La sonrisa de aquel hombre no era natural.
Se extendía demasiado, como si su rostro no hubiese sido hecho para sostenerla. Había algo forzado en ella, algo que no encajaba… y, sin embargo, lo más perturbador no era eso.
Eran sus ojos.
Dos relojes.
No una metáfora. No una impresión.
Relojes.
Las manecillas giraban en direcciones opuestas, desafiando cualquier lógica, como si el tiempo dentro de él no obedeciera las mismas reglas que el resto del mundo.
Lukas sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Antes de poder reaccionar, Lily corrió hacia él, pronunciando su nombre con una urgencia que apenas alcanzó a comprender. Pero el momento se rompió de golpe.
El hombre lo sujetó del brazo.
El agarre fue firme. Demasiado.
Y en un movimiento brusco, lo levantó del suelo con una facilidad inquietante, como si Lukas no pesara nada.
—Así que… nos volvemos a encontrar —dijo aquella figura, con una voz grave, arrastrada, que parecía resonar más allá del espacio que ocupaba.
Había algo en esas palabras.
Algo que no pertenecía a ese instante.
Como si ya hubieran sido dichas antes.
Como si Lukas debiera recordarlas.
El instinto reaccionó antes que la razón.
Lukas lanzó una patada, torpe pero desesperada, buscando liberarse.
El impacto fue limpio.
Pero el hombre…
No reaccionó.
Ni un gesto. Ni una mueca. Ni siquiera un parpadeo.
Como si el golpe jamás hubiese ocurrido.
El silencio que siguió fue aún más aterrador.
—Es hora de despertar… ¿no crees?
Y entonces—
Todo se rompió.
Lukas abrió los ojos de golpe, incorporándose en su cama con el pecho agitado, el aire entrando a sus pulmones de forma irregular, casi dolorosa. El sudor le empapaba la frente, la espalda, las manos.
Su habitación.
Las paredes conocidas.
La tenue luz del amanecer filtrándose por la ventana.
Pero su cuerpo no lograba convencerse.
Su mente tampoco.
Se llevó una mano al rostro, intentando estabilizar su respiración.
¿Había sido un sueño?
¿O… algo más?
La sensación no desaparecía.
Era demasiado vívida.
Demasiado real.
Como si no hubiese despertado del todo.
Como si solo hubiese cambiado de escenario.
Entonces lo escuchó.
A lo lejos.
Sirenas.
Agudas. Persistentes.
Rompían el silencio de la madrugada como una advertencia.
Lukas giró la cabeza hacia la ventana y se levantó casi sin pensarlo. Al asomarse, vio la ambulancia detenida frente al terreno cercano, con varias personas reunidas alrededor. Algunas se movían con prisa; otras observaban desde la distancia, atrapadas entre la curiosidad y el temor.
Su estómago se tensó.
Sin darse tiempo para pensar, salió de la habitación.
Bajó las escaleras apresuradamente, casi tropezando en los últimos escalones. Su mente seguía fragmentada, atrapada entre lo que había visto… y lo que ahora estaba viendo.
¿Era coincidencia?
¿O parte de lo mismo?
En medio de su descenso, cruzó la mirada con un joven que subía en dirección contraria.
No lo había visto antes.
Llevaba varios libros apilados entre sus brazos, sujetándolos con cuidado, como si cada uno tuviera un valor particular. Al pasar junto a Lukas, levantó ligeramente la mirada.
Y lo observó.
No fue una mirada casual.
Hubo algo más.
Algo que duró apenas un segundo… pero suficiente para dejar una sensación incómoda.
Lukas estuvo a punto de detenerse.
De decir algo.
Pero no lo hizo.
Siguió de largo.
Había algo más urgente.
Algo que necesitaba comprobar.
Salió de la casa y avanzó hacia el terreno del circo, aunque con cada paso su impulso inicial comenzaba a diluirse, reemplazado por una creciente inquietud. Su ritmo disminuyó.
No quería llegar.
No del todo.
Una parte de él temía confirmar que aquello… no había sido solo un sueño.
Cuando finalmente llegó, el ambiente era distinto.
Extrañamente real.
Sin disfraces. Sin música. Sin colores.
Solo personas.
Miembros del circo reunidos, hablando en voz baja, con rostros tensos.
Dos hombres sostenían a una joven de cabello castaño y complexión delgada. La sujetaban con cuidado, ayudándola a mantenerse en pie mientras ella intentaba, sin éxito, apoyar una de sus piernas.
Lukas no la reconoció.
Pero el dolor en su rostro no necesitaba presentación.
Entre el grupo, vio a Lily.
Llevaba un abrigo largo que le cubría hasta las rodillas, como si hubiese salido con prisa. Su expresión era una mezcla de preocupación y cansancio, como si la mañana la hubiese sorprendido antes de estar lista.
Al verla, Lukas sintió algo aliviarse dentro de él.
Se acercó.
Rápido.
Demasiado.
Y casi sin pensar, tomó su mano.
El contacto fue inmediato.
Cálido.
Real.
Lily lo miró, sorprendida, sin retirar la mano de inmediato.
—¿Estás bien? —preguntó Lukas, con una urgencia que no logró disimular.
—Sí… —respondió ella, aún procesando el gesto—. Es Miranda. Es nueva… y demasiado terca. Siempre ensaya temprano. Hoy… no tuvo suerte.
Su voz bajó ligeramente.
—Perdió el equilibrio. Cayó muy mal. Uno de los chicos estaba con ella y fue quien nos avisó.
Lukas asintió, pero su atención no estaba del todo ahí.
Lily lo notó.
Lo observó con más detenimiento.
El sudor. La respiración irregular. La tensión en su cuerpo.
—Oye… —dijo suavemente—. ¿Tú estás bien?
La pregunta quedó suspendida entre ambos.
Lukas soltó su mano con cuidado, como si recién en ese instante hubiese sido consciente de haberla tomado. Luego llevó ambas manos a su cabeza, presionando ligeramente, intentando ordenar lo que sentía.
—Hay algo… —murmuró—. Algo que me ha estado persiguiendo desde que era niño…