Artes Prohibidas 1: El Despertar

Capítulo 31. Inframundo, Parte 1

Diciembre 14, 2016

DANNA POV:

Nos echamos sobre el polvoriento suelo de la habitación formando un círculo con nuestros cuerpos. Norma había encendido unas velas alrededor de nosotros para hacer el ambiente aún más místico.

—Mi vestido se está ensuciando. ¿No sería mejor volver a casa y cambiarnos? —sugirió Fernanda mientras se acomodaba en su lugar.

—El poder de la luna llena no será eterno. Perderán tiempo valioso. Es ahora o nunca, modelo.

—Tenía que intentarlo —soltó resignada.

—El sacramento que realizarán hoy, transitus, consiste en viajar a otro plano. Mientras su forma física se quede aquí, en la tierra, su alma se sumergirá en un descenso al mundo espiritual. Pero para poder ingresar deberán pasar una prueba: experimentar la peor pesadilla de sus vidas o el peor recuerdo que alguna vez tuvieron.

—Ojalá que no sea de la película de terror que vi la semana pasada —comenté en son de broma para relajar el ambiente.

—Puede ser que sí o hasta peor —afirmó Norma con un tono serio—. Solo podrán regresar si enfrentan lo que verán. Recuerden que solo tienen un día para volver y que el tiempo aquí correrá más rápido que en el plano espiritual. Así que no pierdan el tiempo.

Nos miramos las unas a las otras al comprender que tendríamos en realidad poco tiempo para volver. Sería una carrera contra el reloj.

—Ahora, crucen los brazos, cierren los ojos y concéntrense en decir bien y con claridad el hechizo —cerré los ojos y respiré hondo—. Sentirán que la energía que fluye dentro de ustedes se irá separando de su cuerpo poco a poco. El viaje se sentirá pesado, pero no les dolerá, se los aseguro.

—Qué consuelo oír eso —dije irónica.

—¡Silencio! Concéntrate, niña.

—Lo siento —volví a cerrar los ojos y canalizar la energía fuera de mi cuerpo. Por increíble que sonara estaba funcionando, podía sentir como perdía fuerza con cada segundo que pasaba. No era un siempre estado de relajación, sino algo más.

—Reciten el hechizo con determinación. Buena suerte.

Los cuatro comenzamos a recitar el corto hechizo.

Natura, divide velum inter vivos et mortuos. Ego redeam.

Con la última palabra mi respiración se detuvo, entré en pánico por el sentimiento de asfixia, por lo que abrí los ojos desesperada.

Me quedé con la boca abierta cuando me vi a mí misma en el suelo y con los ojos cerrados.

Lo había logrado, había conseguido separar mi alma de mi cuerpo. Verme a mí misma se sentía genial y extraño a la vez.

Una densa neblina comenzó a formarse misteriosamente alrededor de mi cuerpo. La vista de lo que pasaba con mi forma física duró muy poco, pues a los pocos segundos mi espíritu cayó en picada al suelo como una semilla hacia la tierra.

Experimenté esa sensación de vértigo por caída libre, ese vacío en el estómago que uno siente cuando va de bajada en una montaña rusa.

En un instante todo se volvió negro, no había nada, no sentía nada, solo un infinito vacío. Un desagradable segundo de soledad seguido de luz, mucha luz, una luz cegadora que me obligó a cubrirme los ojos con la mano. De pronto, de la luz comenzó a brotar una densa neblina, que poco a poco comenzaba a tomar la forma de un pasillo.

Parpadeé varias veces para aclarar mi visión. En efecto, me encontraba en un pasillo apagado, oscuro, con poca iluminación. Las paredes eran de un color blanco hueso, se notaban sombrías por la tenue luz del lugar.

—¿Dónde estoy?

—¡Auxilio, por favor! —giré la cabeza hacia donde provenían los gritos—. ¡Ayuda!

—¿Dónde estás?

—Por aquí —exclamaba desesperada.

Había muchas puerta por todo el pasillo. Corrí y empecé a abrir una por una para dar con la persona que pedía ayuda, hasta que luego de abrir la puerta número catorce di me encontré con el dueño de la voz.

El sujeto que pedía ayuda estaba recostado en una camilla, gritaba de agonía: tenía la pierna rota y ensangrentada. Inútilmente trataba de reacomodarse el hueso salido de su rodilla.

—¡Ayúdame!

—Ya voy —contesté mientras intentaba acomodar el hueso, pero no podía.

—¡AUCH! —gritó de dolor. El hueso no cedía, por lo que debía usar más fuerza.

—Lo siento, pero esto te va a doler más —con magia logré acomodar el hueso—. Listo. Ahora, a cerrar la her…

—¡¿Qué has hecho?!, ¿¡cómo lo hiciste?! —exclamaba asombrado.

—Ahm, bu-bueno, y-yo usé magia para poder ayudarte.

—¡¿Magia?! —preguntó ofendido.

—Sí, magia. Soy una bruja —confesé.

—¡¿Qué?! ¡Una bruja! —sonaba exaltado—. No, lárgate, no quiero que una escoria como tú me ayude —pestañeé varias veces, no comprendía su reacción.

—P-pero necesitabas ayuda.

—No la quiero de una bruja como tú —espetó molesto. Con dificultad se paró de la camilla y con mucha fuerza se volvió a fracturar la pierna, haciendo que el hueso que acaba de arreglar se saliera de su posición.




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