Artes Prohibidas 1: El Despertar

Capítulo 33. Inframundo, parte 2

Diciembre 14, 2016

Segundos antes del inicio de la prueba.

DANIELA POV:

Con los brazos cruzados, los ojos cerrados y la mente despejada comencé a recitar el conjuro.

Natura, divide velum inter vivos et mortuos. Ego redeam —abrí los ojos: me picaban demasiado. Grande fue mi asombro cuando me vi a mí misma tirada en el suelo.

Había logrado dividir mi alma y cuerpo, se sentía genial, aunque aquello solo era el inicio del viaje al más allá. En menos de un segundo, apareció inexplicablemente una densa neblina alrededor de mi cuerpo y al cabo de otro segundo o dos mi alma viajó rápidamente al otro plano. Conforme bajaba, en mi estómago se formaba esa sensación de vacío que sentimos todos cuando caemos de una gran altura.

Dejé de sentir la sensación de vacío, ahora no sentía nada más que un eterno agujero en todo mi ser. Un instante de eterna soledad, seguido de una cegadora luz brillante. Pero a pesar de ello, aún me sentía vacía. Eran sensaciones difíciles de poner en palabras. Una capa de vapor comenzó a emanar de mi alrededor conforme la intensidad de la luz se iba apagando. El vapor comenzó a tomar la forma, muy para mi sorpresa, de los muebles de mi habitación y mi cuarto entero.

Tome conciencia de en donde estaba a los segundos.

—Es mi cuarto. ¿Qué rayos hago aquí? —salí de mi habitación. Todo en el pasillo estaba tal cual lo había dejado esta tarde para ir al baile.

—Ashi eshta, sha shegou —escuché susurros cerca de mí.

—¿Hay alguien aquí? ¿Mamá, papá, son ustedes? —pregunté mientras abría la puerta de su habitación. Estaba vacía, sin señal de ellos.

—Vesh posh aquii —giré de inmediato al escuchar de nuevo los susurros, que provenían ahora detrás de mí.

—¿Hola? ¿Mateo, eres tú? Dime, por favor, que eres tú —caminé de vuelta al pasillo rogando que fuese él, pero tampoco había nadie ahí. No había nadie en mi maldita casa.

—No —sollocé mientras temblorosamente me tocaba la sien— No de nuevo, por favor.

—Eshta aquí, fino al fin —al escucharlo de nuevo, bajé corriendo las escaleras y salí de mi casa a prisa, pero fui emboscada en el frontis por varias personas.

—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren? —pregunté atemorizada.

Ninguno decía nada, ninguno se movía, ninguno respiraba. Ninguno parecía estar con vida.

—Ashudame, por favorsh.

—Fen a mi.

—Callense, callense, CALLENSE —grité desesperada tapando mis oídos con ambas manos.

—Fen por ashquí.

—Ashquí.

—Fen.

No aguanté más los ruidos en mi cabeza y opté por salir huyendo del lugar.

—Matafnosh.

—¡No! —las personas me seguían también, los susurros no cesaban, me agobiaban demasiado.

—Sha sabes que hacersh, matafnosh, ahora —tropecé con una piedra y caí de bruces al suelo. Me había raspado la rodilla, comenzó a arder. No se comparaba con el dolor que siento por escuchar las mentes de los demás.

Las personas me habían alcanzado, estaban delante de mí, rodeándome en un círculo. Había escuchado bien sus peticiones,

—Vafmosh, ashudanos.

—Sha shabesh que hacersh.

—Matafnosh, vafmosh

—Por favor, no —suplicaba.

—Hashlo.

—No pararemosh.

—Matafnosh.

—¡Aaaah! —grité emanando de mi cuerpo una ráfaga de fuego abrazador que terminó por calcinar a todos a mi alrededor: se convirtieron en cenizas y por obra del viento se esparcieron por el aire.

Suspiré aliviada por ya no escucharlos, pero al mismo tiempo me sentía muy mortificada por lo que había tenido que hacer para detener los susurros.

Me puse de pie y comencé a caminar a paso lento de regreso a casa, pensé que el peligro ya había pasado, que estaba a salvo. Fue una vil mentira. El viento, que había dispersado los restos de las personas calcinadas, había llevado sus cenizas hacia mí delante y ahora estaban volviendo a tomar la forma de otras personas.

—No, por favor, no más —me quejé con voz quebrada.

—Holaf.

—Brujash, eresh una brujash.

—Arderash en el infierno, brujash.

—Te mataremosh, mueshte —volvieron para atormentarme.

Con la rodilla lastimada, corrí entre ellos de vuelta a mi casa, subí las escaleras, entré a mi habitación y cerré la puerta tras de mí.

—Nosh uirash tan fashcil de noshotros, brujash

—Eshtaremosh aqui.

—Shiempre.

—Ufna eternidad.

Me encerré en mi armario, me tiré al suelo y comencé a llorar de impotencia. Me quedaría así, atrapada en este plano: el infierno. Estoy en mi peor pesadilla, en un sitio en el que aún no debo estar, pero estoy.




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