Mayo 19, 2016
LUIS ÁNGEL POV:
La alarma de mi celular sonó por enésima vez y yo estaba despierto desde antes. Bueno, nunca me dormí del todo.
Cada vez que cerraba los ojos, Fernanda se aparecía con un cuchillo entre las manos lista para terminar su trabajo. Perdí la cuenta de cuantas veces me levanté, pero sé que desde la última vez ya no volví a cerrar el ojo.
—Luis Ángel, ya levántate para ir al… ¿No volviste a dormir? —me preguntó mi mamá. Yo negué con la cabeza—. En serio no sé qué más decirte para que me hagas caso. Amor, tienes que dormir.
—Tuve pesadillas, mamá —le respondí cansado—. Demasiadas pesadillas.
Al oírlo, se sentó a mi lado y me acarició la cabeza.
—¿Qué soñaste?
No sabía si decirle la verdad con lujo de detalles o no. ¿Me creería? Yo no lo hago del todo.
—Soñé que intentaban matarme —respondí con la verdad.
—¿Quién?, ¿viste la cara?
—No —sí mentí.
—¿Lograron matarte? —sí, varias veces.
—No, fallaron.
—Es algo bueno que no lo hayan conseguido. Sé que cuando en cualquier pesadilla sales victorioso de cualquier maldad que te estén haciendo significa que en el mundo real podrás superar los problemas con éxito, hijo.
—¿Estás segura? —le pregunté dudoso.
—Por supuesto que sí —me respondió intensificando las caricias—. Eres mi hijo y siempre saldrás bien parado de todo. Confía en ti y rézale al señor para que te ayude, ¿sí?
Asentí ante sus palabras de consuelo.
—Gracias, mamá —ella se despidió de mí con un dulce beso en la frente y luego se fue.
De verdad espero salir bien parado e ileso de todo.
Bajé a la cocina a servirme una taza de café para poder despertarme. Mi papá apareció con la lonchera de mis hermanos, les dio una caja de jugo y unos pastelitos de vainilla.
—Toma, te compré una botella de jugo de naranja —me dijo extendiéndome una botella de vidrio, la cual tomé con extremo cuidado para luego alejarla de mí.
—Por cierto, Luis Ángel. Dejaste tu mochila tirada en la puerta. Casi me tropiezo con ella, niño —soltó mi mamá mientras me alcanzaba la mochila.
—Gracias —solté mientras me debatía en si tomarla o no. Mi mamá me observó impaciente esperando que le quitara ese peso de la mano, pero no contaba con que al recibirla yo cargaría con el peso demoledor de los incidentes de ayer.
Tomé aire e intentando quitarle importancia a un simple acto como recibir una mochila la tomé con la mano y como si cogiera excremento la arrojé a la silla.
Subí a cambiarme para salir al colegio. A penas cerré la puerta tras de mí sentí el ambiente cargado, pese a que estaba en la calle. Durante el trayecto no pude sentir ningún segundo de tranquilidad, siempre miraba por las esquinas o los callejones para ver que no hubiera nadie. Y a pesar de que había mujeres y niños caminando en la misma dirección que yo para el colegio, no sentía que estuviera a salvo. Por el contrario, cada maldito segundo se sentía como una pasarela en donde yo era el modelo que se ganaba la mirada de todos, solo que no era un modelo, sino la presa del momento.
Llegué a la puerta del colegio en donde por breves segundos pude respirar aliviado. Hasta que ella apareció por detrás.
—Hola, ¿cómo estás? —preguntó. Pegué un brinco cuando la oí con un tono tan suave y delicado como si nada hubiera ocurrido ayer.
No le respondí. Tomé aire y caminé a prisa al interior de la escuela. No estaba listo para verla tan rápido, sabiendo que esto iba a pasar.
Llegué al salón y me senté junto a Danna. Me preguntó si estaba bien, pues tenía la cara de haber visto a un fantasma. Le respondí que sí, que estaba bien. Me miró frunciendo la cara, como si no me creyera, pero no volvió a insistir, cosa que agradecí.
Durante el resto de la mañana, Fernanda se desgastaba intentando hacer contacto visual conmigo, pero yo no podía verla a la cara y pretender que todo seguía igual.
Por momentos Danna con sus ocurrencias me hacía olvidar los extraños acontecimientos de ayer, pero bastaba con oír la voz de Fernanda como para volver a rememorarlos en mi mente.
No aguantaba más esa sensación de presión en mi pecho, así que en medio de la clase me fui al baño para mojarme la cara y encontrar algo de alivio. Mi reflejo en el espejo mostraba a un adolescente con los ojos hinchados y la cara de haber pasado una mala noche. Ni el frio del agua ayudaba a desinflarme el rostro.
—Estoy bien, nada me pasa. Estoy bien y nada me pasa.
Me repetía una y otra vez para calmarme.
En la hora del receso, con las chicas estuvimos en la cafetería comiendo un snack, bueno solo ellas, yo no tenía apetito.
—Oye, ¿de verdad te encuentras bien? —soltó Pamela
—Ah, ¿qué dijiste? —le pregunté un poco perdido.
—Lo ves, no estás prestándonos atención. Y hoy estás más callado que de costumbre. ¿Te sientes mal?