-¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! -El grito de leo se perdió en el eco del pasillo mientras subía las escaleras de dos en dos. Sus pulmones ardían y sus piernas empezaban a pesar como el plomo, pero el pánico era un motor mucho más potente que el cansancio. Dante le había soltado la bomba apenas un minuto antes: nico había entrado en celo de golpe, estaba solo y se había atrincherado en el baño. Leo era el único que llevaba supresores de emergencia ese día, así que corrió como si su propia vida dependiera de ello. Al llegar al tercer piso, empujó la puerta del baño de omegas con un estruendo que hizo temblar hasta los espejos.
-¡NICOLÁS! -bramó leo, con la voz quebrada por la agitación. Un golpe seco, el sonido de unas piernas chocando contra el metal de un cubículo, le indicó el lugar exacto. A medida que se acercaba, el aire se volvía denso, casi sólido, cargado con un aroma punzante y elegante a té negro con menta. Era un olor que normalmente sería relajante, pero que ahora, saturado por las feromonas, golpeaba sus sentidos con una urgencia violenta.
Al abrir la puerta, el calor lo golpeó de frente. Allí estaba nico, con la camisa del uniforme desabrochada a medias, la piel perlada de sudor y la mirada perdida por la fiebre del celo. Respiraba con dificultad, como si el oxígeno no fuera suficiente. Sin perder un segundo, leo se arrodilló a su lado, preparó el supresor y lo clavó en su muslo. Nico soltó un gruñido gutural, una mezcla de dolor y alivio inmediato, mientras sus dedos se enterraban en el brazo de leo buscando un anclaje a la realidad
-¿No podías ser un poco más delicado con esa maldita aguja? -se quejó nico entre dientes. Tenía el rostro perlado de sudor, pero ya estaba intentando abotonarse la camisa con dedos torpes. Leo soltó el aire que tenía retenido en los pulmones. El alivio me dejó casi sin fuerzas; nico era, por mucho, el más bruto y testarudo de los tres, y verlo así de vulnerable me había revuelto el estómago.
-Me asusté de muerte, idiota -respondí, tratando de que mi voz no temblara mientras guardaba el estuche del supresor-. Normalmente dante es el que carga con esto, pero hoy estaba en blanco. Yo era tu única opción, así que te aguantas el pinchazo.
Lo ayudé a ponerse de pie, sosteniéndolo por el brazo hasta que sus piernas dejaron de flaquear. Nico se arrastró hasta el lavabo y metió la cabeza bajo el grifo, empapando ese cabello naranja encendido que tanto lo caracterizaba. Verlo ahí, recuperando el aliento, me hizo pensar en nosotros: nico naranja, dante rubio y yo con mi verde menta. Éramos un desastre cromático, un trío de luces de neón en medio de un instituto que prefería los grises, pero nos encantaba ser así.
-Vámonos de aquí -dijo nico, apoyando su peso sobre mi hombro para poder caminar-. Dante debe estar a punto de cometer un crimen de odio contra nuestros compañeros con su discurso eterno sobre la "seguridad omega".
Salimos del baño, enfrentando el suplicio de bajar desde el tercer piso mientras los efectos del supresor terminaban de asentar el cuerpo de nico. Al llegar al pasillo de nuestra clase, vimos a dante. Caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado, pero en cuanto nos divisó en su campo de visión, sus ojos se iluminaron. Se lanzó sobre nosotros antes de que pudiéramos decir algo. En un segundo, el aroma a tierra mojada y cedro nos inundó los pulmones, cálido y envolvente, como un refugio tras la tormenta.
-Están bien, hijos de puta... -susurró dante, estrujándonos en un abrazo que casi nos deja sin aire.
Sonreí, sintiendo cómo la tensión abandonaba mis hombros. Nico fingía irritación mientras dante le revolvía el cabello mojado, pero no se apartó. Éramos una familia extraña, forjada desde segundo de primaria y endurecida por los golpes de la vida ahora que estábamos en nuestro segundo año de instituto. En ese abrazo, nada más importaba.
El Trío de los Inadaptados, no nos llaman así solo por los colores de nuestro cabello, aunque ese sea el blanco fácil de las críticas. Somos los "raros" porque no encajamos en el molde que la jerarquía diseñó para nosotros.
Nico o mejor conocido como Nicolás Moretti es el filo de una navaja: elegante, pero peligroso. Creció entre el olor a grasa de motor y el ruido de las llaves inglesas en el taller mecánico de su madre, una omega que le enseñó a punta de esfuerzo que la sumisión es una elección, no una biología. Su pasado tiene cicatrices; antes de que dante y yo lo rescatáramos, nico desahogaba su rabia en peleas clandestinas, usando su cuerpo como un arma para demostrar que un omega puede derribar a cualquiera. Esa etapa lo convirtió en el estratega del grupo. Es sarcástico y posee un "radar" infalible para detectar la hipocresía de la élite. Su aroma no es dulce ni empalagoso; es un olor punzante a té negro con toques de menta que te advierte que, si te acercas demasiado con malas intenciones, vas a salir cortado.
Dante Sterling, él es el caos con delantal. Su apellido huele a "dinero nuevo" así lo llaman porque la empresa de tecnología de su familia subió a la cima hace unos tres años, lo que le ha ganado el desprecio de la vieja nobleza de piedra y linaje, pero a él le importa un bledo. Mientras que sus padres son una pareja de Alfas competitivos hasta la médula esperaban un heredero que dominara los negocios o el campo de deportes, dante decidió que su lugar estaba entre fogones y especias. Es atlético, impulsivo y siente una alergia natural hacia las reglas de etiqueta. Sus padres no saben qué hacer con un hijo omega que prefiere la cocina que al bordado o a un matrimonio de conveniencia. Su aroma es una rareza en nuestra especie: huele a cedro y tierra mojada tras la tormenta. Es un aroma fresco, salvaje y profundamente libre, igual que él.