Artes Prohibidas 1: El Despertar

Capítulo 18. Alexander y la bruja

Agosto 21, 2016

LUIS ÁNGEL POV:

Una comparsa de músicos y unos obreros de construcción estaban haciendo estragos en mi cabeza. Unos tocaban fuerte sus instrumentos y los otros taladraban sin piedad el piso de mi cerebro.

No quería ni podía moverme, sentía que tampoco tenía fuerzas. Hasta respirar me causaba jaqueca.

—¿Cómo te sientes, amor? —preguntó mi madre sentándose a mi lado—. Debes tomar este batido para la resaca.

—Gr-gracias, mami —me levanté lentamente con mucho esfuerzo y con los ojos entrecerrados.

Mi mano se dirigió torpemente hacia el vaso, lo agarré con debilidad y lo tomé de un solo sorbo

—Pasaste muy bien anoche —comentó riendo.

A mi cabeza llegaban las pocas imágenes de ayer. Solo la cara de Mateo arrastrándome hasta esta cama era lo único que podía recordar con claridad. El resto: imágenes blancas.

—Gracias. Dentro de poco me sentiré mejor.

—Está bien, cielo. Toma agua, por favor. Debes hidratarte.

En cuanto mi madre salió, volví a recostarme en la cama. Intenté recordar qué más había pasado, pero nada llegaba aún. Quiero pensar que con el paso de las horas los vacíos en mi memoria se llenarán.

Durante el transcurso del día mi salud fue mejorando. El dolor se volvió intermitente y de menor intensidad. Había tomado ya seis botellones de agua. Para el almuerzo, las dos familias volvieron a reunirse para comer juntas.

Daniela tenía una sonrisa de oreja a oreja esta tarde mientras que Mateo estaba igual de fastidiado que al inicio del viaje, nada fuera de lo normal. En cuanto terminamos de comer, los hermanos mayores nos retiramos del lugar y emprendimos una caminata al lago.

—Ayer casi se besan, ¿cierto? —soltó Daniela como si nada. Mateo comenzó a toser para sacar la saliva que se fue por otro lugar. En cambio yo estaba en modo reseteo, sus palabras calaron en mi cerebro y lograron llenar los huecos faltantes con imágenes de Mateo y yo a punto de volver a besarnos.

—¡Daniela!, ¿qué tonterías dices? —le reprendió su hermano.

—Lo siento, debo regresar —fue lo último que dije antes de teletransportarme a la habitación.

¿Por qué había tenido que pasar de nuevo?, ¿por qué?, ¿le gustará jugar conmigo? Muchas incógnitas debían ser resueltas. Y para terminar de rematar, el dolor de cabeza había regresado.

—¡AAAAH! —grité exasperado.

Le echaré la culpa al alcohol, ese era el gran responsable de todo.

Hoy en la noche regresamos a la ciudad. El aniversario de mis padres había sido un éxito, bueno, solo para ellos. Para mí no fue el viaje que pensé que hubiera sido. Todo por culpa de mis sentimientos hacia Mateo. También por el alcohol.

Estamos guardando todo nuestro equipaje en el auto. Ya habíamos terminado de empacar y estábamos listos para partir a casa, cuando pasó lo impensable.

—Gianfranco, Gianfranco. ¿Dónde estás? Ya nos vamos —llamó mi mamá.

—Iré por él —avisó mi hermano entrando a la casa. Salió a los pocos minutos con una cara de preocupación—. Mamá, Gianfranco no está adentro.

—¡¿Qué?! —exclamó mi madre alarmada—. ¿Cómo que no está adentro? ¿Buscaste bien?

—Sí, mamá, no lo encuentro —mis padres entraron a la casa a buscar a mi hermano menor. Yo también me uní.

—Gianfranco, ¿dónde estás? —gritamos todos desesperados buscando a mi hermano.

—No está adentro —sentenció preocupada mi madre.

—Iré a buscarlo al lago. Ustedes búsquenlo por acá —avisó mi padre.

—Yo voy contigo.

—No, tú quédate con tu madre y búsquenlo por las otras casas.

—Papá, los Scott tampoco lo han visto —dijo mi hermano mientras venía con la familia Scott.

—¿Tu hijo se perdió?

—Sí y no lo encontramos.

—Nosotros te ayudaremos —dijo el papá de los hermanos Scott.

—Estoy yendo al lago a buscarlo.

—Yo voy contigo.

—Está bien, los demás sigan buscándolo por acá —dijo la mamá de los hermanos quien se acercó a mi madre y la abrazó—. Tranquila, lo encontraremos.

Mi padre y el Sr. Scott se fueron al lago a buscar a Gianfranco mientras que mi madre, la Sra. Scott y mi hermano fueron a buscarlo al resto de casas.

—¡Dios! ¡Dónde estás Gianfranco! —cerré los ojos para concentrarme y tratar de sentirlo

—¿Qué haces? Hay que buscar a tu hermano.

—Eso es lo que está haciendo. Cállate —le ordenó Daniela a su hermano.

Me concentré en su esencia, en su respiración, en su energía. Sentí una fuerte corriente proveniente del bosque que me atraía a él.

—Está en el bosque.

—¡Vamos! —exclamó Daniela. Juntos nos adentramos al bosque y comenzamos a gritar su nombre.

—¡GIANFRANCO!




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