Diciembre 15, 2016
LUIS ÁNGEL POV:
—¡Danna! —sollozaba Fernanda con la voz quebrada.
Respiraba con dificultad, tenía un nudo en la garganta. No quería creer lo que mis ojos estaban viendo, no quería hacerlo.
—H-hay q-que ba-bajarla —sugirió Daniela entrecortada por la pena. Con sumo cuidado, los tres la bajamos delicadamente de la estaca en la que estaba clavada y la depositamos con gentileza sobre la tierra.
—Danna, no, tú no —entre lágrimas y llantos rogaba que no fuera verdad, que fuera una pesadilla de la cual despertaría. Le acariciaba con delicadeza el rostro, con la intención sentir su calor. Pero lo único que percibí fue una agobiante sensación gélida—. Debe haber alguna forma de…
—Luis Ángel —susurró Fernanda—. Y si… y si lo intentamos —mis ojos se iluminaron por breves segundos.
—Sí, hay que hacerlo, h-ha-hay que intentarlo.
—Yo lo haré —Fernanda y yo cambiamos de lugar. Ella se acercó a los labios de nuestra amada Danna, respiró hondo y luego sopló sobre ella con la esperanza de traerla a la vida. Se alejó un poco de ella para ver si reaccionaba. Nada. La desesperanza regresó.
—Daniela, hazlo tú, inténtalo.
Daniela se arrodilló al otro lado de Danna, se inclinó hacia sus labios y sopló sobre ella. No funcionó. Danna aún seguía inmóvil y sin vida.
—Luis Ángel —Fernanda me observaba impaciente. Yo me incliné hacia ella y rogué porque funcionara.
—¿Están seguras de que no debemos decir algún conjuro?
—No sé cómo funciona —respondió Fernanda ahogando sollozos—. Solo hazlo.
Funciona, por favor, funciona. Le acaricié su pómulo con delicadeza. Cerré los ojos y tomé aire. Le soplé una corriente de mi energía para que volviera a la vida. Tenía la ilusión de que sí lo haría, pero al cabo de unos segundos nada pasó
—No, no, no —entre lágrimas la desesperación tomó el control sobre mí—. Revertio —conjuré con angustia. Nada—. ¡NO! —sollocé, la habíamos perdido—. ¡Danna, no nos dejes, por favor!
Rompí en llantos. Fernanda y Daniela lloraban abrazadas una de la otra. Me quebré hacia adelante y apoyé mi cabeza en el torso inerte de Danna. Los sollozos no paraban.
Una voz venenosa detrás de nosotros cortó el momento.
—Ella ya no está aquí —era la cazadora de pelo dorado, Amanda. No estaba sola, vino con muchos cazadores, quienes nos apuntaban con sus armas—. Su amiga ya los dejó, no hay nada que puedan hacer, salvo unírsele —ladeó una cruel sonrisa.
El dolor dentro de mi corazón fungió como gasolina que alimentó la ira que sentí. Exploté en una furia desmedida. Quería vengarme de ellos por lo que le hicieron a Danna, quería que sufrieran lo mismo que ella padeció. Los mataría.
Me puse de pie. Mi cara destruida mutó. La nariz me temblaba, el ceño lo tenía fruncido y los ojos entrecerrados apuntaban a su objetivo. Concentré toda la energía que tenía en mis puños, los levanté y les apunté. Tenía que botarlo, tenía la necesidad de botar esta rabia contenida en mí.
Ellos estaban a punto de dispararnos, pero yo fui más rápido que ellos. Con mucha impotencia, ira y dolor grité.
—¡QUINTAESENCIA!
Cientos de rayos luminosos salieron disparados de mi cuerpo, desintegrando las balas disparadas. Los rayos impactaron contra sus víctimas con ferocidad. Otros les dieron a los árboles secos cercanos a ellos, los cuales al sentir la ira y el dolor de mi corazón comenzaron a mover sus ramas con agresividad, incrustando en ellas a varios cazadores cual brochetas. Los mataron partieron en pedazos, recorrieron con sus deformes brazos su interior. Los destrozaron con mucho dolor.
Los rayos no paraban de salir, había iluminado el cielo de la noche. No me iba a detener. Quería que paguen por sus maldades, quería que sufrieran en este plano las atrocidades que habían cometido. Y lo logré.
Al cabo de unos segundos, me sentí que me había quitado un peso liviano de encima, pero solo por poco tiempo: recordé a mi Danna, a mi buena amiga Danna. Las lágrimas que volvieron a caer me obligaron a detenerme.
Bajé mis brazos y me tiré de rodillas al suelo, golpeando con mi puño la tierra.
Un mano se posó en mi hombro, una mano que quería reconfortarme, era Fernanda tratando de apaciguar el dolor.
Alcé la mirada y observé el desastre que había dejado, la escena era digna de una película gore: había sangre resbalando por las ramas de los árboles y cayendo a la tierra gota por gota formando un charco rojo.
Escuchamos unos quejidos más allá.
—Aún hay alguien con vida —confirmó Daniela.
Me paré y caminé hacia donde provenían los quejidos para ponerle fin a su miserable vida. Era Amanda quien aún respiraba, pero no por mucho tiempo: tenía atravesada ramas gruesas a la altura de ambos pulmones. Moriría dentro de muy poco.
—Espero que te guste el infierno, perra —exclamé con amargura. Ella abrió los ojos, con el poco aire que le quedaba intentaba hablar, pero no podía articular ninguna palabra.
—¿Quién hizo todo esto?—preguntó Fernanda. Amanda no podía hablar, se ahogaba.