Artes Prohibidas 1: El Despertar

Capítulo 26. Los cazadores de Samuel

Septiembre 30, 2016

LUIS ÁNGEL POV:

Estaba echado en medio de un bosque. El aire se sentía fresco, con unas notas de lavanda. Los insectos volaban rodeándome, eran un completo fastidio. Una mosca se posó encima de mi cara. Bastó con que moviera sus diminutas patas sobre mi piel para que me levantara como resorte del suelo.

—¿En dónde estoy? —pensé en voz alta.

La luz intensa del sol que coloreaba el jardín de amarillo se apagó rápidamente. Caminé sin rumbo por varios minutos, chocando con árboles y ramas. A lo lejos, una luz naranja me llamaba como insecto al fuego. Eran varias antorchas que delimitaban un camino, así que lo seguí hasta el final.

Me detuve en cuanto vi dos figuras, una vestida con una túnica negra y la otra con túnica gris. Estiraron sus manos hacia mí y súbitamente fui atraído hacia ellas. Terminé de nuevo en el piso, levanté la mirada hacia ellas, ahora estaban señalando hacia un punto específico. Mi cara se descompuso y la sangre se me heló cuando vi a Danna colgada en una hoguera.

—¡Ayúdame, por favor! —gritaba desesperada. Quise pararme, pero quien llevaba la túnica gris puso su pie encima de mí. Trataba de zafarme, pero era complicado, me había paralizado por completo—. ¡Luis Ángel! —gritó mi nombre una última vez antes de arder en llamas—. ¡AAAH!

—¡Danna! —grité desgarrándome la garganta. Intenté atraerla hacia mí, pero no pude. Intenté lanzar rayos o hacer lo que sea para que el fuego se detuviera, tampoco funcionó.

Agaché la mirada, no quería verla sufrir. Comencé a llorar mientras hundía mi puño en la tierra.

Los lamentos de Danna cesaron repentinamente, alce la vista hacia ella, ahora se encontraba imperturbable, ya no se quejaba, ya no sufría, solo me miraba atentamente, cubierta en ceniza y humo.

—Despierta, despierta, despierta —comenzaron a decir el par de figuras encapuchadas.

—¿Qué?

—Despierta, Luis Ángel, despierta —decía ahora Danna—. Despierta, despierta, despierta…

Abrí los ojos, respirando agitado. Sentía una dolorosa punzada en la cabeza y otra en el corazón. Cuando quise llevarme la mano al pecho una soga me lo impidió. Estaba amordazado.

—Al fin despertaste —una figura borrosa se acercaba a mí. Parpadeé varias veces para aclarar mi visión y, en cuanto hizo efecto, vislumbré una llamativa cabellera dorada atada en una trenza, la cual caía por delante de su hombro. Conforme analizaba más su rostro, me di con la ingrata sorpresa de que era ella, la cazadora de la fábrica. Estaba viva—. Pareces sorprendido. ¿Pensaste que me habías matado, mocoso estúpido? —se me acercó y me abofeteó la mejilla. Intenté estirarme hacia ella, pero alzó su dedo hacia mí—. Ni se te ocurra hacer ningún truquito, sino tus amigos pagarán el precio.

El portón que estaba tras de ella se abrió, unos tipos entraron en la habitación cargando a Mateo y Fernanda inconscientes y sin ningún cuidado los arrojaron al piso como costales de papas.

Sacó de su escoté un walkie-talkie y lo encendió.

—Aquí Amanda, todo sin novedad.

—Entendido. Amaro sin novedad por aquí también —le contestaron del otro lado.

—¿Ves esto? Cada dos minutos nos comunicamos, si nadie escucha nada del otro en ese tiempo, mataremos a cada uno de tus amigos, comenzando por los humanos que están con ustedes —amenazó.

—Si se atreven a tocarles un pelo, les juro que…

—Eh, eh, eh. ¿En qué quedamos?

—No te saldrás con la tuya.

—Eso está por verse —contestó levantando la ceja y riendo.

Me acerqué a mis amigos, dormían profundamente. Los moví para despertarlos, pero no funcionaba.

—El sedante que les dimos es tan potente que derribaría a un elefante en segundos —la miré con los ojos clavados en los suyos, destilando fuego de los míos—. Tranquilo, no están muertos, aún.

—Despierten, vamos, despierten —no lo hacían.

Comencé a analizar en donde estábamos. La habitación era amplia, aunque el techo no era tan alto y las paredes eran de metal, el óxido y la sal imperaban. Y el sonido del mar cerca terminó por darme una pista. Estamos en un contenedor aun en la costa.

Mateo comenzó a removerse en su lugar.

—Mateo, vamos, despierta —estaba recuperando la conciencia. Abrió los ojos lentamente—. Hola de nuevo —le sonreí.

—¡Auch! Me duele la cabeza —se quejó. Lo ayudé a incorporarse—. ¿Qué pasó?, ¿en dónde estamos? —preguntó desorientado.

—Están bajo el dominio de los cazadores de Samuel —respondió un cazador. La rubia con la cara fruncida le pegó en la cabeza.

—¡Eres un estúpido! Se supone que no deberían saber eso.

—L-lo lamento mucho —se disculpó, la rubia resopló.

—Aquí Amanda, todo sin novedad —informó mirando con una cara de pocos amigos a su colega.

—Aquí Amaro, sin novedad —le contestó el otro.

Fernanda se despertó y se sentó velozmente. Comenzó a tocarse el corazón, parecía que le palpitaba rápidamente. Giró la vista para ver en dónde estaba. Abrió fuertemente los ojos al ver a la rubia y sus secuaces.




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