Lily aún sostenía la mano de Lukas cuando la risa volvió a escucharse dentro de la carpa.
El hombre del bastón avanzó un par de pasos hacia ellos, observándolos con una mezcla de curiosidad y diversión.
—Vaya, vaya… —dijo con una sonrisa ladeada—. ¿Acaso eres el nuevo?
Lily reaccionó de inmediato.
Con un movimiento casi instintivo, cubrió el brazo de Lukas con su propia mano, ocultando la marca antes de que pudiera verla con claridad.
—Solo es un visitante —dijo rápidamente—. Estaba mostrándole el lugar.
El hombre apoyó su bastón en el suelo con suavidad.
Tac.
—Claro… claro.
Sus ojos se detuvieron unos segundos en Lukas.
—Permíteme presentarme —continuó con un pequeño gesto teatral—. Mi nombre es Marcus.
Hizo una ligera reverencia.
—Director del Circo de la Vida Nuestra.
Lukas asintió con cierta incomodidad.
—Lukas.
Marcus lo observó de arriba abajo con atención.
Luego soltó una pequeña carcajada.
—Interesante… —murmuró—. Siempre es bueno encontrar caras nuevas.
Apoyó ambas manos sobre el bastón.
—De hecho, muchacho… —añadió con tono ligero—. A mi circo le vendría bien un latino.
Lukas lo miró sorprendido.
—¿Perdón?
—Un artista nuevo siempre anima al público —continuó Marcus con naturalidad—. Además, tienes presencia.
Lukas negó suavemente.
—Creo que paso.
Marcus levantó las cejas, divertido.
—Oh, no tienes que responder ahora.
Su sonrisa se ensanchó.
—Solo… piénsalo.
Lily apretó ligeramente la mano de Lukas.
—Marcus, creo que Lukas ya vio suficiente por hoy.
El hombre la miró con una expresión curiosa.
Luego soltó otra risa breve.
—Como quieras, pequeña arlequín.
Sus ojos volvieron a Lukas.
—Las puertas del circo siempre están abiertas… para quienes saben mirar más allá del espectáculo.
Lily no dijo nada más.
Tomó a Lukas del brazo y lo guio hacia la salida de la carpa bajo la mirada fija de Marcus.
Cuando salieron, Lukas sintió claramente cómo el director del circo seguía observándolos.
Y cuando volteó por un instante…
Marcus aún estaba allí.
Sonriendo.
De una forma difícil de interpretar.
El ambiente afuera había cambiado.
El bullicio de la feria se había apagado casi por completo.
Algunas luces seguían encendidas, pero la mayoría de los puestos comenzaban a cerrar. Un par de vendedores aún ofrecían golosinas y bebidas calientes, mientras los últimos visitantes se alejaban lentamente del lugar.
La música había desaparecido.
La noche se sentía más tranquila.
Más silenciosa.
Lily siguió caminando sin decir nada durante varios segundos.
Aún sostenía la mano de Lukas.
Finalmente lo llevó hasta las afueras del terreno del circo.
Allí se detuvo.
Soltó su mano.
Y comenzó a caminar unos pasos frente a él, con las manos entrelazadas detrás de su espalda.
El viento movía suavemente su cabello rosado.
—Lo siento… —dijo finalmente.
Lukas inclinó la cabeza.
—¿Por qué?
Ella giró un poco el rostro hacia él.
—Por cómo reaccioné antes.
Guardó silencio un instante.
—A veces… las cosas en el circo son más complicadas de lo que parecen.
Lukas sonrió ligeramente.
—Eso ya lo sospechaba.
Lily dejó escapar una pequeña risa.
—No… —dijo suavemente—. No lo sospechas.
Se detuvo.
Lo miró con una mezcla extraña de ternura y misterio.
—Pero tal vez algún día lo entiendas.
El silencio volvió a instalarse entre ellos.
Lukas sintió nuevamente esa curiosidad creciendo en su interior.
Quería preguntarle sobre la marca.
Sobre el sueño.
Sobre lo que ella había dicho antes.
Pero ninguna de esas preguntas salió de su boca.
—Supongo que debo volver —dijo finalmente.
Lily asintió.
—Sí.
Lukas comenzó a alejarse.
Después de unos pasos volteó.
Ella seguía allí.
Observándolo.
Con esa sonrisa tranquila que parecía esconder demasiadas cosas.
La casa de acogida estaba silenciosa cuando Lukas llegó.
La luz del comedor estaba encendida y varias voces se escuchaban desde el interior.
Cuando entró, se encontró con un pequeño grupo reunido alrededor de la mesa.
Cuatro jóvenes lo miraron con curiosidad.
—¡Hola! —dijo una chica de cabello oscuro con entusiasmo—. Tú debes ser el nuevo.
Lukas levantó una mano en saludo.
—Sí… Lukas.
—Perfecto —respondió la chica—. Justo hablábamos de eso.
Se levantó de la mesa.
—Soy Karla, de Argentina.
La chica a su lado sonrió y saludó con la mano.
—Miryam. También de Argentina.
Un joven de barba ligera levantó su taza.
—Pedro, de España.
El último inclinó ligeramente la cabeza con educación.
—Tanaka —dijo con calma—. De Japón.
Lukas sonrió.
—Un gusto conocerlos.
Karla apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Tú también viniste por los festivales?
—Sí —respondió Lukas—. Estoy estudiando artes.
Pedro asintió con entusiasmo.
—Todos estamos aquí por algo parecido.
Miryam miró hacia la escalera del segundo piso.
—Bueno… casi todos.
Lukas levantó una ceja.
—¿Casi?
Karla hizo una mueca.
—Falta uno.
—Pero ese tipo es… raro —añadió Pedro.
Tanaka tomó un sorbo de su bebida antes de hablar.
—No suele hablar con nadie.
Miryam suspiró.
—Ni siquiera sabemos qué está estudiando.
Karla se encogió de hombros.
—Solo sabemos que llegó antes que todos nosotros.
Pedro agregó con una sonrisa irónica:
—Y que tiene un carácter terrible.
Lukas miró hacia la escalera.
Por alguna razón sintió un pequeño escalofrío.