—¡Mierda, mierda, mierda! —Mi propio grito se ahogó en el eco del pasillo mientras subía las escaleras de dos en dos, a punto de romperme una pierna. Los pulmones me ardían como si hubiera tragado fuego y las piernas me pesaban como puto plomo, pero el pánico es un motor muchísimo más potente que el cansancio.
Dante me había soltado la bomba apenas un minuto antes por teléfono: Nico había entrado en celo de golpe, estaba completamente solo y se había atrincherado en el baño. Yo era el único del grupo que llevaba supresores de emergencia ese día, así que corrí como si mi puta vida dependiera de ello. Al llegar al tercer piso, empujé la puerta del baño de omegas con un estruendo que juraría que hizo temblar hasta los espejos.
—¡NIKOLÁS! —Grite con la voz rota, buscando aire de donde no había. Un golpe seco, el sonido de unas rodillas chocando contra el metal de un cubículo, me indicó el lugar exacto. A medida que me acercaba, el aire se volvía denso, casi sólido, cargado con un aroma punzante y elegante a té negro con menta. Era un olor que normalmente te relajaría, pero que ahora, saturado al máximo por las feromonas, te golpeaba los sentidos con una urgencia violenta, casi dolorosa.
Al abrir la puerta, el calor me dio de frente, como un muro. Allí estaba Nico, con la camisa del uniforme desabrochada a medias, la piel perlada de sudor y la mirada completamente perdida por la fiebre del celo. Respiraba fatal, a bocanadas, como si el oxígeno del baño no fuera suficiente para sus pulmones. Sin perder un segundo, me arrodillé a su lado, preparé el supresor con las manos temblorosas y se lo clavé directo en el muslo. Nico soltó un gruñido gutural una mezcla de dolor puro y alivio inmediato mientras sus dedos se enterraban en mi brazo, buscando un anclaje para no volverse loco.
—¿No podías ser un poco más delicado con la maldita aguja, pedazo de animal? —se quejó entre dientes, apretando la mandíbula.
Tenía la cara empapada en sudor, pero el muy testarudo ya estaba intentando abotonarse la camisa con los dedos todos torpes y temblorosos. Yo solté por fin todo el aire que tenía retenido en los pulmones. El bajón de adrenalina me dejó casi sin fuerzas; Nico era, por mucho, el más bruto y terco de los tres, y verlo así de vulnerable me había revuelto el estómago por completo.
—Me asusté de muerte, idiota —le respondí, tratando de que no me temblara la voz mientras guardaba el estuche del supresor—. Normalmente Dante es el que carga con esto, pero hoy venía en blanco. Yo era tu única opción, así que te aguantas el pinchazo y no me jodas.
Lo ayudé a ponerse de pie, sosteniéndolo por el brazo hasta que sus piernas dejaron de flaquear. Nico se arrastró hasta el lavabo y metió la cabeza directo bajo el grifo, empapando ese cabello naranja encendido que tanto lo caracterizaba. Verlo ahí, recuperando el aliento, me hizo pensar en nosotros: Nico naranja, Dante rubio y yo con mi verde menta. Éramos un maldito desastre cromático, un trío de luces de neón en medio de un instituto que prefería los grises, pero nos encantaba ser así.
—Vámonos de aquí —dijo Nico, apoyando su peso sobre mi hombro para poder caminar—. Dante debe estar a punto de cometer un crimen de odio contra nuestros compañeros con su discurso eterno sobre la "seguridad omega".
Salimos del baño, enfrentando el suplicio de bajar desde el tercer piso mientras los efectos del supresor terminaban de asentar el cuerpo de Nico. Al llegar al pasillo de nuestra clase, vimos a Dante. Caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado, pero en cuanto nos divisó, sus ojos se iluminaron. Se lanzó sobre nosotros antes de que pudiéramos abrir la boca. En un segundo, el aroma a tierra mojada y cedro nos inundó los pulmones, cálido y envolvente, como un refugio tras la tormenta.
—Están bien, hijos de puta... —susurró Dante, estrujándonos en un abrazo que casi nos deja sin aire otra vez.
Sonreí, sintiendo cómo toda la tensión abandonaba mis hombros. Nico fingía irritación mientras Dante le revolvía el cabello mojado, pero la verdad es que no se apartó ni un milímetro. Éramos una familia extraña, forjada desde segundo de primaria y endurecida por los golpes de la vida ahora que estábamos en nuestro segundo año de instituto. En ese abrazo, nada más importaba.
Nos llaman "El Trío de los Inadaptados", y no solo por los colores de nuestro cabello, aunque ese sea el blanco fácil de las críticas de los profesores y los idiotas de turno. Somos los "raros" porque no encajamos ni a palos en el molde que la jerarquía diseñó para nosotros. Nico o mejor conocido en los registros como Nikolás Moretti es el filo de una navaja: elegante, pero peligroso.
Creció entre el olor a grasa de motor y el ruido de las llaves inglesas en el taller mecánico de su madre, una omega que le enseñó a punta de esfuerzo que la sumisión es una elección, no una biología. Su pasado tiene cicatrices pesadas; antes de que Dante y yo lo rescatáramos, Nico desahogaba toda su rabia en peleas clandestinas, usando su cuerpo como un arma para demostrar que un omega puede derribar a cualquiera. Esa etapa lo convirtió en el estratega del grupo. Es sarcástico a más no poder y posee un "radar" infalible para detectar la hipocresía de la élite. Su aroma no es dulce ni empalagoso; es un olor punzante a té negro con toques de menta que te advierte que, si te acercas demasiado con malas intenciones, vas a salir cortado.
Luego está Dante Sterling, que básicamente es el caos con delantal. Su apellido huele a "dinero nuevo"; así lo llaman despectivamente porque la empresa de tecnología de su familia subió a la cima hace apenas tres años, lo que le ha ganado el odio de la vieja nobleza de piedra y linaje. Pero a él le importa una mierda. Mientras que sus padres una pareja de Alfas competitivos hasta la médula esperaban un heredero que dominara los negocios o el campo de deportes, Dante decidió que su lugar estaba entre fogones y especias. Es súper atlético, impulsivo y siente una alergia natural hacia las reglas de etiqueta. Sus padres no saben qué mierda hacer con un hijo omega que prefiere la cocina antes que el bordado o un matrimonio de conveniencia. Su aroma es una rareza en nuestra especie: huele a cedro y tierra mojada tras la tormenta. Es un aroma fresco, salvaje y profundamente libre, igualito que él.