Artes Prohibidas 1: El Despertar

Capítulo 14. Tú eres lo que me pasa

Julio 11, 2016

LUIS ÁNGEL POV:

El clima apagado de afuera daba señales del inicio del invierno: el cielo estaba nublado, había poca luz y ni que decir de las corrientes heladas de viento.

Me levanté de la cama y fui directo a lavarme el rostro para poder despertar: esa era la única forma de no volver a pegarme a mis cálidas mantas. Justo en esta temporada mi cama se convertía en mi ataúd en donde encontraba paz.

Me cambié y salí de casa raudo a la escuela. Al llegar al salón, observé que todos estaban estudiando para el examen de Historia, algunos solos y otros en grupo. Me senté al costado de Fernanda y junto con Danna y Pamela comenzamos a repasar antes de la prueba.

Sentía la mirada constante de Mateo sobre mí. Ignoré cualquier atisbo de contacto visual con él y seguí metido en mis apuntes o prestando atención a lo que Fernanda explicaba. Sin embargo, él seguía manteniendo su mirada en mi ser.

Cuando por fin agarraba el ritmo al estudio, una sombra que se reflejó en mis apuntes dificultó mi lectura. Me giré y choqué con los ojos de Mateo, quien mantenía una sonrisa en el rostro.

—¿Se te perdió algo?

—Eso venía a preguntarte yo, ¿se te perdió algo a ti? —contestó sin quitarme la mirada de encima. ¡Agh, te odio!

—A mí, nada —respondí volviendo mi atención a mis apuntes—. A ti creo que sí, porque no dejas de mirarme —el comentario hizo que soltara una leve carcajada.

—¿Yo mirándote a ti? Estás loco —se hizo el desentendido.

—El único loco aquí eres tú —y pese a ello aún no conseguía quitármelo de encima—. ¿Qué tanto me miras? —cuestioné frustrado.

—La cosa blanca que llevas sobre tu cabeza, parece excremento de paloma —me llevé mi mano a mi cabeza para constatar, pero no sentí nada. Él soltó una carcajada. ¿Quién se creía que era?

—Sabes, no es necesario que inventes excusas infantiles para que me hables —dejó de reírse y de golpe se sentó a mi lado.

—No tengo porqué inventar nada. Si quiero algo, voy y lo tomo; si quiero hablarle a alguien, voy y le hablo; si quiero estar con alguien...

«Vas y coquetas con Willow para darle celos al que quieres» —nos dijo Fernanda telepáticamente a ambos. Mateo y yo volteamos hacia ella lanzándole cuchillos desde nuestros ojos. La chica puso los ojos en blanco y nos ignoró.

—Por lo visto sí te afectó lo de Willow —dijo en voz baja para que nadie más nos escuchara.

—Oh, sí claro, como si me importara tu vida —contesté con sarcasmos volteándole la cara, lo cual fue inútil, ya que con su mano logró que regresara la mirada hacia él.

—No te hagas el que no fuiste tú, porque sé que fuiste tú.

—No sé a qué te refieres —dije logrando que me soltara—. Según tú, ¿qué hice yo?

—Evitar que Willow me besara al arrojarle la bebida en su blusa.

—¿Eres consciente de lo que dices?

—No te hagas el que no, tú haces esas cosas, no puedes negarlo.

—Te recuerdo que no soy el único. Incluso tu hermana pudo hacerlo. No sé por qué me sindicas a mi como el autor.

—Porque ni a Fernanda, ni a Danna ni mucho menos a Daniela les importaría que Willow me bese.

«Exacto» —volvió a decirnos Fernanda.

—Deja de meterte en donde no te llaman —le recriminé—. ¿Y por qué a mí sí me tendría que importar? —le pregunté. Sus labios temblaban y su respiración se aceleraba. Hacia gestos con la boca, pero era incapaz de articular alguna palabra—. El ratón le comió la lengua al gato.

Volví a pegar la mirada en mis apuntes.

—Algo dentro de mí me dice que sí te importo —giré al escucharlo. Se acercó mucho a mí y se fue de frente a mi oreja—. Y te importo demasiado, te consta que sí.

Ahora era yo el que se había quedado mudo.

Quise contestarle, pero un nudo en la garganta me impidió hacerlo. Mateo se puso de pie y se fue a su sitio. Estaba a punto de seguirlo, pero la profesora entró al salón con los exámenes en la mano.

—¡Qué denso! —comentó Fernanda. La miré con cara de pocos amigos—. El examen, digo. Se ve muy denso —se defendió.

—Sí, se ve denso —contesté sin darle importancia.

La conversación con Mateo había quedado pendiente. Tenía que resolverse antes de que ocasione malentendidos.

Antes de dar la prueba, saqué una hoja de mi cuaderno y le escribí una nota:

Te veo en el campo de entrenamiento durante el receso. No ha terminado.

L.A.

Lo arrugué en una bola y se la tiré. Se desvió un poco, pero la redireccioné con mis poderes hacia él. Mateo extendió el papel y leyó el mensaje con detenimiento. Volteó a buscar mi mirada, pero no la encontró.

Espero estar haciendo lo correcto.

Cuando el timbre del receso sonó, me apresuré a guardar mis cosas. Mateo se acercó a mi sitio, dejó caer la misma bola de papel que le di y luego se marchó. La abrí de inmediato para leerla:




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