Artes Prohibidas 1: El Despertar

Capítulo 23. ¿Qué pasó?

Septiembre 09, 2016

LUIS ÁNGEL POV:

Los ojos me pesaban, pero aun así sentía que los podía abrir de poco en poco. El cuerpo lo sentía pesado, mis brazos y piernas no quería moverse, pero los sentía.

—Está despertando.

—Silencio, no hagan ruido.

Escuchaba varias voces a mi alrededor.

Con mucho pesar pude abrir por completo mis ojos. Me percaté de que me hallaba recostado en una camilla.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Fernanda con la boca temblorosa y con su mirada clavada en mí.

—Estoy un poco mareado —admití mientras me incorporaba, pero fue una pésima idea, pues de inmediato volví a recaer.

—Con calma, no te levantes aún —sugirió Mateo con una voz delicada.

Me acomodé mejor y traté de relajarme. En la habitación se encontraban Fernanda, Danna, Pamela, Daniela y Mateo.

—¿Qué me pasó? —pregunté confundido.

—Mmm, bueno, luego de que Mateo ganara la última competencia, te desplomaste en el suelo tal cual una hoja que cae de un árbol. No reaccionabas, así que te trajimos a la enfermería —explicó Danna.

—Nos diste un gran susto, amigo —confesó Pamela un poco más aliviada al verme despierto.

—Lo siento mucho, me sentía muy mareado, no sé la razón. Por cierto, ¿cuánto tiempo llevo aquí?

—Tres horas —contestó Mateo—. De hecho, justo ahora están sirviendo la cena.

—¡Uy, la cena! —exclamó Pamela sobándose la barriga.

—¡Tu amigo está en la enfermería y en lo único que piensas es en comer! —le recriminó Fernanda con los ojos entrecerrados.

—En mi defensa, desde la competencia no pruebo bocado, déjame en paz.

Verlas discutir me daba energías, tanto así que ya me estaba sintiendo mejor.

—No te levantes aún —ordenó Fernanda al ver mis intenciones.

—Ya me siento mejor, el mareo ya se me pasó.

—¿Estás seguro? —asentí—. Está bien, pero si te sientes mal, avísanos.

—Tranquila, mamá. Estaré bien.

Mateo se acercó a mí, me extendió su mano. La tomé y me ayudó a ponerme de pie. Daniela nos volvió a mirar con sus ojos brillantes.

—Bueno, nosotras nos vamos adelantado. Chicas, por aquí —Daniela sacó a todas del lugar a la fuerza dejándonos a su hermano y a mí a solas.

—¿Estás seguro de que te encuentras bien?

—Sí. ¿Cuántas veces debo repetirlo?

—Compréndeme, nos asustaste a todos. Estábamos celebrando la victoria cuando de pronto yacías en el suelo con Danna y Fernanda al lado preocupadas. Los profesores se acercaron a socorrerte y la enfermera del lugar llegó a los pocos segundos.

—Me robé la atención de todos.

—Sí que lo hiciste —rio divertido.

—Lamento haberme robado el show.

—¡Na! No te preocupes, tú merecías la atención de todos —dijo enarcando una ceja, como si supiera de lo que hablaba.

—No sé qué tratas de decir.

—Vamos, no me mientas. Sé bien que no logré completar los desafíos yo solo —me había pillado—. No tenías por qué hacerlo.

—Claro que sí. Eran créditos extra en deportes. ¡Los necesito! —confesé.

—Igual, es algo de lo que podría haberme encargado perfectamente solo.

—Lo sé, pero un poco de ayuda a esos bracitos que tienes no te vino mal —el chico abrió la boca y luego contuvo un sonrisa. Me tiró puñete al hombro para que me retractará, a lo cual me negué, desencadenándose en ese momento una guerra de golpes romántica.

Ya era de noche, no había mucha luz por el camino, así que Mateo aprovechó la oscuridad del lugar para darme un cálido beso en los labios, uno que disfruté mucho.

—Lo necesitaba —confesó apartándose lentamente.

—Yo también te necesitaba.

Volvimos a caminar hacia la cafetería, estaba muy hambriento.

—Por cierto, ¿cómo hiciste que el otro chico se quedara atorado en el lodo?

—Pues… Yo la verdad no sé cómo lo hice —Mateo enarcó una ceja y se cruzó de brazos—. Es cierto, solo pensé en que no quería que avanzara y pasó. Bueno, también sentí una corriente por todo el cuerpo antes de eso. Raro, ¿no?

—Contigo nada es raro —respondió curvando sus labios en una sonrisa tenue.

En cuanto llegamos a la puerta del lugar, nos fijamos si no había moros en la costa para poder darnos el último beso de la noche antes de entrar a la cafetería.

—Confiesa, Luis Ángel. Sabemos lo que ocultas —preguntó una voz distorsionada mientras me alumbraban a la cara con una linterna.

—¡No sé de qué hablas, loca!

—Respuesta equivocada, prepárate para las consecuencias —el cómo había llegado a esta situación era un gran misterio.

Estaba en mi cabaña cepillándome los dientes para ir a dormir. Los chicos ya estaban en medianoche, a pesar de ser menos de las doce de la noche. En cuanto cerré el caño, alguien apareció detrás de mí, me tapó la cara con una bolsa de tela negra y me sacó del lugar en un abrir y cerrar de ojos.




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