Junio 06, 2016
LUIS ÁNGEL POV:
Eran más de las 8:30 pm y Mateo no llegaba a mi casa. Intenté llamarlo para preguntarle si ya había salido de su casa, si había tenido algún percance o por último si ya no quería venir.
No solo lo llamé una ni dos veces, sino diez veces. El maldito nunca me contestó. Eso me fastidió demasiado y la verdad era que no sabía el porqué.
¡Dios! Estoy armando un escándalo solo porque él no vino. ¡¿Qué me estaba pasando?! Él no debería importarme en lo más mínimo.
—Luis Ángel —me llamó Gianfranco sacándome de mi pelea interna.
—¿Sí?, ¿qué pasó? —me arrodillé para estar a su altura.
—Mi barriguita me duele —se masajeó su estómago—. Creo que tiene hambre, ¿puedes pedir pizza?
—Sí, ahorita pido, no te preocupes —le dije revolviéndole el cabello.
—Gracias, pero dile que se apuren que tengo mucha hambre —dijo arrullando su carita de bebé.
—Ya, glotón. Ve a jugar, estará lista en un minuto.
Cogí mi celular para llamar al delivery, pero pensé para qué llamarlos y esperar que te lo traigan en treinta minutos si puedes ir por ella con tan solo pensarlo.
Intenté recordar aquella pizzería a la que mis tíos me obligaron a ir, pues no me gusta la pizza. Fernanda me había dicho que solo podemos teletransportarnos a los lugares en los que ya habíamos estado, por lo que solo podía ir a ese lugar por pizzas.
¡Poof! Aparecí en el baño de aquella pizzería. Fui al mostrador en donde me atendió una chica. Le pedí una pizza americana familiar con bebidas incluidas para llevar, pagué y tan solo esperé quince minutos para que me las entregaran. Le agradecí por todo y me dirigí nuevamente al baño. Dentro del cubículo del baño me teletransporté a casa.
—¡Chicos! La pizza ya llegó.
Luego de la cena ordené la mesa y la cocina y luego boté la basura al mismo tiempo en que maldecía a Mateo.
—Cuando te vea mañana me las vas a pagar muy caro.
Me sentía como si mis padres no hubieran ido a mi fiesta de cumpleaños. ¿Era decepción?
Junio 07, 2016
Llegué al colegio y desde lo lejos divisé la esbelta figura de Fernanda rodeada por los chicos del equipo de fútbol. Ian Vargas también estaba ahí, pero ella no le prestaba la más mínima atención.
Tan pronto entré a la escuela, sentí que por mi lado pasó otra vez esa gran energía como la que había sentido ayer, con la única diferencia de que hoy estaba más potente.
Era la misma chica de pelo negro y puntas onduladas de ayer, quien corría muy apresurada a la escuela. No perdí más tiempo y le seguí el paso hasta que se metió en el baño de mujeres.
Esperé por un rato en la puerta, pero la impaciencia podía conmigo. Recordé que ninguna chica entraba a este baño, porque no era el más higiénico de la escuela, por lo que ingresé muy sigiloso y sin hacer ruido.
La chica estaba en frente del espejo, lucía muy cansada, como si no hubiera dormido bien. Su cartera, tirada a un lado, estaba abierta dejando escapar un gran libro de tapa roja, en cuya portada había un raro signo que no pude reconocer, pero que era muy llamativo: era de color dorado, de forma triangular y debajo de este había unas palabras.
Mi atención por ese libro se fue a la basura en cuanto vi que ella lo hizo levitar hasta sus manos.
¡Oh, Dios! Ella también era una bruja.
Una mano me cubrió la boca y me sacó del lugar. De seguro algún profesor me habría visto entrar y ahora estaría en graves problemas.
Me giré y vi que era el estúpido de Mateo, quien me veía frunciendo el ceño y con los brazos cruzados.
—¡¿Qué hacías en el baño de mujeres espiando a mi hermana?! —me quedé con la boca abierta. Esa chica es su hermana.
—¿De qué chica me hablas? —me hice el desentendido.
—Estabas en el baño de mujeres espiando a mi hermana, ¿por qué? —me volvió a decir apretando mis brazos fuertemente.
—¡Auch! —me quejé—. No estaba espiando a nadie —respondí zafándome de su agarré. Sin que se diera cuenta me alcancé una tarjeta de identificación que estaba dentro de mi mochila—. Esto se me había caído ahí adentro —dije señalando la tarjeta que llevaba en la mano—. Y cuando fui a recogerla me di cuenta de que el baño no estaba vacío.
—¿Me crees estúpido?
—Bastante, sí —respondí—. Además, el que debería estar enojado debería ser yo, no tú.
—¿Ahora de qué hablas? —¡Ay Dios! ¿Por qué esto tenía que molestarme?
—¿Qué ya no te acuerdas? —él negó—. Quedamos en vernos en mi casa y tú… —presioné mi dedo en su pecho— nunca viniste.
—Ah, ¿te refieres a lo de ayer? —asentí enojado—. Surgió un problema en casa con mi hermana, así que no pude ir a la tuya. Y como no tengo tu número, me fue imposible avisarte.
—Oh, con que eso era.
—Sí, eso era —repitió apoyando sus manos en su cintura.