Artes Prohibidas 1: El Despertar

Capítulo 22. Nuevo poder

Septiembre 09, 2016

LUIS ÁNGEL POV:

—¡¿Emocionadas!? Porque yo sí lo estoy. ¿Alguien sabe qué haremos? Espero que salga el sol, necesito broncearme.

—Desde la semana pasada lo sabemos —bufó Danna con cara larga por la excesiva emoción de Pamela—. ¿Alguien conoce de algún hechizo para dormirla? —nos preguntó exasperada, pues nuestra amiga no había cerrado la boca desde que salimos de la escuela y Danna realmente quería descansar un poco.

—¡Ay!, ¿no sé por qué te pones así? Mejor no hubieras venido —volvió a hablar Pamela colmando así la paciencia de Danna.

—¡SUFICIENTE! Fernanda, te cambio de asiento.

—Gracias, pero no.

—Yo lo hago —me paré y me senté al lado de Pamela.

—Hola, amigo, me da gusto tenerte a mi lado, ya no aguantaba a Danna.

—Pues creo que el sentimiento es mutuo —solté una carcajada.

Prefería soportar el excesivo entusiasmo de Pamela que estar bajo la inquisidora mirada de Fernanda, quien no dejaba de preguntarme por Mateo.

Y hablando del rey de Roma, esta semana la pasamos juntos todas las tardes después de clases. Nos escapamos a escondidas de las demás y nos refugiamos en la torre del reloj. ¡Qué lugar para más romántico! Obvio que lo digo con sarcasmo, no era un sitio ideal para tener citas, pero algo es algo.

De vez en cuando iba a mi casa, en donde nos escondíamos en mi cuarto de las incesantes preguntas de mis hermanos, a las cuales Mateo no tenía problemas en responder. Es más, el otro día se quedó toda la tarde jugando FIFA con ellos dejándome de lado. Lo bueno es que se llevan muy bien, les parece divertido. El detalle es que no saben que es más que un simple amigo y creo que seguirá así por un buen rato.

Atravesamos la puerta principal de Villa Feliz. El lugar se encontraba al sur de la ciudad, justo al lado del mar, por lo que las tardes en la playa sería lo mejor del viaje, sin mencionar que cuentan con muchas otras atracciones, como una pista de mini kart, grandes piscinas y campos al aire libre. El lugar era estupendo.

—Muy bien, alumnos. Primero nos instalaremos en las cabañas. Como ya es obvio, las niñas dormirán de un lado y los niños del otro.

—¡Ahhhhh! —se escucharon quejas de los demás.

—Ya, silencio. Hemos venido cien personas, no queremos regresar a casa con uno de más si saben a lo que me refiero —todos se miraron tapándose las risas, sabían que en muchas ocasiones el ambiente se prestaba para otras cosas más íntimas.

—Los chicos síganme por aquí —nos indicó el profesor de matemáticas. Caminamos unos minutos hasta llegar a nuestras cabañas—. En un cuarto entrarán cinco personas. Se acomodarán de la siguiente manera… —el profesor empezó a dividirnos en las habitaciones. Nos acomodó a Frank, Ian, Renato, Mateo y a mí en la cabaña No 7. Mateo y yo dormiremos en la misma habitación.

Ambos nos lanzamos una mirada cómplice, sin embargo recordé que también estarán sus amigos.

—¡Qué bien, tío! Dormiremos juntos —exclamó Renato—. Eso sí, nada de mariconadas —profirió mirándome. Mateo quiso decir algo, pero agachó la mirada, sentía que si me defendía se expondría a las burlas de los demás. ¡Maldita sociedad homofóbica!

—Cuida tus palabras, Renato —lanzó Ian para mi sorpresa—. Ya no estamos en el siglo XIX. Evoluciona un poco, ¿quieres? —soltó el más alto con un tono amenazador.

—Solo decía, hermano, tranquilízate —se defendió Renato un poco descolocado, pues no pensó que Ian le recriminaría su actitud. De hecho, nadie se lo esperaba.

—Lo haré cuando madures —Ian tiró sus cosas a la cama y se dirigió a la salida no sin antes guiñarme un ojo.

—Concuerdo con Ian, quiero descansar en paz este fin de semana, así que, Renato, basta de burlas —afirmó Frank desempacando sus cosas.

Solté una risa socarrona hacia Renato, ya que le habían hecho saber que nadie más en la habitación piensa como él.

—Borra esa sonrisa de tu cara, mariquita —soltó molesto.

—Renato, déjalo en paz de una puta vez o te las verás conmigo —bufó Mateo con la mandíbula rígida mientras se acercaba a mí. Sentí un calor en mi pecho al escucharlo alzar la voz.

—Ahora entiendo todo.

—¿Entender qué? —solté yo esta vez—. Mira, Renato, si mi presencia en esta habitación te causa alguna duda que ponga en tela de juicio tu heterosexualidad, te sugiero que te largues de aquí. De lo contrario, mantén tus comentarios bien adentro tuyo si no quieres recibir la real lección de tu vida —lo amenacé tan seguro de mí que logré intimidar al otro chico quien retrocedió hasta la pared—. ¡Genial! Me alegra que hayas entendido.

Le di la espalda y me dirigí hacia mis maletas para comenzar a desempacar.

—Esto no se quedará así —bufó apretando los puños para luego salir de la habitación.

—Eso me temo —dije para mis adentros.

—No te preocupes. Si ese idiota te hace algo, se las verá con nosotros —comentó Frank—. Aunque creo que con tu amenaza bastó. Hasta a mí me dio miedo —soltó una carcajada al igual que Mateo.




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