Me recosté en mi cama.
Sabía que esa noche todo terminaría.
Descubriría la verdad del rey
y de la copa rebosante.
En la oscuridad de mi habitación,
mi mente se vuelve más débil
y empieza a contar lo sucedido.
Le dije:
—Déjame entrar al castillo.
Se negó.
—¿Qué ocultas? —pregunté.
Respondió:
—Mi Vera, no puedo decírtelo.
—Por favor, entiende… lo hago para protegerte.
—Una vez que entres, no podré salvarte.
Le respondí:
—Yo creé el castillo.
—Yo elijo cuándo entrar.
Y entré a la fuerza.
Me encontré de pie
en el jardín del castillo.
Pero mi mente se negó a dejarme continuar
y volví a mi cuarto.
Entré nuevamente.
Corrí hacia la puerta del castillo.
Pero mi mente me tomó del brazo
y otra vez me obligó a salir.
Aun así, ella era débil por las noches,
cuando me recostaba en mi habitación.
Cansada, me dijo:
—Si cruzas esa puerta,
nadie podrá ayudarte.
Me encontré otra vez
en el jardín del castillo
Esta vez,
mi mente ya no pudo intervenir.
Comencé a caminar hacia la puerta.
A cada paso,
mi cuerpo temblaba más.
Él sabía
que pronto descubriríamos la verdad.
No podía juzgarlo.
Yo también tenía miedo.
Vi a los ángeles del jardín
volar por todo el lugar.
Les pedí ayuda.
Les rogué
que no me dejaran sola con el dragón.
Le temía.
Ellas me siguieron.
Y crucé la puerta.