Artes Prohibidas 1: El Despertar

Capítulo 17. El alcohol y otras malas decisiones

Agosto 19, 2016

LUIS ANGEL POV:

En el lapso de un mes encontramos seis brujas, la mayoría fuera de la escuela.

Como lo dije, la curva de descubrimiento de brujas no haría sino subir con el hallazgo de la difunta Penny. La tarea parecía volverse sencilla, pero ya saben lo que dicen: lo que fácil viene, fácil se va.

Y así como las encontramos, también se fueron. Una tras una fue desapareciendo sin dejar alguna pista de su paradero. Ni una sola se había molestado siquiera en decir que se marchaba por su cuenta, lo que por cierto no llegábamos a comprender del todo, puesto que cuando las encontramos estaban felices

Pero aun así no perdíamos la esperanza de encontrar más.

Por otro lado, hoy me salgo de viaje al campo junto con mi familia por el aniversario de mis padres. Todos estábamos muy emocionados: después de mucho tiempo saldríamos de la ciudad a oxigenarnos.

Después de dos horas de recorrido y de haber visto como los edificios desaparecieron para dar paso a la vegetación virgen, valles y bosques, por fin llegamos a nuestro destino final: una casa de campo dentro de un conjunto residencial perteneciente al trabajo de mi papá.

Desempacamos las maletas del auto y nos acomodamos en nuestras habitaciones mientras mis padres prendían la parrilla para preparar la cena.

—Luis Angel, olvidé las pinzas en el auto. ¿Búscalas, por favor? —me pidió mi papá.

Fui al estacionamiento y de la maletera del auto saqué el set de parrilla que mi madre había comprado. Apenas cerré el auto unas luces amarillas me alumbraron, una familia estaba llegando a la casa de al frente.

Caminé a casa mientras ojeaba aquel vehículo rojo que se me hacía muy conocido. Bajé el ritmo de mis pies conforme mi intuición me hablaba. Esto debía ser una broma: la familia Scott bajaba del auto.

—¿Luis Angel? —Daniela no podía creer que estábamos en el mismo lugar. No le conté a nadie del grupo a dónde me iría.

—H-hola —la abracé en cuanto llegó a mi lado.

—¿Quién es, Daniela? —le preguntó su hermano. Quedó petrificado al reparar en mi presencia.

—Hola —saludé distante.

—Hola —me devolvió el saludo de la misma forma.

A Daniela le provocaba risitas lo que veía.

—Se respira mucha tensión en el aire, ¿no lo creen? —soltó sarcásticamente.

—No —respondimos Mateo y yo en una sola voz.

—Hola, jovencito. ¿Qué tal? —saludó la matriarca de los Scott.

—Buenas noches, señora. Estoy bien, gracias —respondí educadamente.

—Por lo visto tus padres también vinieron.

—Sí, decidieron celebrar su aniversario aquí.

—¡Qué románticos! Los iré a saludar al rato.

—Yo les aviso.

—Mateo, Dani, ayúdenme a bajar las cosas.

—Te dejamos. ¿Te parece si mañana salimos? —sugirió Daniela con una sonrisa que ocultaba algo siniestro por detrás.

—Sí, claro —contesté desconfiado.

—¡Perfecto! —exclamó feliz—. Nos vemos mañana.

—Adiós.

Mateo también iba a despedirse, pero le di la espalda y regresé a casa. No quería escucharlo.

Se suponía que este sería un viaje tranquilo, en familia, lleno de felicidad, pero la llegada de los Scott complicaba todo.

Agosto 20, 2016.

Los rayos del sol se colaron por entre mis cortinas y justo daban hacia mi cara, por lo que no me quedo de otra que levantarme. Debo recordar que cuando salga debo usar bloqueador.

Desayunos en familia el recalentado de la parrilla que sobró de ayer en la anoche. Luego, salimos de casa a caminar y disfrutar del aire fresco del campo.

Pensé que la travesía sería solo en familia, pero no conté con que mi padre le pasó la voz al Sr. Scott para hacerlo en grupo.

—¡No es divertido! —exclamó Daniela por quinta vez durante el trayecto.

—Sí, divertido —solté sin ánimos, no por ella sino por su hermano.

—Sé por qué estás así.

—¿Sí?, ¿por qué?

—«Por Mateo» —contestó en mi mente. La detuve y le lancé una fuerte mirada que te haría pensar que te odio más de lo que puedo expresar, pero ella no se amilanó y continuó—. No necesito ser psíquica como para no darme cuenta lo que sus caras y miradas sienten.

—¿Y qué dicen nuestras caras?

—Que se necesitan —soltó sin más.

—Estás desvariando. El calor te está afectando la cabeza —apresuré el paso para no tener que seguir escuchando tremendas mentiras.

—¡Ay, por favor! No me trates como una tonta. Estoy segura de que algo pasó entre ustedes dos aquel día en el centro comercial.

—Claro que sí —contesté produciéndole una sonrisa a la chica—. Matamos a alguien del colegio ese día, juntos —le susurré y seguí caminando.




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