Artes Prohibidas 1: El Despertar

Capítulo 34. Inframundo, parte 3

Diciembre 14, 2016

Segundos antes del inicio de la prueba.

LUIS ÁNGEL POV:

El frio del suelo, la oscuridad de la noche y las tenue luz de las velas transformaron por completo el ambiente en la habitación.

Tumbado en el suelo y con los brazos cruzados cerré los ojos y luché por despejar mi mente, por ponerla en blanco después de todo lo que había sucedido con Mateo. Recité el conjuro.

Natura, divide velum inter vivos et mortuos. Ego redeam.

Solo veía la oscuridad, pero aún sentía que estaba consciente. Podía escuchar las respiraciones relajadas de mis amigas, sentir el olor a viejo de la habitación. Incluso sentí a una mosca posándose en mi nariz, lo cual me obligó a abrir los ojos y espantar al insecto con la mano.

—Aún sigues aquí, niño —dijo Norma.

—Lo siento, volveré a hacerlo —cerré los ojos y volví a decir el conjuro—. Natura, divide velum inter vivos et mortuos. Ego redeam —esperé unos segundos y abrí un ojo. Pude ver con claridad el techo de la habitación—. No pasó nada. ¿Por qué? —reclamé incorporándome del suelo. Mis amigas estaban dormidas, en ellas sí funcionó.

—No estás poniendo de tu parte. Para que funcione, debes poner la mente en blanco.

—Eso intento —bufé cruzándome de brazos.

—Pues no lo haces lo suficiente. ¿Qué está pasando contigo?

Los párpados se me pusieron pesados y agaché la mirada. Le tuve que contar el amargo final entre Mateo y yo.

—Con que eso es —volteé los ojos mientras que con mis brazos apresaba mis rodillas—. ¿Y esa es la razón por la que viniste a hacer la prueba?: ¿para huir de tus problemas?

—Yo no… —Norma se cruzó de brazos y me miró fijamente a los ojos. Su mirada cerrada y la ceja alzada indicaban que no me creía.

—La mejor forma de resolver cualquier tipo de conflicto, ya sea del corazón o de otra cosa, es enfrentándolo, buscando soluciones.

—Pero yo…

—No tienes que hacer este tipo de cosas solo para demostrar quién aún tiene el control de la situación, querido. Tú no tienes porqué demostrarle nada a nadie. No lo vale.

La miré reflexionando sus palabras. Era cierto que hago esto para huir de mi fallida relación con Mateo, que hago esto para ocultarme. ¿Pero realmente lo vale? La respuesta era no. No lo vale. Pero por otro lado, sí debía realizar este sacramento para volverme más fuerte y así vencer a los malditos cazadores.

Debo concentrarme en el objetivo y poner la mente en blanco. Llené mis pulmones con aire y continué.

—Estoy listo —sentencié con determinación.

—¡Perfecto! Ahora toma tu posición y recita de nuevo el conjuro.

Natura, divide velum inter vivos et mortuos. Ego redeam.

Sentí una fuerte corriente de energía desprenderse de mi centro y expandirse por todo el cuerpo. Fue tan potente que del susto abrí los ojos.

Era sorprendente verme a mí mismo en el suelo, pero aún más increíble era ver que mi propio cuerpo desprendía rayos por doquier. La oscura habitación se iluminó por el azul electrizante de los rayos. Uno de ellos impactó contra Norma, quien salió disparada contra la pared.

No pude hacer nada, porque de pronto mi alma descendió al más allá a la velocidad de la luz.

La sensación de cosquillas en el estómago no duró ni medio segundo. De hecho, ya no podía sentir nada. Había perdido todo atributo de mi personalidad, sentía un horrible vacío en mí y eso era lo más gracioso, porque no podía sentir que no lo sentía. Ya había experimentado esto en algún momento de mi vida, estaba seguro de ello.

El eterno vacío de mi alma cesó dando paso a una abrumante y reconfortante luz. Una claridad revitalizadora que me dotó de energía y que logró sacarme de las tinieblas en las que estaba sumido.

La potente luz que me alumbraba fue tapada por una densa capa de nubes, de las cuales comenzaron a salir gotas de agua. Estaba lloviendo. Cerré los ojos y alcé la cara para sentir como el agua resbalaba por mis pómulos.

Un fuerte trueno me tomó por sorpresa obligándome a abrir los ojos de nuevo. Había una fuerte tormenta sobre mi cabeza. La lluvia había incrementado su potencia, el agua me caía como si me estuvieran tirando baldazos. Miré hacia delante y me di con la sorpresa de que estaba a unos metros de mi casa.

Corrí a refugiarme. Intenté abrir la puerta, pero no pude; estaba con seguro, así que me teletransporté a mi habitación.

Una vez dentro comencé a secarme. Saqué ropa nueva de mi armario.

—¿Qué haces aquí? —soltó alarmado Gianfranco al verme.

—¿Cómo que qué hago aquí? Es mi cuarto.

—Mis padres se enojarán si te ven en casa, tienes que irte.

—¿Irme? —me cogió de la mano y con fuerza me empezó a jalar fuera de mi cuarto—. ¿Qué haces?

—No hagas bulla. Te escucharán.

—Ya lo hicimos —sentenció mi papá con voz fuerte—. Te dijimos que no te queríamos volver a ver en nuestras vidas, largo de aquí.




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