Artes Prohibidas 1: El Despertar

Capítulo 20. Norma la buena

Agosto 29, 2016

LUIS ÁNGEL POV:

El regreso a clases había llegado, para malestar de muchos y alegría de unos pocos. La semana pasada había sido una de las más bonitas que haya tenido: Mateo, a su modo, confesó lo que siente por mí.

No puedo afirmar que estamos en una relación formal así como se dice: no hubo una pedida expresa, pero sí era un hecho de que estamos saliendo. Algo hay entre los dos, algo tangible.

Hoy entramos juntos a la escuela, sin pelas, sin molestarnos, solo riéndonos. Aquello desconcertó a Danna y Fernanda, no así a Daniela y Pamela, quienes veían con buenos ojos nuestra abrupta cercanía.

Las clases comenzaron con normalidad, hasta que la secretaria del director Harvey interrumpió la lección de matemáticas, para mi alegría.

—Sr. Inchausti, el director solicita su presencia en su oficina.

«¿Qué querrá ahora?» —preguntó Fernanda, encogí los hombros.

El director me esperaba en su oficina caminando de un lado a otro.

—¿Encontraron más brujas?

—Buenos días, director. Y no, no hemos encontrado a nadie más.

—¡Qué!, ¿qué hicieron todas las vacaciones? —preguntó furioso haciéndome pegar un brinco.

—Descansar —contesté—. Director, sé que su impaciencia se debe a su sed por proteger a cuantas personas como nosotros podamos, pero debe entender que nosotros también tenemos vidas propias.

El director me miró con la boca abierta: no esperaba que le contestara. Debía ponerlo en su sitio. Somos colegas, no sus esclavos.

—Solo quiero protegerlos, a todos.

—Yo lo sé, pero en estas vacaciones también tuvimos nuestros asuntos. Yo más que ninguno.

—¿A qué se refiere? —preguntó frunciendo el ceño.

Ahí fue cuando le conté todo lo que había ocurrido aquella noche en el campo. No daba crédito a lo que escuchaba. La muerte de Alexander elevó a su cenit el grado de sorpresa. Se soltó un poco la corbata mientras su cuello buscaba salir de su camisa.

—¿Y-y dónde está su cuerpo?

—Lo dejamos en el bosque, pudriéndose. Por lo menos servirá como abono para las plantas.

—¡¿Cómo se atreve a decir eso?! —exclamó indignado. Lo miré perplejo.

—Ese desgraciado mató a una niña a quien tuvo como rehén para coaccionar a su madre para que mate a mi hermano, un inocente y simple mortal. Se merecía lo que le pasó y más —sentencié elevando la voz.

—Me parece increíble.

—Lo noté, director.

—Los cazadores tienen un código. No pueden matar inocentes, no pueden hacerles daño a los humanos, a los mortales —explicó muy absorto en sí mismo.

—¿Usted cómo sabe eso?

—Lo sé porque mi padre fue un cazador —confesó. Si la silla no tuviera un respaldar, juraría que me hubiera ido de espaldas contra el piso.

—¡¿Su padre fue un cazador?! —pregunté llevando el cuerpo hacia delante. Eso explicaba cómo es que sabe tanto de ellos.

—Así es, él fue un cazador. Toda mi familia lo fue. Menos yo, claro está.

—¿Cómo hizo para ocultarse, para ocultarles quién era?

—Nunca pude. Mi padre lo descubrió y… trató de asesinarme —reveló agachando la mirada y ladeando el rostro—. Pero escapé antes de que él y mi hermano pudieran hacerlo. Hui de casa y me alejé de toda mi familia. Ya no me pueden hacer daño, están muertos. No fui yo, por si se lo pregunta; fue el tiempo.

—Lo lamento bastante, director.

—Yo también lo hago, pero en fin. Eso quedó en el pasado. Me sorprendió saber que los cazadores fueron tras tu hermano, pensé que no lo hacían.

—Les gusta jugar sucio.

—Así parece —afirmó—. Ya se puede retirar, Sr. Inchausti, eso es todo. Espero que su hermano se encuentre bien.

—Lo está. Muchas gracias. Y en cuanto al otro asunto, seguiremos buscando más gente. No se aflija, ya aparecerán más.

—Lo sé, lo sé.

Salí de la oficina rumbo a mi salón, pero en el camino sentí una corriente eléctrica recorriéndome el cuello. El viento sopló de la nada y las hojas de los árboles se desprendieron y volaron hacia la torre del reloj. Me oculté en una esquina y me teletransporté al lugar.

—¡Tú! —exclamé abriendo grande los ojos al verla aquí.

—Tenemos que hablar —respondió la mujer cuya hija murió a manos de Alexander.

—¿Qué hace usted aquí?, ¿cómo me encontró?

—No fue tan difícil. Después de todo, tu poder se siente a kilómetros de distancia.

—Eso no responde la pregunta.

—No sé a qué viene tu sorpresa. Después de todo, tú dijiste que contaba contigo. ¿O fueron puras mentiras?

Tenía razón. Le dije que no estaba sola. Y si me ponía a pensar, era una bruja que no quería estar sola, parece que necesitaba ayuda.

—No fueron mentiras. Lo dije en serio. ¿Cómo te encuentras? —le pregunté más calmado y relajado.




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