Arlequín

SEGUNDO CAPITULO - DONDE LA MAGIA COMIENZA

Lukas decidió que lo mejor sería descansar.

Había sido un día demasiado largo para intentar comprenderlo todo de inmediato. El circo, el espectáculo, la sensación extraña en el escenario… y aquel símbolo que ahora dormía silencioso bajo la piel de su brazo.

Tal vez, con el descanso, todo volvería a tener sentido.

O al menos eso esperaba.

A la mañana siguiente, el cielo de Bridgwater amaneció cubierto por una bruma ligera que se deslizaba entre las calles empedradas como un suspiro frío. Lukas salió de la casa de acogida con las manos en los bolsillos y el mapa doblado dentro de su chaqueta. Quería conocer un poco más la ciudad. Caminar sin rumbo. Respirar el lugar que ahora, por un tiempo, llamaría hogar.

Las calles estaban vivas desde temprano.

Pequeñas tiendas abrían sus puertas, bicicletas cruzaban la plaza central y algunos puestos improvisados comenzaban a llenar el aire con aromas de pan, frutas y café recién preparado.

Lukas caminaba observándolo todo con la curiosidad de quien llega por primera vez a un lugar que solo conocía a través de fotografías y relatos.

Hasta que la vio.

Estaba frente a un pequeño puesto de frutas, examinando unas manzanas con una atención casi divertida, como si eligiera pequeños tesoros.

Por un instante Lukas pensó que se había equivocado.

Porque la joven frente a él no llevaba maquillaje.

No había rombos pintados bajo sus ojos.
No había sonrisa blanca dibujada sobre su rostro.

Solo una expresión tranquila, natural.

Su cabello corto, de un suave tono rosado, caía libremente hasta sus hombros mientras la brisa lo movía con delicadeza.

Pero aun así…

Era ella.

Lukas se acercó con cierta timidez.

—Hola… —dijo finalmente.

La joven levantó la mirada.

Por una fracción de segundo pareció sorprendida.

Luego sonrió.

Una sonrisa real esta vez.

—Hola —respondió—. Sabía que volvería a verte.

Lukas soltó una pequeña risa nerviosa.

—¿Cómo estás?

Ella levantó ligeramente la bolsa con manzanas.

—Ahora mucho mejor.

El momento tenía algo extrañamente normal. Casi cotidiano. Como si la noche anterior hubiera sido solo un espectáculo más.

Pero Lukas no pudo evitar preguntarlo.

—Oye… —dijo con curiosidad—. Anoche dijiste algo… antes de que empezara tu acto.

Lily inclinó un poco la cabeza.

—¿Sí?

—Dijiste… “tú también lo soñaste”.

Por un instante ella no respondió.

Sus ojos se posaron en él con una atención distinta, más profunda.

Como si buscara algo en su expresión.

Pero antes de que pudiera decir nada, una voz grave los interrumpió.

—¡Lily!

Ambos voltearon.

Un hombre de mediana edad se encontraba a unos metros de distancia. Vestía un abrigo oscuro y se apoyaba en un bastón de madera tallada. Su postura era recta, pero su mirada parecía observarlo todo con una calma calculada.

Lily suspiró suavemente.

—Tengo que irme —dijo, girándose nuevamente hacia Lukas.

Luego volvió a sonreír.

Pero esta vez había algo más en esa sonrisa.

Algo cómplice.

Algo que Lukas no supo explicar.

—Deberías venir al circo otra vez —dijo ella con entusiasmo—. Todavía no has visto lo mejor.

Retrocedió unos pasos, levantando la mano en un gesto alegre de despedida.

—Nos vemos, Lukas.

Y antes de que él pudiera preguntarle cómo sabía su nombre, Lily ya se alejaba entre la gente, caminando con esa viveza extraña que parecía convertir cada paso en una pequeña danza.

Lukas se quedó allí, inmóvil, sosteniendo el aire frío de la mañana entre los dedos.

Con una pregunta latiendo en su mente.

¿Cómo sabía su nombre?

Lukas se quedó observándola hasta que su figura terminó perdiéndose entre la multitud de la plaza.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, como si aún esperara verla regresar entre la gente.

No se hizo demasiadas preguntas sobre el hombre del bastón. Supuso que probablemente era alguien del circo. Tal vez el dueño, o alguno de los organizadores del espectáculo.

En un lugar así, pensó, ese tipo de personajes eran inevitables.

Sacudió ligeramente la cabeza y continuó caminando por las calles de Bridgwater.

Las callejuelas eran estrechas y antiguas, con fachadas de ladrillo oscuro y pequeñas vitrinas llenas de objetos curiosos. Mientras avanzaba, Lukas tomaba algunas fotografías y hacía anotaciones rápidas en su libreta. Aquella ciudad parecía estar hecha para alguien como él: cada esquina guardaba algo que contar.

Fue así como llegó frente a una tienda particularmente vieja.

El letrero de madera sobre la puerta estaba desgastado por los años, y en la vitrina se acumulaban todo tipo de objetos extraños: baratijas, relojes antiguos, pequeñas figuras de animales y criaturas fantásticas.

Pero lo que más llamó su atención fueron las pequeñas esculturas.

Duendes.

Hadas.

Criaturas del bosque hechas de arcilla, madera y metal.

Algunas parecían tan detalladas que casi resultaban vivas.

Sin embargo, lo que realmente capturó su mirada fue un cartel colgado en una de las paredes del fondo de la vitrina.

Era antiguo. Muy antiguo.

El papel estaba amarillento y los bordes desgastados.

En letras elegantes podía leerse:

“Circo de la Vida Nuestra — Año 1890”

El dibujo mostraba un arlequín de espaldas.

Quieto.

Observando algo fuera del marco del cartel.

Lukas frunció el ceño.

Había algo en esa imagen que le resultaba extrañamente familiar.

Como si la hubiera visto antes… en algún lugar que no lograba recordar.

Empujó la puerta.

Una pequeña campana sonó sobre su cabeza.

El interior de la tienda olía a madera vieja y polvo.

—Buenos días —dijo una voz suave.

Una mujer mayor apareció detrás de un mostrador. Su cabello gris estaba recogido en un moño, y sus ojos observaban a Lukas con una mezcla de curiosidad y amabilidad… aunque también con algo difícil de definir.




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