Mayo 23, 2016
LUIS ÁNGEL POV:
—¿Crees que venga cojeando?
—Por enésima vez, Pamela, que no fue grave el accidente. Así que no, no vendrá cojeando —le repetí a regañadientes a mi amiga.
—Peor quien sabe, quizás los traumatismos recién tengan consecuencias ahora.
—Los doctores le dijeron a su mamá que solo fueron raspones y cortadas, no hay nada más grave —le contestó esta vez Danna.
—Pero y si… —volvió a hablar.
—Ya basta —la cortamos los dos.
—Ay, ya una no puede dar su opinión de nada —se quejó la rubia—. Miren, ahí viene. Y no cojea.
Fernanda caminaba como si nada le hubiera pasado. Bueno caminaba escoltada de media escuela. Todos estaban muy al pendientes de su salud física. De eso y de su número de celular para salir con ella.
—Chicos, basta. Ya les dije que estoy bien —aclaró para deshacerse de su harén de hombres.
—A mí también debería caerme una estatua del cielo para conseguir la atención que tienes —bromeó Danna ganándose un golpecito por parte de Fernanda.
—Si quieres puedo arrojarte uno ahora mismo —le contestó ella—. «Luis Ángel y yo sabemos que puedo hacerlo» —soltó para mí guiándome un ojo.
—Dejemos las amenazas para después del receso, ¿sí? —caminé hacia ella y la envolví con mis brazos con fuerza—. ¿Cómo te encuentras?
—De maravilla. Estoy como siempre.
—Regia, diva, empoderada —soltó Danna.
—Todo eso y más —le respondió con una sonrisita—. ¿Podemos hablar tú y yo? —me preguntó. Asentí y nos alejamos de las chicas, quienes caminaron hacia el salón—. Ahora sí, ¿cómo has estado tú? Y dime la verdad.
—Sobrellevando el hecho de que soy un fenómeno más y que… te mereces una disculpa de mi parte.
—Oh, ¿y eso por qué? —la miré arqueando la ceja, pues era más que obvio porqué las disculpas—. Ya lo sé. En serio, no tienes de qué disculparte. Yo tuve la mayor parte de la culpa.
—No, claro que no.
—Sí, claro que sí. Fue muy abrupto revelarte mis poderes y quería que lo aceptaras con facilidad, cuando en realidad es un proceso. No debí ser tan insistente contigo. Debí darte tu espacio para que lo procesaras.
—En parte sí. Pero ya sabes lo que dicen: no puedes hacer un omelette sin antes romper un huevo.
—Me alegra que tu sentido del humor haya regresado. No te soportaba tan distante y apagado.
—Era por el miedo. Miedo a lo nuevo, a lo desconocido.
—Ya no tienes que sentir más miedo. Estoy aquí, contigo. Te ayudaré en todo lo que pueda.
Ambos nos regalamos una sonrisa cálida y una mirada cómplice y con esa esa promesa nos fuimos al salón.
El resto del día pasó con normalidad. Ya para la salida, Fernanda me apartó del grupo y me llevó con ella a un sitio escondido debajo de unas escaleras.
—¿Aquí es en donde quieres hablar? —pregunté juzgando con la cara el lugar.
Ella movió la cabeza negándolo. Se acercó a mí extendiéndome su mano.
—Sujétate de mí—ordenó. La cogí de la mano—. Y por lo que más quieras no te vayas a soltar o sino...
—¿O sino qué? —pregunté desconfiando.
—No querrás descubrirlo —trague saliva al escucharla—. ¿Listo?
Respiré profundamente para prepararme para lo que viniera y a continuación todo a nuestro alrededor se esfumó. Sentí un gran vacío en mi estómago y mi corazón dejando de latir por un segundo. Mis ojos me pesaban tanto que los cerré.
Mis extremidades perdían fuerza y sentí mi cuerpo desplomarse hasta que ya no recordé más. ¿Me había desmayado?
Abrí los ojos abruptamente. Mi cabeza me dolía como nunca en mi vida. No recuerdo con exactitud qué había sucedido.
Al levantar un poco la mirada, noté que estaba echado sobre una cama. Me levanté lentamente, pues todo me daba vueltas. Me sentía tan fatal que cuando traté de pararme caí al suelo. Mi cabeza se llevó la peor parte.
—¡Mierda! —solté un fuerte quejido.
—¿Estás bien? —me preguntó acercándose a mí.
—Creo que sí —contesté llevándome una mano a la cabeza. Fernanda me ayudó a reincorporarme y me sentó en la cama.
—Es común el mareo las primeras veces que te teletransportas, pero cuando empiezas a hacerlo seguido ya no duele como antes. Te acostumbras a la sensación de ir y de venir.
—¿Dijiste teletransportarte? —preguntaba incrédulo.
—Sí, eso fue lo que dije —respondió como si fuera algo normal. Esto está de locos.
—Pero cómo es que…
—Ahora es cuando te pido que mantengas la mente abierta. ¿De acuerdo? Solo recibe la información y no luches buscándole sentido ahora, que te juro que no lo tendrá hasta que lo vivas por ti mismo.
Asentí ante sus advertencias. Sonaba un poco entrecortada y cada palabra que decía lo hacía con lentitud, como si midiera lo que sale de su boca para no decir algo que pudiera asustarme aún más.