Julio 12, 2016
LUIS ANGEL POV:
Me levanté arrastrando los pies por el suelo. No conocía bien a Penny, pero parecía ser una niña buena. No merecía lo que le hicieron.
Por otro lado, la muerte de Willow se sentía también distinta. Ella sí se merecía lo que le hice y, sin embargo, no podía evitar sentirme como un asesino. Yo sí tenía remordimiento; jamás imaginé que tendría que matar no solo a una persona sino a dos, sin importar si era en defensa propia. Y ocultar el crimen, Dios, en qué me estoy convirtiendo.
No dejaba de darme vueltas por la mente el hecho de que Willow era hija de la familia de un cazador y que por eso sabía todo sobre. Tampoco se me escapa el hecho de que no fuese la única cazadora infiltrada en la escuela.
—¡Auch! —el dolor que tenía en la pierna producto del disparo aún seguía ahí.
Tendré que aguantarme el dolor si no quiero levantar sospechas en mis padres. No quiero que se enteren en las actividades peligrosas en la que ando.
Siempre me jacté de nunca meterme en actividades peligrosas que en estos tiempos se volvieron propias de mi edad: vandalismo, drogas. No conté con que ser un hechicero contaría como meterse en una actividad peligrosa.
Bajé a tomar desayuno con mi familiar. Mis padres nos avisaron que, con motivo de celebrar su aniversario de bodas, el próximo mes saldremos de viaje al campo y que el día estaría repleto de sorpresas.
Durante el trayecto al colegio me acompañó la sensación de que alguien me estaba siguiendo. Volteaba a cada minuto viendo cada rincón de la calle, pero no había nadie sospechoso ni fuera de lo común.
A unas cuantas cuadras de la escuela jalaron de mi brazo y me metieron con una fuerza descomunal al interior de una van, todo en pocos segundos.
—Si veo que un solo tornillo se mueve, te clavaré esto en la garganta —amenazó un hombre cuyo rostro no podía ver. Sentía el frio metal hincándome el cuello.
—¿Quién eres? —pregunté ignorando el leve dolor que provocaba el objeto.
—Vengo de parte del padre de la niña que asesinaste ayer —abrí los ojos al escucharlo—. Sí, sabemos que tú mataste a Willow.
—Suéltame, me haces daño.
—No tanto como el que tú le hiciste a ella.
—Quiso asesinarme —confesé.
—Lo hizo porque tú eres una bruja.
—¡Hechicero, completo imbécil! —le corregí alzando más. Recibí un puñetazo en el abdomen lo que provocó que todo el aire que tenía se escapara de mi cuerpo.
—Me disculpo por eso. No debí hacerlo —volvió a hincarme con el objeto afilado—. No era yo quien debía golpearte.
—¿Quién sino? —pregunté tosiendo y recuperando la respiración. El tipo se acercó a mi oreja y susurró.
—El padre de Willow —la piel se me puso de gallina, algo me decía que su padre era un hombre de mucho poder dentro de los cazadores—. Te encantará conocerlo.
Y dicho eso puso sobre mi nariz un pañuelo impregnado de un olor tan fuerte que me hizo perder poco a poco la consciencia. Lo último que escuché fue una risa estridente seguido del motor del vehículo prendiéndose.
—Sígueme —sentí un tacto frío sobre mi mano.
Alcé la mirada y me topé con unos penetrantes ojos azules como el mediterráneo, bonitos e hipnotizantes.
La mujer comenzó a jalar de mí, no me resistí. No sabía cómo explicarlo, pero su presencia me parecía familiar: no me causaba temor ni desconfianza.
Juntos atravesamos un espeso bosque, era muy diferente al que se encuentra por la escuela. Las hojas de los frondosos árboles eran verdes como el césped naciente, había animales alrededor escondiéndose entre los arbustos y pájaros revoloteando por encima de nuestras cabezas. El viento, que soplaba contra nuestras caras, agitaba el lacio cabello oscuro de aquella mujer.
Tras varios minutos de caminata, se detuvo de repente. Tropecé con una roca y caí al suelo golpeándome la barbilla. Por suerte el dolor no se expandió por el resto de mi cabeza.
Cuando alcé la mirada, en el horizonte divisé lo que parecía ser una especie de palacio, un enorme e increíble palacio. Tenía algunas torres blancas, cuyas cornisas estaban pintadas de celeste, una cúpula en el centro que parecía a la cúpula que hay en el Vaticano, pero un poco más pequeña, y un camino de piedras que daba del palacio a los vastos espacios abiertos que rodeaban la construcción. La majestuosidad del lugar me dejó sin palabras.
—Ahí tienes que llegar —indicó la mujer apuntando con su dedo a aquel lugar.
—¿Qué es este sitio?, ¿quién eres tú? —cuestioné mientras me ponía de pie.
—Todo va de acuerdo con lo planeado —soltó sonriendo, luego de lo cual depositó entre mis manos un collar adornado por una brillante gema rosa—. Esta es la llave que te abrirá la puerta a tu destino.
—¿Destino?, ¿de qué hablas? —pregunté aún más confundido.
—Debes despertar —cambió su impasible semblante. Estaba ahora preocupada—. Despierta, despierta, despierta —gritaba desesperadamente mientras todo a mi alrededor comenzaba a ensombrecerse.