Septiembre 30, 2016
LUIS ÁNGEL POV:
—Libéralos —exigí apretando el puño.
—No estás en posición de exigirme nada.
—Ustedes no lastiman a los humanos que no tienen magia. Ellos no son parte de esto.
—Sí, lo sé. Pero esto se volvió algo personal, sabes. A quién le importa seguir las reglas en estos tiempos.
—«Luis Ángel, distrae a los que puedas, yo rescataré a los demás» —ideó Daniela—. «Fernanda, cúbreme y desvía las balas».
—«Está bien» —respondió ella.
—¿Qué es lo que quieres? —le pregunté.
Arqueó sus labios y oscureció su mirada.
—Los quiero a todos muertos —contestó. Volvió a chasquear los dedos y acto seguido sus cazadores comenzaron a disparar.
Fernanda con gran habilidad detuvo las balas en el aire. Yo comencé a disparar rayos a tantos como pude. Uno de ellos cayó cerca de Samuel y la onde de choque de gran intensidad lo mandó a volar por los aires.
Daniela aprovechó y logró bajar de las sogas a nuestros amigos. Corrió hacia ellos y los desató.
—Vengan —nos gritó Daniela. Fuimos hacia ella, pero comenzaron a entrar más cazadores.
La inminente sensación de peligro y muerte se combinaron y me obligaron a actuar de inmediato. Me giré hacia ellos, cerré los ojos y me concentré mientras los sonidos de golpes contra la pared, disparos y el crujido de metal se hacían más fuertes.
—Quintaesencia —el sonido de los rayos se expandió por todo el lugar y el armazón del barco se electrizó. La corriente viva viajó desde el piso hasta el techo. El barco comenzó a moverse de la nada: todos perdieron el equilibrio y cayeron al suelo.
Después, el barco comenzó a ladearse mientras todo caía hacia un lado, como el barco Poseidón. Los cazadores dejaron de lado la lucha por intentar sostenerse de algo.
Mis amigos se juntaron para teletransportarse, pero antes de unirme a ellos observé a Samuel inconsciente en el suelo.
—No estarás pensando en hacerlo —espetó Fernanda.
—No permitiré que se salga con la suya —respondí acercándome a él.
—¡Debes estar bromeando!
—Al escondite, ahora —ordené una vez lo sujeté.
—Agárrense bien y respiren profundo. Esto les dolerá —les advirtió Fernanda a nuestros amigos.
Todos se sujetaron y desaparecimos del lugar. Llegamos a la torre del reloj, incluido nuestro prisionero estrella.
—¡Puaj! —Ian comenzó a vomitar sobre el piso. Frank le siguió a los segundos.
—¡Iug! —exclamó Danna asqueada por la comida combinada con jugo gástrico que ahora yacía en el suelo.
—Me siento muy mareada —expresó Pamela antes de caer en los brazos de Mateo.
—El primer viaje siempre es de la patada —comentó Daniela mientras Mateo recostaba a nuestra amiga en la cama.
—Erm… —escuchamos los quejidos de nuestro invitado VIP.
Fernanda reaccionó de inmediato: lo levantó del suelo, lo sentó con brusquedad en una silla y lo ató con fuerza.
—Así no podrá escapar a ningún lado.
—¿A-a dónde me han traído, basuras? —preguntó agitado mientras intentaba mantener la cabeza quieta y sus ojos abiertos y enfocados en nosotros. Le costaba trabajo aguantarse, las arcadas fueron precedidas de vómito.
—Estamos en un sitio oculto, nunca sabrás en dónde —respondí cerrando las ventanas del lugar.
—¿Tienes idea de lo que acabas de hacer? —soltó con dificultad.
—De hecho, sí, te traje como nuestro prisionero.
—¡Qué ingenuo eres! —volvió a arquear esa siniestra sonrisa la cual se deformó por otra arcada—. Acabas de meter al lobo en tu guarida —contestó antes de volver a vomitarse encima.
Agarré un trapo que encontré cerca y se lo metí en la boca. Lo cubrí con una funda de almohada para que no hiciera bulla.
—Desde ya te digo que ha sido una pésima idea traerlo aquí —comentó Fernanda cruzándose de brazos.
—Lo siento. No se me ocurría nada mejor.
—¿Qué tal matarlo? —sostuvo Danna.
—¡¿Matarlo?! —exclamó Frank abriendo más la boca.
—Mmm, sí. Es lo mínimo que se merece. Estaba a punto de hacer lo mismo con nosotros.
—Un segundo. ¿Qué está pasando aquí? —Ian logró recuperarse—. Ahora sí tienen tiempo para explicarnos todo esto —nos miró fijamente a todos poniendo mayor atención en Mateo—. Te veo muy tranquilo como para haber visto lo mismo que nosotros, amigo. ¿Algo que confesar?
—Mmm, es-esto, y-yo… —Mateo balbuceaba, no hallaba excusas.
—No fue su culpa, nosotros los amenazamos con no decir nada —salí en su defensa.
—Sí, claro, cómo no. ¿A su hermana también la amenazaron? —rebatió Ian.
—Luis Ángel, yo me encargo —dijo Mateo. Se puso delante de mí, tomó aire y continuó—. Lo que vieron hace poco no fue producto de su imaginación, fue la cruda realidad. Luis Ángel, Fernanda, Danna e incluso mi hermana pueden hacer todo lo que observaron esta noche: mover las cosas con su mente, lanzar rayos, teletransportarse de un lugar a otro.