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~How can you say I go about things the wrong way?
I am human and I need to be loved~
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Febrero 10 de 1992
Felix.
Podía ver cómo todo su cuerpo temblaba. No necesitaba verle el rostro para saber que debía de tener esa expresión tan típica: la de un cachorro asustado que aún no entiende en qué momento perdió el control de la situación.
—No te metas, Brown…
Estas escenas siempre tenían el curioso talento de arruinar mi paz con una puntualidad casi británica. Interrumpían mi perfectamente funcional rutina y me obligaban a participar en dramas que no había solicitado. Aun así, lo verdaderamente irritante no era la molestia, sino el tipo de personas que las provocaban: individuos convencidos de su propia grandeza, expertos en aparentar fortaleza…
—Déjalo en paz.
Avancé poniendome enfrente de Justin y hasta quedar cara a cara con Brandon. Él intentó clavarme una mirada seria, de esas que supuestamente intimidan. El esfuerzo era visible. El resultado, no tanto. Su expresión seguía siendo la de un mono convencido de que fruncir el ceño bastaba para parecer peligroso.
—¿Te gusta hacerte el héroe?, cierto .... Había escuchado que tu eres Batman, el Caballero de la noche.
Ladeé ligeramente la cabeza, como si estuviera considerando seriamente sus palabras. Batman. Claro. No pude evitar pensar que, para algunos, un incidente aislado tenía la curiosa capacidad de convertirse en leyenda urbana.
Dejé escapar un suspiro breve, más de cansancio que de molestia, y esbocé una sonrisa mínima, casi educada.
—Si de verdad creyera que soy Batman, te aconsejaría pensarte mejor lo de provocar peleas a plena luz del día. El Caballero de la Noche trabaja en horarios bastante específicos.
Hice una pausa, lo miré de arriba abajo.
—Y tú no pareces exactamente un villano memorable.
—Podré no ser memorable, pero la golpiza que te de quizá, si.
Brandon frunció el ceño, claramente ofendido por no haber obtenido la reacción que esperaba. Dio un paso al frente, invadiendo el espacio personal con la torpeza de alguien que confunde volumen con autoridad.
Lo observé en silencio durante un segundo más de lo necesario. Era curioso cómo algunos interpretan la ausencia de miedo como provocación.
—¿Sabes? —dije al fin, con voz tranquila— Si tu objetivo era impresionar a alguien, temo informarte que estás fallando.
Desplacé ligeramente el peso de un pie al otro, sin adoptar una postura defensiva. No porque no pudiera hacerlo, sino porque no valía la pena.
—Ahora —añadí, mirando brevemente al pequeño cachorro detrás de mí— tienes dos opciones: te apartas y todos seguimos con nuestras vidas, o continúas y haces esto innecesariamente más patético.
Brandon sostuvo la mirada un segundo más, claramente debatiéndose entre insistir o retirarse. Al final, optó por lo único sensato que había hecho en toda la tarde: bufó, murmuró algo y se dio la vuelta.
Lo vi alejarse sin decir nada.Cuando el ruido de sus pasos se perdió, giré hacia Justin que había estado detrás de mí todo ese tiempo. Seguía tenso, le quite la toalla de la cabeza.
—Ya puedes respirar
Como era de esperarse, su expresión seguía siendo la de un cachorro asustadizo.
—G-gracias…
Asentí apenas y me disponía a marcharme cuando me sujetó del brazo.
—¿Por qué me ayudaste?
La pregunta me irritó más de lo que debería haberlo hecho. No era la primera vez que lo hacía, y aun así parecía sorprendido. Para colmo, recordé el melodrama que había armado la vez que me vio sin camisa en la habitación. Supuse que era coherente: a ese chico extraño cualquier interacción humana le resultaba profundamente incómoda, especialmente si implicaba piel descubierta.
Lo miré en silencio durante un segundo.
—Si lo prefieres —dije al fin, con calma—, no volveré a hacerlo.
—N-no, no es eso… solo que… me sorprendió, es todo.
Bajó la cabeza como si hubiera cometido una falta imperdonable. Por un momento tuve la incómoda sensación de ser yo quien lo estaba atacando. Resultaba curioso: hacía apenas unos minutos había sido ruidoso, casi valiente; ahora, en cambio, parecía completamente acobardado.
—Oye, cachorro… —dije, y frunció el ceño al escuchar el apodo—. No te encojas así. Ni permitas que te humillen.
Hice una breve pausa antes de continuar, con la voz más firme que dura.
—Salgamos de aquí, antes de que veas más piel y termines desmayado.
Abandonamos juntos las duchas y, apenas al salir, nos topamos con Ben y Finn.
—¡Félix! —Finn se acercó sin previo aviso y me rodeó con un abrazo entusiasta—. Te perdiste toda la tarde. ¿Dónde estabas?
Los abrazos eran ya una costumbre suya. Al principio me habían resultado incómodos; con el tiempo, simplemente opté por quedarme inmóvil hasta que pasaran.
—Estaba durmiendo la siesta. No desaparecí tanto tiempo.
Me soltó al fin y entonces se fijo en Justin, que se encontraba justo detrás de mí.
—¡Amigo! —lo saludó con una familiaridad exagerada, como si fueran viejos conocidos.
—¿Cómo estás?
—Bien.
Su cuerpo decía exactamente lo contrario. Aún había temor en su mirada, una tensión que no lograba disimular. El abrazo de Finn claramente lo había incomodado… aunque, siendo justos, al principio a mí también me habían parecido una experiencia bastante extraña.
—¿Ustedes estaban juntos? —preguntó Finn, mirándonos a ambos como si acabara de descubrir algún tipo de juego particularmente entretenido.
—Solo coincidimos en el mismo lugar —aclaré—. No saques conclusiones extrañas.
—De acuerdo —respondió con una sonrisa leve, de esas que prometen volver al tema más adelante.
—Yo… tengo que irme —dijo el rubio, mirándome una última vez—. Adiós.