Arlequín

PRIMER CAPITULO - SABÍA QUE VENDRIAS

Había llegado a Londres con una maleta llena de baratijas, un cuaderno saturado de apuntes y una sensación persistente de no pertenecer a ningún lugar.

Y en parte, tenía razón.

No era su país.
No era su idioma.
Y definitivamente no era el tipo de ciudad donde alguien como él pasaría desapercibido.

Un joven de tez latina caminando por calles húmedas y antiguas que hasta entonces solo había conocido a través de películas, documentales y alguna que otra novela de fantasía.

En una de sus manos llevaba un viejo mapa donde había marcado un punto con tinta roja:

Bridgwater.

Una pequeña localidad al suroeste de Inglaterra. Un lugar con historia. Con tradición. Con algo que lo había atrapado desde el momento en que lo descubrió en redes sociales.

Durante años, Lukas había investigado festivales antiguos, carnavales europeos, máscaras rituales y figuras teatrales olvidadas. Le fascinaban los arlequines: la dualidad entre risa y tragedia, la sonrisa pintada ocultando hambre, astucia o dolor.

Siempre había creído que detrás del maquillaje existía algo más profundo que entretenimiento.

Algo más oscuro.

El viaje de Londres a Bridgwater tomó tres horas. Pasó gran parte del trayecto tomando fotografías, anotando curiosidades en su libreta, luchando contra el sueño que intentaba vencerlo.

Cuando descendió del autobús, la ciudad lo recibió con carteles.

Panfletos del festival que se celebraría a principios de noviembre cubrían muros, farolas y vitrinas. Faltaban quince días.

Quince días para investigar.

Quince días para comprender por qué ese lugar lo llamaba tanto.

Esa noche se instaló en la casa de acogida que había contactado meses atrás. Otros jóvenes extranjeros se hospedaban allí, la mayoría estudiantes de arte como él.

La noche cayó con una rapidez extraña.

Tan súbita que Lukas no recordaba en qué momento se quedó dormido.

El circo llegó sin anunciarse.

Nadie vio las caravanas entrar en la ciudad.

Al amanecer, simplemente estaban allí.

Ruedas marcadas en el barro húmedo. Banderines ondeando bajo un cielo plomizo. Y una carpa de colores intensos —rojo, blanco, azul y amarillo— erguida como si hubiese brotado de la tierra durante la madrugada.

La gente caminaba junto al circo con curiosidad tranquila. Para ellos no era inusual. Era tradición que compañías itinerantes visitaran la ciudad en vísperas del festival.

Pero para Lukas…

Era imposible ignorar la sensación de que algo no encajaba.

Porque a las tres de la madrugada había visto luces.

Desde su ventana.

No parecían faroles.

No parecían antorchas.

Eran pequeñas esferas de fuego danzando en silencio.

El aire olía distinto cerca del circo. Más dulce. Más antiguo. Como madera quemada mezclada con azúcar y un aroma que no supo nombrar.

Y entonces la vio.

De pie frente a la entrada principal.

Inmóvil.

Su traje de arlequín era más oscuro de lo que esperaba. Los rombos bordados en hilo dorado capturaban la luz tenue del amanecer. La sonrisa blanca estaba dibujada con precisión perfecta.

Pero sus ojos…

No sonreían.

Miraban hacia un pequeño pájaro que intentaba no resbalar sobre la lona húmeda.

Había algo distante en su expresión.

Algo que no pertenecía al espectáculo.

Luego lo miró a él.

No como se mira a un extraño.

Sino como se reconoce a alguien que ya estaba escrito en la historia.

Su caminar fue extraño.
¿Lento?
¿Rítmico?
¿Flotante?

Era como si el suelo no decidiera del todo su peso.

En sus manos sostenía algunos folletos.

“Circo de la Vida Nuestra”, decían.

Se detuvo frente a él.

Extendió la mano con un movimiento ligero.

—Estás invitado a nuestro gran espectáculo esta noche.

Lukas quedó inmóvil.

Sintió que el mundo se reducía hasta caber únicamente entre esa mirada y el golpe irregular de su corazón.

Y no pudo saber —aún— que ese sería el instante exacto en que su vida dejaría de pertenecerle.

Ella sostuvo el folleto un segundo más de lo necesario.

Sus dedos rozaron apenas los de Lukas.

Luego sonrió.

No la sonrisa dibujada por el maquillaje.

Otra distinta. Más leve. Casi real.

Y sin decir nada más, dio un paso hacia atrás.

Su cuerpo se movió con una ligereza extraña, como si el suelo no la reclamara del todo. Giró sobre sí misma en un pequeño gesto que parecía parte de una danza improvisada, y se alejó entre la gente con pasos rítmicos, suaves, acompasados por una música que Lukas juraría no estar escuchando… pero que su cuerpo sentía.

Sentía el retumbar de tambores, violines y el cantar de un trovador a la distancia. Pero nadie parecía notarlo, el ambiente se había tornado misterioso.

Poco a poco, las personas comenzaron a acercarse a ella.

Tomaban folletos.

Reían.

Comentaban sobre el espectáculo de esa noche.

Y, sin embargo, nadie parecía notar que su andar era como el danzar de un hada, pero ¿cómo danza un hada?

Solo él había sentido que ese movimiento no era casual.

Miró el folleto.

“Gran función previa al Festival de Noviembre. Una sola noche.”

Una sola noche.

El resto del día intentó concentrarse.

Se refugió en libros digitales, artículos antiguos, referencias históricas del festival de Bridgwater. Descubrió que la celebración tenía raíces antiguas, vinculadas a rituales de fuego, danzas nocturnas y representaciones teatrales que simbolizaban caos y renacimiento.

Algunos textos mencionaban compañías itinerantes que aparecían cada año.

Otros hablaban de desapariciones sin explicación.

Cerró la laptop.

Se dijo que era coincidencia.

Se dijo que estaba dejando volar demasiado la imaginación.

Pero cuando cayó la noche…

Regresó.

La carpa estaba iluminada por cientos de pequeñas luces cálidas que titilaban como estrellas atrapadas bajo la lona. El murmullo del público llenaba el aire con entusiasmo, alegría y curiosidad.




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