Artes Prohibidas 1: El Despertar

Capítulo 6. Ahora somos tres

Mayo 30, 2016

LUIS ANGEL POV:

Todos los días después de clases, Fernanda y yo nos refugiamos en el bosque para continuar con mi entrenamiento. Fernanda como buena instructora y yo como un mediocre alumno.

Si bien había mejorado considerablemente con el pasar del tiempo, pues ya movía los objeto con mayor holgura y sin temblar tanto como las primeras veces, lo cierto es que me faltaba un largo trecho por recorrer.

Después de cada mini entrenamiento terminaba sudando y tirado en el suelo. No pensé que aprender a controlar tu magia podía ser tan agotador como las clases de deportes.

Fernanda me explicó que entrenar tu dominio con la magia era como entrenar un músculo del cuerpo, a mayor presión, mayor desarrollo, pero también mayor desgaste. La magia no era ilimitada, pues siempre llega un punto en la que te quedas sin energía.

Así como teletransportarte te causa mareos por el cambio repentino de presión, mover los objetos con la mente también drena tu energía vital. Y eso que Fernanda me recalcó que la telequinesis y la teletransportación son sacramentos básicos y que los más difíciles tenían otras consecuencias en tu cuerpo.

Después de las lecciones de hoy, llegué más temprano a casa que el resto de días. Mis padres aún no llegaban y mis hermanos, quienes ya habían almorzado, estaban haciendo sus tareas.

Tomé asiento en la mesa y, literalmente, devoré todo el plato de comida. Estaba muy hambriento. Si voy a usar tanto mis poderes creo que necesito nutrirme mejor.

Antes de dormir, me fui a bañarme. Me miré al espejo y noté que mi figura había cambiado un poco desde la última vez en que me aprecié con detenimiento: había crecido ligeramente, también para el 1.70 cm que medía, cualquier ganancia de aunque sea unos milímetros me hacía sentir más alto. Tampoco estaba tan hinchado en la parte del abdomen y mis brazos aumentaron ligeramente su circunferencia, pero solo un poco.

Lo que seguí inmutable era el color oscuro de mi cabello, el cual siempre me gustaba llevarlo corto. Mis ojos café también mantenían su color. Lo que sí quería que cambie era la forma curvada de mi nariz, que pese a que no era fea, lo cierto es que podía estar mejor.

Pero fuera de eso y en resumidas cuentas, estaba hecho todo un bombón y no sabía cómo rayos había pasado eso.

—Okey, señor narcisista, a bañarse —me dije a mí mismo mientras me obsequiaba una galante sonrisa.

Giré la perilla de la ducha usando mis poderes telequinéticos, dejé que la toalla que llevaba se deslizara por mi cintura y entré en la ducha a darme un buen baño.

Terminé de ducharme y cuando ya estaba cambiándome recibí una llamada de Fernanda.

—Aló.

—Hay una emergencia. Necesito que vengas conmigo —soltó alterada—. Te veré en la puerta de tu casa.

Y luego de eso colgó.

Me terminé de vestir y salí discretamente de casa cuidando de que nadie se percatara de mí. Fernanda estaba delante de mí.

—¿Qué es lo que pasa? —le pregunté alarmado. Ella se veía sumamente preocupada. Respiraba de forma irregular y sus pupilas se veían dilatadas.

—Sujétate —ordenó.

Aparecimos en un callejón estrecho y oscuro. Por la forma de las casas y los edificios concluí que estábamos en el barrio chino de la ciudad.

—¿Qué rayos hacemos aquí?, ¿qué es lo que...? —tapó mi boca con su mano y luego nos teletransportó al tejado de una casa.

—«Mira allí» —señaló con su dedo hacia una escena desgarradora que tenía lugar en la calle.

A unos metros lejos de nosotros había una mujer tirada en el piso sobre un charco de sangre.

—Pero que…

En la escena entraron dos hombres encapuchados y con total descaro empezaron a apuñalarla repetidas veces con largos y afilados cuchillos. La sangre salpicó las paredes contiguas del lugar.

—¡Hey, idiotas! —grité desde lo alto ante los ojos bien abiertos de Fernanda. Al principio tenía miedo al ver cómo la estaban matando, pero luego la rabia de estar aquí sin hacer nada me sacudió por completo.

Capté la atención de esos desgraciados, quienes comenzaron a dispararnos.

—¡Mierda! —me agaché para evitar que una bala me diera en el cuerpo.

Fernanda me sujetó del polo y nos teletransportó a la torre del reloj

—¡¿En qué estabas pensando?!, ¡pudieron habernos matado! —reclamó alzando las voz y alzando los puños hasta la altura de su rostro.

—La estaban matando, teníamos que hacer algo.

—Ya estaba muerta.

Tomé asiento en el primer mueble que vi para procesar todo a la velocidad de la luz.

—¿Por qué me mostraste eso?, ¿quiénes eran ellos y por qué lo hicieron?

—Ella era uno de nosotros —confesó.

—¡¿Qué?!

—La mataron porque era uno de nosotros. Era una bruja. Se llamaba Paula. La conocí hace semanas en un concierto —contó con la voz entrecortada—. Descubrió mis poderes por accidente, no obstante, ella me mostró los suyos —recordó mientras una lágrima amenazaba con salir de su ojo—. Una de las razones por las cuales estamos desapareciendo es porque personas como esos tipos cazan a las brujas y hechiceros.




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