Artes Prohibidas 1: El Despertar

Capítulo 25. Expuestos

Septiembre 16, 2016

MATEO POV:

Miedo, vacío, vergüenza. Esas y más emociones se atrincheraban en mí, una tras otras, una y otra vez luego de hablar con el director Harvey sobre mi futuro en el ejército.

Tenía mapeado ingresar a algún instituto armado desde hace mucho. Es algo que me gusta. Con lo que no conté fue con ir en contra de los que se espera de un militar que defiende a su patria: enamorarme de un hombre.

Luis Ángel vino a cambiar el esquema de mi vida y poner literalmente mi mundo de cabeza. Lo quiero a él, bastante, pero también quiero mi futuro en las Fuerzas Armadas. No puedo escoger entre los dos, como lo dejé a entrever hoy, o fue él. Ya no recuerdo.

Me siento como una reverenda mierda por tenerle que hacer eso cuando realmente siento que daría mi vida por él. Es una sensación difícil de poner en palabras, pero todavía más vivirlas en carne propia.

El sonido de la puerta interrumpió el desarrollo desordenado de mis pensamientos.

—Mateo, te buscan —me avisó mi mamá.

—¿Quién es?

—Es tu amigo del colegio, Luis Ángel.

Bastó escuchar su nombre como para que lo que siento por él le gane la batalla a mi futuro.

Bajé a la sala. Él se encontraba sentado en el sofá, moviendo la pierna incesantemente mientras su mirada se perdía en la nada. Estaba nervioso, incluso bajoneado. ¿Yo era el causante? Claro que sí. Me siento una basura.

—Hola —lo saludé con la cabeza gacha—. ¿Podemos hablar en mi cuarto? —él asintió y me siguió a mi habitación. Una vez dentro cerré la puerta para que nadie oyera nada.

—Mateo, yo…

—Alto —lo detuve— Antes de que continúes, te debo pedir disculpas. Fui un completo imbécil esta mañana. No debí haberte tratado así, ni mucho menos decir lo que dije. Y-yo…

—Yo también lo lamento —me interrumpió. Se acercó más a mí—. No debí abrumarte tanto después de la noticia que recibiste. Sé que todo tiene un tiempo, pero yo de verdad quiero vivir cada momento de felicidad contigo. Aunque sea el último —tonto, no debí dejar que pensaras que se iba a acabar. Eliminé la distancia entre los dos y me apoderé de sus labios. Un beso sorpresa fue lo único que necesitaba para estar seguro de mis sentimientos.

—Olvida lo que dije esta mañana, ¿sí? No quiero terminar contigo hoy, ni mañana, ni pasado mañana. Sé que a lo que me dedicaré será complicado, pero te necesito ahí, a mi lado. A pesar de lo que diga el resto te quiero ahí —confesé con la voz entrecortada, pero tratando de decirlo seguro.

—Hay que vivir en el presente, ¿de acuerdo? Un minuto a la vez. Sin pensar en qué pasará al siguiente minuto, ¿hecho? —entrelacé nuestras manos, pegué mi frente a la suya y sin abrir los ojos contesté:

—Hecho.

Sonrió alegre y lo volví a besar. Nuestros labios se fundieron en un húmedo y apasionado beso. Un beso que transmitía seguridad. Un tierno beso que infundía amor en el otro. Un beso que fue subiendo de nivel conforme los segundos avanzaban y la necesidad de sentirse más cerca el uno del otro aumentaba.

Luis Ángel soltó una pequeña descarga eléctrica en mi cuello, lo cual me hizo saltar y gemir de dolor.

—¡Auch!

—¡Uy! Lo siento. Nuevo poder —sonrió apenado y con las mejillas rojas.

—Lo sentí. ¿Ahora lanzas rayo?

—Así es —envolvió mi cuello con sus manos de nuevo provocando un salto de mi parte—. Tranquilo, no pasará de nuevo. A no ser que me hagas enojar.

—Lo tendré en cuento, niño trueno —se rio por el apodo tonto. Volvimos a juntar nuestros labios y esta vez el beso duró más tiempo.

Después de una larga, acalorada y electrizante sesión de besos, Luis Ángel tuvo que volver a casa. Me alegró haber arreglado las cosas con él. Sin embargo, el miedo a ser descubiertos aún rondaba por mi mente, no había desaparecido y no lo iba a hacer.

Quiero que las palabras que le dije se impregnen en su ser tanto como en el mío. Lo necesito urgentemente. Debía hacer algo para convencerlo con hechos, tanto a él como a mí, de que no me voy a apartar de su lado a pesar de lo que piensen los demás.

Estuve yendo y viniendo de un lado a otro por mi habitación pensando qué hacer. Es más, hasta había dejado un trazo de mi caminar por el piso tal cual uno deja en la arena.

—¡Arena, eso es! —se me había ocurrido algo brillante. Salí de mi habitación y fui a la de mi hermana. Abrí su puerta sin tocar—. Daniela, tú crees que… —cerré la puerta tras de mí—. ¿Qué haces? Nuestros padres te podrían descubrir.

—Lo siento —se disculpó mientras regresaba al suelo. Estaba levitando en posición budista—. Meditaba, no me di cuenta de que estaba volando.

—Ten más cuidado para la próxima —ella asintió.

—¿Por qué estás aquí?

—Necesito tu ayuda —solté sonriendo como un tonto.

Septiembre 20, 2016

—Hola —lo saludé con la voz más seductora que tengo, esas que te hacen bajar los pantalones.




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