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~A stranger's light comes on slowly
A stranger's heart without a home~
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Febrero 03,1992
Sidney
Unos ojos verdes, intensos como brasas encendidas, ardían frente a mí mientras me incorporaba del suelo. aunque su color era frío irradiaban furia como si pudieran incendiar el aire.
—L-lo siento mucho, no fue mi intención—mi voz temblaba un poco, debido a la dificultad que estaba teniendo al respirar, podía sentir cada latido de mi corazón. Estaba intentando arreglar la situación.
Quería dar una gran impresión en mi primer día de instituto, pero no esta clase de impresión.
—De verdad, lo lamento. Todo fue mi culpa, pero no tienes que sentirte avergonzado, tu ropa interior esta genial... Batman es una gran superhéroe, a mi también me gusta, y yo...
—¡Puedes guardar silencio!— fue lo único que salió de su boca con un acento extraño. En sus mejillas podía notar un leve color rojizo, comenzaba a mirar hacia todos lados, mientras observaba con profundidad al grupo de chicos que se estaba burlando de él, como si quisiera atravesarlos con la mirada.
Mi intento por arreglar las cosas se desvaneció en el aire. Todo se había arruinado en el instante en que esos pantalones terminaron en mis manos.
—¿Qué está pasando aquí— la voz grave rompió el murmullo de la multitud. Un hombre de unos setenta años emergió de entre los estudiantes, con el porte recto, el traje impecable y una expresión que parecía esculpida en piedra. Era imposible saber si estaba molesto por la escena o si simplemente lucía así todo el tiempo.
—Nada, solo fue un pequeño accidente— trataba de sonar firme, aunque la verguenza me pesaba como plomo. Eché un vistazo a la víctima del crimen, que ahora mantenía su vista clavada en el suelo.
—¿Es cierto, Brown?.
El chico solo asintió, apenas moviendo la cabeza.
—Bien. Tengan más cuidado la próxima vez. Continuemos con el recorrido.
El recorrido por la academia fue incómodo. Todos cuchicheaban y se reían por lo ocurrido. Apenas llevaba unas horas dentro y ya tenía un problema... y parecía llevar el apellido Brown.
Tras el largo paseo, nos dieron un tiempo para almorzar. Me senté sola, con la espalda bien pegada a la pared, como si así pudiera hacerme invisible. Frente a mí, el almuerzo se enfriaba sin que le prestara atención.
Pero algo no me dejaba en paz.
Un par de ojos verdes ardían desde otra mesa, acompañados por otros dos pares que se turnaban entre la comida y yo. Fingí interés en mi plato, picando sin ganas. El tenedor apenas rozaba los fideos cuando una sombra cruzó la mesa.
—Hola —dijo una voz suave.
Levanté la mirada y el aire se me quedó atorado en el pecho. Esos ojos azules. Esa sonrisa como salida de una portada. Nathaniel Carter.
—H-hola —forcé una sonrisa, mientras dentro de mí libraba una batalla entre los nervios y la emoción.
—Eres nuevo, ¿verdad?
Asentí
—Me llamo Nathaniel, pero puedes decirme Nate.
Su sonrisa era cálida, tenía la capacidad de alegrar hasta el peor día. Sus labios se movían, pero su sonrisa me tenía atrapada. Las palabras pasaban junto a mí, inaudibles.
—¿Estás bien?
—¿Eh? Sí, perdón. ¿Qué fue lo que me preguntaste?
—Tu nombre.
—Justin —respondí, desviando la mirada hacia la comida para concentrarme en lo que decía, y no en lo increíble que se veía.
—Un placer conocerte.
—Igualmente... un placer.
—¿Te gustó el recorrido?
—Si, el lugar es muy bonito, aunque estuve un poco incómodo— recuerdos vienen a mí sobre unos ojos y comienzo a sentir un nudo en el estomago.
—Si, me lo imagino, escuché sobre el pequeño accidente de hace un rato. Ya eres un poco famoso.
La sorpresa me congeló por un instante. ¿Cómo podía saberlo tan rápido?
—-Los chismes vuelan por aquí —añadió con una risa suave—. Te recomiendo pasar desapercibido si no quieres estar en boca de todos.
Necesitaba esforzarme más por mantener un perfil bajo o podría ser descubierta fácilmente.
—Igual, no te preocupes tanto. Hablan más porque el accidente fue con uno de los británicos.
—¿Británicos?
—Sí, aquí somos casi todos estadounidenses, pero este año entraron tres chicos británicos. Por eso llaman la atención con facilidad.
Volteé hacia una esquina del salón, donde tres chicos conversaban entre sí. De pronto, todo tuvo sentido: el acento raro. Claro que era británico.
—Con razón se difundió tan rápido...
—Exacto. Este tipo de cosas no pasan seguido. Es tan raro como si una chica llegara a entrar a esta academia.
Me reí, un tanto exagerada, intentando cubrir mi incomodidad, de todos los ejemplos que podía dar tenía que dar ese.
—Qué gracioso eres. Eso sería imposible, no se permiten chicas aquí -dije, apurando un sorbo de agua para calmar el temblor que se asomaba en mi voz.
—Tal vez— respondió con media sonrisa— Pero bueno, cambiando de tema... me acerqué porque quería ofrecerte ayuda con lo que necesites. Te he visto solo y sentí que quizás estabas un poco perdido. Eso me pasó a mi cuando recién entre.
Su mirada transmitía una amabilidad encantadora. Era tan lindo.
—Gracias, aceptaré tu ayuda —sonreí. Después de todo, uno de mis propósitos aquí era acercarme a él.
—Perfecto. Podemos comenzar con tu instalación. ¿Quieres que te acompañe a tu habitación?
—Claro.
Nos levantamos y comenzamos a caminar por el edificio, mientras me contaba sobre la vida en la academia. Eran muchas reglas: uniforme obligatorio, toque de queda a las diez, nada de música no autorizada, prohibido el contacto con estudiantes de otras academias sin permiso... y cantar géneros como rock, pop o grunge era casi una sentencia.
—Son muchas reglas, supongo que tenemos que ser atentos para no ser sancionados.