Armonía en Ti

No era el fin (solo maní)

──── ♫ ────

There's a battle ahead

Many battles are lost

But you'll never see the end of the road

While you're traveling with me

──── ♫ ────

Febrero 11,1992.

Felix

Comencé a escuchar un pitido lejano. Constante. Irritantemente constante.

Luego vino la luz.

Blanca. Demasiado blanca.

Abrí los ojos con lentitud, parpadeando varias veces hasta que el mundo dejó de parecer una acuarela mal hecha. A mi lado había una silueta. Alta. Inmóvil.

—¿Dónde estoy? —mi voz salió áspera, como si hubiera tragado papel de lija.

La figura se movió ligeramente y el rostro se definió.

El profesor Callahan.

—Ya has despertado. Qué bueno… dormiste un par de horas —se acercó un poco más a la camilla.

—¿Qué me pasó?

Me miró como si estuviera evaluando.

—¿No recuerdas? Te tomaste un licuado con maní. Al parecer eres alérgico. Deberías tener más cuidado.

Ah.

Claro.

El batido.

Los recuerdos regresaron como un golpe mal coordinado: Finn gritando mi nombre, el techo alejándose mientras yo me desplomaba, y una voz más suave, insistente, repitiendo “lo siento” una y otra vez.

Justin.

—Ahora recuerdo… —murmuré—. Debió de ser todo un espectáculo.

Intenté incorporarme, pero mi cuerpo decidió que estaba prohibida esa acción. La habitación dio una pequeña vuelta.

—Con calma —dijo el profesor—Por cierto, tus amigos estaban como si ellos estuvieran muriendo. Se quedaron muy preocupados.

La última imagen clara que tenía era el rostro de Finn completamente descompuesto, Ben pálido mientras intentaba calmar a Finn y se acercaba a mí para ayudarme.

Cuando vuelva a ver a Finn, estoy bastante seguro de que no va a soltarme en semanas. Probablemente me atará con una cuerda “por seguridad”.

Suspiré.

Casi muero por amabilidad.

Qué manera tan extraña tienen para agradecer los estadounidenses.

Escuché pasos suaves acercándose por el pasillo. No eran apresurados, pero sí cargados.

Un segundo después apareció mi abuela.

Su rostro estaba tenso. Las cejas, apenas fruncidas y su mirada inquieta que se movía de un lado a otro y encontro descanso en el momento que me vió, acto seguido se acercó a mí rápidamente.

—¡Mi niño! —sus manos, tibias y firmes, enmarcaron mi rostro como si necesitara comprobar que era real—. ¿Te duele algo? ¿Puedes respirar bien?

—Estoy bien… —respondí, con la voz todavía áspera—. No te preocupes.
Sus dedos se movieron hacia mi cabello, acomodándolo como cuando era pequeño.

—¿Cómo pudo pasarte esto? —murmuró, más para ella que para mí—. Tú eres muy cuidadoso con lo que comes…

Ah.

Sí.

Ese batido tenía olor a maní. Sabor a maní.

En circunstancias normales quizá lo habría detectado.

Pero en ese momento no estaba concentrado en la bebida.

Estaba concentrado en que, si la rechazaba, Finn podría declararme oficialmente enemigo público. Y además… era un regalo de Justin.

¿Qué se supone que debía hacer? ¿Ignorarlo? ¿Devolverlo educadamente con una nota diplomática?

No parecía una opción viable. Ese chico ... se ve sensible.

—Estaba algo distraído cuando me tomé la bebida… —dije finalmente.

Mi abuela entrecerró los ojos.

—¿Distraído? ¿Qué podría distraerte tanto?

Lo pensé un segundo.

—Un cachorro.

—¿Un cachorro? —el profesor Callahan frunció el ceño—. Pero si en la academia no se permiten animales.

Suspiré.

—No esa clase de cachorro…

Ambos me miraban ahora con un nivel de confusión preocupante.

Magnífico. Ahora parecía alguien que deliraba.

—Como sea —murmuré, apartando la mirada—. No quiero hablar de eso. Mejor díganme… ¿cuándo puedo irme?

—En un rato más te darán de alta.

Perfecto.

Exactamente lo que quería escuchar. Si todo salía bien, en unas horas podría abandonar este paraíso blanco con olor a desinfectante y pitidos constantes.

Preferiría no convertir el hospital en mi nueva residencia oficial. Solamente me trae malos recuerdos.

Después de un par de horas más de observación, por fin me dieron el alta. Me administraron epinefrina, me tuvieron conectado a oxígeno un rato y decidieron vigilarme hasta asegurarse de que mi cuerpo no intentara otra hazaña dramática.

Al parecer, ya había tenido suficiente protagonismo por un día.

Firmaron unos papeles, me dieron instrucciones que prometí escuchar atentamente —no lo hice— y finalmente pude salir de ese edificio

Ahora íbamos de regreso a la academia.
Mi abuela se encontraba a mi lado. Ya no tenía aquella tensión rígida en el rostro; el susto inicial se había disipado, ahora tenía ese tipo de calma que solo aparece después de haber imaginado lo peor.

—A partir de ahora, ten más cuidado —dijo finalmente, con voz firme pero serena.

La miré de reojo.

—Tranquila… lo tendré.

—Por cierto, llamé a tu padre.

Me enderecé al instante. La espalda se me puso rígida antes de que pudiera evitarlo.

Magnífico.

—No debiste hacerlo…

La respuesta salió más rápida de lo que pensé. Más fría también.

Escuchar su nombre era suficiente para que algo en mí se pusiera en guardia. No era algo que decidiera conscientemente; simplemente ocurría. Como un reflejo mal aprendido. Como cerrar una puerta antes de que alguien intente cruzarla.

Mi abuela suspiró con paciencia.

—Es tu padre, no lo olvides…

—Eso deberías decírselo a él, no a mí.

La frase sonó más afilada de lo que pretendía.

Entonces la miré.

Y ahí estaba.

No era enojo lo que había en sus ojos. Era algo mucho más difícil de enfrentar. Una tristeza callada, profunda, que parecía haberse asentado con los años. Sus cejas apenas inclinadas hacia el centro, la mirada suave pero cansada, como si cargara con una conversación que nunca logra terminar. No había reproche… solo un dolor silencioso que no sabía dónde colocar.



#6196 en Novela romántica
#690 en Joven Adulto

En el texto hay: romance, drama, 90s

Editado: 27.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.