Sobran las bestias, la vida salvaje… y las cosas que preferirías no encontrar.
Hizo un gesto vago hacia la oscuridad del bosque.
—Es un territorio donde muchas razas coexisten sin restricciones estrictas. No hay una monarquía central como en otros continentes. Lo que existe es el Consejo Continental, que representa a Virelia y maneja relaciones externas, acuerdos… y conflictos.
Hizo una breve pausa, asegurándose de que lo siguiera.
—Todo el continente está conectado por el Árbol Ancestral Lythaen, que se alza en el centro, en el reino que lleva su nombre. Es un árbol sagrado. Da vida a la flora de Virelia y mantiene el equilibrio natural. Se dice que puede otorgar vida eterna… y que su sola presencia protege estas tierras.
El fuego crujió entre nosotros.
—Cuando otras naciones colapsen, Lythaen será lo último que permanezca en pie. Fue un regalo de Gaïra, la diosa madre de la naturaleza. Muchos vienen aquí solo para “evolucionar” sus habilidades, porque la cantidad de monstruos y desafíos, tanto sobre como bajo tierra, es absurda.
Solté una risa débil.
—Suena demasiado increíble… ¿Eso fue el resumen? Se sintió larguísimo.
—Créeme —dijo sin ofenderse—, lo simplifiqué todo lo que pude. ARKHE no es un lugar que se explique en dos frases. ¿Qué más quieres saber?
Me quedé mirándolo, atónito. Monstruos, ruinas, un mundo mágico inmenso… y yo apenas había dado un mordisco a la carne.
—Ya sé —dije—. Mencionaste algo sobre mi habilidad y un sello. Explícame eso.
Asintió con un leve gruñido pensativo.
—Eso es más complejo. El sello de investigación no es una habilidad, sino una herramienta. Se obtiene mediante un tatuaje especial que se coloca en una mano. Es costoso, pero indispensable para exploradores o quienes buscan unirse a la Orden de Asignados. Permite analizar la propia habilidad con mayor claridad. Sin él, solo tendrías intuiciones vagas.
Escuchaba sin parpadear.
—Las habilidades únicas se usan como base para evaluar a quienes entran a esos gremios. No es raro tener una… pero tampoco común. Son personales. Se moldean según la personalidad, intenciones, capacidades físicas, mentales… y otros factores que ni los estudiosos comprenden del todo.
Me señaló, sin tocarme.
—La tuya se llama Anima Sylvae. El sello la tradujo como “El Alma del Bosque”. No sé qué hace exactamente, pero apostaría a que es la razón por la que sigues respirando. Estas habilidades no tienen límites definidos. Pueden evolucionar… aunque nadie sabe cómo ni cuándo.
Sus ojos reflejaron el fuego.
—La magia es como el océano: vasta, profunda… y casi desconocida.
Intenté grabar cada palabra en la memoria.
—¿Y la Orden de Asignados?
Su expresión se endureció apenas.
—Es una organización mundial de guerreros certificados por su fuerza o habilidades. Contienen amenazas, exploran, protegen, recolectan recursos peligrosos. También aceptan encargos. No están atados a nada; eligen misiones y entregan resultados. Se dividen en rangos, desde Despertados hasta Anclas. Un sistema aburrido… y sobrevalorado.
Chasqueó la lengua.
—Se creen héroes por cazar lobos grises. Cuando algo real emerge del océano… desaparecen.
—¿Del océano?
—Las criaturas de las profundidades no dejan de evolucionar. Nadie sabe por qué. Por eso los vestigios casi ya no se ven.
Sonrió apenas.
—Y sí, sé que ibas a preguntar qué son.
Solté una risa nerviosa.
—Los vestigios son quienes rompieron sus límites mortales al recibir bendiciones de conceptos primordiales. Esos conceptos son avatares de los dioses que dieron forma a la existencia. Si uno te favorece, puede bendecirte. No te hace un dios… pero rompe tu techo.
El fuego crepitaba, lanzando chispas.
—Las bendiciones siempre tienen condiciones. Objetivos. Ofrendas. Reconstruir templos. Cumplir voluntades. Cada continente guarda al menos un concepto. Aquí, dicen que el avatar de Gaïra reposa en ruinas bajo Lythaen.
Me llevé la mano a la cabeza.
—Ahora sí estoy mareado…
Él soltó una risa suave.
—Eres joven. Para entender todo eso, tendrías que volverte mucho más fuerte. Además… eres un debilucho.
—Wow. Gracias por la motivación.
Su risa fue más natural esta vez.
—Deberías dormir. Mañana te diré el plan para llegar al pueblo más cercano.
Me tensé.
—¿Entonces… vendrás conmigo?
—Por supuesto. ¿Prefieres que te deje aquí para que un dragón te parta en dos?
—No… pensé que solo me darías direcciones.
—Ni hablar. No abandono a alguien indefenso en el bosque. Además, ya terminé lo que vine a hacer. Estarás a salvo. Duerme.
Me recosté sobre la tierra aún tibia por el fuego.
—¿Te quedarás ahí toda la noche?
—Un rato más.
Cerré los ojos.
Tal vez no debería confiar tan rápido.
Pero me salvó.
Me habló con honestidad.
Y por primera vez desde que llegué a este mundo…
Voy a confiar en alguien.
Solo esta vez.
Editado: 09.03.2026