Aromas en el equipaje

2- Segundo Capítulo

Los días se me estaban escapando entre los dedos a una velocidad que daba un miedo tremendo. De golpe, el contador llegó a cero: solo me quedaba un día en el instituto, un día más en esta ciudad. El fin de una era, literal.

La mañana del viernes arrancó siendo un caos total. Se escuchaba el eco de pasos apurados por toda la casa y ese ruido insoportable de la cinta adhesiva pelándose a lo bestia. Nico y Dante cayeron en mi casa tempranísimo, mentalizados en ayudarnos a meter nuestra vida entera en cajas de cartón. A mi padre se le veía radiante; que aparecieran manos extras no solo le aliviaba la paliza física, sino también esa tensión silenciosa y medio deprimente que siempre flota en las mudanzas. Dante, que tiene una paciencia infinita que yo jamás tendré, ayudaba a mi papá a clasificar los libros en cajas pequeñas para que después no pesaran una tonelada. Mientras tanto, Nico, marcador en mano, tuneaba los laterales con carteles detallados y flechas gigantes para asegurarse de que nada terminara perdido en el desastre del viaje.

Después de un par de horas de puro sudar la camiseta y cargar bultos como si fuéramos mulas, el cansancio nos pasó factura. Nos tiramos literal en el piso del salón, esquivando torres de cartón. Teníamos una sed tremenda y solo buscábamos cinco minutos de paz antes de colapsar.

-Oye, Leo... ¿cómo es tu mamá? -soltó Nico de la nada. Rompió el silencio mientas se acomodaba en el único sofá libre y se secaba el sudor de la frente con la manga de la remera.

Me quedé un momento colgado, recalculando, hurgando en los rincones más profundos de mi memoria porque hacía mil años que no la veía.

-Mmm, me acuerdo de que no era muy alta -empecé a decir, clavando la mirada en un punto fijo de la pared desnuda, que ahora se veía rarísima sin los cuadros-. Tenía mi mismo tono de piel, pero el pelo muy negro, lacio y larguísimo. Y era... no sé, súper cariñosa. Siempre olía rico, como a limpio.

Nico me escuchaba con una atención casi solemne, procesando cada palabra como si estuviera armando un rompecabezas mental. Pero claro, la paz no podía durar tanto.

-¿Andá? ¿Y por qué carajos se vinieron para acá si eran tan felices allá? -soltó Dante, haciendo presencia total y absoluta falta de filtro. Es un bocón, no lo puede evitar.

Al toque, Nico le clavó una mirada fulminante, cargada de puro odio, recriminándole en silencio haber tocado un cable de alta tensión. Dante se encogió de hombros, dándose cuenta tres pueblos más tarde de su metida de pata.

-Está bien, Nico, no pasa nada -dije, esbozando una sonrisa de medio lado para calmar las aguas-. Nos vinimos porque a mi papá le ofrecieron un laburo espectacular acá, pero mi mamá se plantó en seco; se negó rotundamente a dejar su tierra natal. Eso desató una tormenta de las feas entre ellos. Tuvieron una batalla legal bastante dura por mi custodia; al final, papá la ganó y nos mudamos, dejándola a ella atrás. Fue un bajón, pero bueno.

El ambiente se suavizó un poco, aunque quedó ese aire denso de cuando se habla de cosas serias. Justo en ese microsegundo, mi papá apareció en el umbral del salón cargando una bandeja con sándwiches recién hechos. Nos miró a los tres, nos regaló una sonrisa de esas que te abrazan el alma y, sin decir una palabra, volvió a subir las escaleras para pelearse con las últimas maletas. Dante y Nico se giraron hacia mí al mismo tiempo, con los ojos como platos, viendo la montaña de comida.

-Él está muchísimo más emocionado que yo, se los juro -admití, agarrando el primer sándwich-. Va a volver a ver a mamá después de quince años. Está eufórico, aunque intente hacerse el rudo y disimularlo frente a mí.

Los chicos me imitaron y empezaron a devorar la comida como si no hubieran comido en una semana, contemplando el espacio que nos rodeaba. La casa estaba prácticamente desnuda, reducida a cuatro paredes con eco. Solo quedaban fuera un par de mudas de ropa que usaría al día siguiente en mi despedida del colegio. El plan ya estaba cerrado y no había marcha atrás: nos iríamos el sábado bien temprano para llegar por la tarde a la casa de mamá. Una vez ahí, mi prioridad sería inscribirme en el nuevo instituto y, lo más importante, acompañarla al hospital para unos exámenes médicos que tenía pendientes y que me tenían un poco preocupado.

-Bueno, Leo, nosotros nos tenemos que tomar el camino ya. Mis viejos me van a declarar la guerra si llego más tarde -anunció Nico, parándose del sofá y sacudiéndose las migas de los sándwiches. Se acercó y me plantó un abrazo de esos de oso que te desarman, transmitiéndome un apoyo incondicional.

-Y-yo... te acompaño. Ya está oscureciendo y la calle se puede poner turbia a esta hora -exclamó Dante, saltando de su sitio, todo exagerado como siempre. Se unió al abrazo, envolviéndose a los dos con sus brazos larguísimos de basquetbolista.

Me reí entre ellos, casi sin poder respirar. Amaba lo protectores y densos que eran conmigo; siempre habían sido así. A veces pensaba que nuestra dinámica funcionaba tan bien porque Nico era el menor del grupo y Dante, al ser hijo único, volcaba todo su instinto de hermano mayor con nosotros.

-Ya, vayan con cuidado, par de locos. Nos vemos mañana en el infierno -les dije, devolviéndoles el apretón con fuerza.

Los acompañé hasta la entrada. Me quedé apoyado en el marco de la puerta, mirándolos caminar bajo la luz parpadeante de las farolas y empujarse como idiotas, hasta que sus siluetas se disolvieron en la oscuridad de la calle. Al cerrar, me di la vuelta y encontré a mi papá observándome desde la mitad de la escalera. Bajó los pasos que le quedaban y me tendió los brazos, dándome un abrazo firme, de esos que intentan pegarte las partes rotas.



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En el texto hay: fantasia, instituto, omegaverse

Editado: 07.06.2026

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