Mayo 18, 2016
LUIS ÁNGEL POV:
Honestamente, si hubiera sabido que este día cambiaría mi vida para siempre, igual habría salido de la cama, pero con los ojos bien abiertos.
Amaneció como cualquier otra día en mi vida. El sol brillaba como nunca lo había hecho. Los pájaros, que reposaban sobre las ramas de los árboles cerca de mi ventana, cantaban melodiosamente y la brisa fresca de la mañana inundaba mi habitación.
El buen tiempo que hacía afuera me ayudó a levantarme de muy buen humor. A diferencia de otros días, en los cuales me daba pereza separarme de mis abrigadoras mantas, hoy lo hice sin problemas. Desperté con más energía que nunca, y eso que aún no tomaba mi matutina taza de café con 3 cucharaditas de azúcar.
Mi madre entró a mi cuarto para levantarme, creyó que aún seguía durmiendo, pero en cuanto vio que estaba equivocada abrió los ojos de sorpresa.
—¿No volviste a dormir anoche?
—Sí lo hice —asentí con la cabeza repetidamente—. Me levanté temprano hoy, eso es todo.
—Eso espero, jovencito —dijo seriamente—. Ya sabes que el doctor te recomendó dormir por lo menos 8 horas al...
—Día. Sí mamá. Yo también estaba ahí cuando el doctor lo dijo —la corté para ahorrarme el sermón del doctor y sus benditas 8 horas de sueños.
—Está bien. Haré como que te creo —sentenció dudosa—. Y ya que estás de buen humor, lleva a Gianfranco a su nido. Yo ya debo irme, sino los descoordinados de mis empleados no trabajarán a mi ritmo.
Asentí mientras me ponía de pie para cambiarme.
—Por cierto, el desayuno ya está listo —agregó—. Come todo, por favor. No te vayas sin desayunar, Luis Ángel.
Bufé ante sus advertencias, pero al final asentí. Se despidió con un beso en la frente, no sin antes volverme a recordar que desayune.
Contrario al resto de días en los que me salto el desayuno, porque no tengo apetito, esta vez comí todo. Mis dos hermanos se vieron sorprendidos al verme desayunar con ellos esta mañana.
Luego de comer, me di una enjuagada rápida del cabello y las axilas, me puse el uniforme y salí con mi hermano menor para dejarlo en su nido. Después caminé hacia mi escuela, la cual quedaba muy cerca.
Al llegar a la puerta, me encontré con una chica alta y esbelta. Llevaba su cabello cobrizo amarrado en una cola alta y limpiaba sus lentes con un pañito.
—Luis Ángel —me saludó Fernanda con un beso en ambas mejillas.
—Hola, bebé.
—¿Terminaste el trabajo de historia?
—Sí, por suerte. Me demoré toda la noche.
—Yo también me demoré mucho —me contestó señalando sus notables ojeras de oso de panda—. La profesora sí que está loca. ¿Cómo se le ocurre mandarnos a hacer una larga línea de tiempo sobre cada acontecimiento de la Guerra Fría?
—Pienso exactamente lo mismo. Esta vez se excedió.
El timbre que anunciaba el inicio de clases nos sacó de nuestra conversación.
Al llegar a nuestro salón, todo el mundo estaba conversando sobre la famosa tarea de historia. Pamela y Danna, mis otras amigas, se me acercaron para pedirme que las ayude a terminar sus líneas de tiempo. Por supuesto que no me negué, me encantaba ayudar a las personas. Eso de alguna forma aumentaba mi ego. Sonó un poco narcisista, lo sé. Soy así, ¿qué puedo hacer?
—Buenos días, estudiantes —entró en escena la profesora de historia—. Les voy a agradecer que, por favor, coloquen sus trabajos en mi escritorio inmediatamente.
Todos pusieron sus respectivas líneas sobre el escritorio. Casi nadie se podía dar el lujo de no hacer una tarea en historia, ya que era uno de los cursos más difíciles de aprobar. Tienes que aprenderte muchos acontecimientos, sus respectivas causas y consecuencias. Pero no había tarea más difícil que aprenderse todas las fechas.
Luego de entregar la tarea, la profesora comenzó a explicar las consecuencias que trajo consigo la Guerra Fría. Hablaba y hablaba y no paraba de hablar. Algunos de mi clase, por no decir todos, se echaron sobre sus carpetas a dormir. Historia les parecía demasiado aburrida. Y no los culpo.
Yo, por otra parte, trataba de prestarle atención a lo que explicaba la profesora, pero más interesante estaba mi lápiz. Como la carpeta estaba levemente inclinada, ponía el lápiz en la cima de la pendiente y lo dejaba rodar hasta mi mano. Repetía la acción una y otra vez para pasar el rato.
Si hubiera sido la clase de física, claramente esto no contaría como distracción, sino como la observación de un problema científico: ¿cómo ganarle a la gravedad? Sería muy interesante si alguien pudiera controlar el movimiento de las cosas a su voluntad. Traer y tirar objetos sin tocarlos. Y aunque es muy improbables, sería demasiado alucinante.
Estaba tan distraído con el lápiz que no me percaté que Danna había dejado su botella de vidrio a mi lado. Y por tratar de evitar que el lápiz cayera en otro sitio que no fuera mi mano, empujé la botella con el brazo haciendo que esta se tambaleé y se caiga de mi carpeta.
Cerré mis ojos y esperé a que la botella se rompiera en el suelo en mil pedazos y que hiciera un gran ruido. Por un microsegundo, deseé que la botella aterrizara delicadamente sobre el suelo. Esperé uno, dos, tres, hasta cuatro segundos para escuchar el ruido del vidrio. Sin embargo, nunca se escuchó. Bajé la mirada hacia el lugar del accidente y me quedé con la boca abierta en cuanto descubrí el perfecto estado de la botella.