Artes Prohibidas 2: El Ascenso

Capítulo 1. Las reglas se hicieron para romper

Diciembre 08, 2018

LUIS ÁNGEL POV:

Estaba aquí. Era ella, por su cabello castaño que le llega hasta los hombros, su esbelto y compacto cuerpo, esa energía.

Danna estaba aquí, enfrente de mí, dándome la espalda. ¿Pero qué es aquí?

Todo era gris, con una densa neblina que se eleva hasta las rodillas. Había árboles alrededor, pero estaban secos, sin vida, como todo aquí. Era tétrico, muy apagado, como si la felicidad del mundo no existiera aquí.

A pesar del ambiente, corrí hacia ella.

—¡Danna, Danna! —cuando la tomé por el hombro para voltearla, desapareció, se hizo polvo. No, polvo no, se hizo cenizas. Algunas de ellas se impregnaron en mi mano—. No de nuevo, por favor, no —supliqué.

El sombrío lugar se vio iluminado por una cálida luz naranja que se ceñía a unos metros delante de mí. Alcé la mirada para toparme con la cruda imagen de su muerte.

Danna gritaba de dolor mientras el fuego naranja la consumía, volviendo su piel blanca en hebras oscuras.

Solté un grito gutural mientras corría para salvarla. En mi camino apareció ese miserable, quien con una fuerza sobrehumana me tomó de ambas manos, las ató y me tiró al suelo.

—No podrá salvarla esta vez, señor Inchausti —afirmó Harvey mientras apretaba el agarre.

—¡Luis Ángel, ayúdame, por favor! —Danna suplicaba entre convulsiones.

Mi corazón se quebraba con cada lamento que salía de su boca. No podía hacer nada, eso era lo que más me dolía. Harvey soltaba carcajadas, como si fuera el mayor logro de su vida.

No lo soportaba, no podía resistir más.

—¡NOOO!

Grité, levantándome agitado, sudando y con miedo. Todo fue una pesadilla.

Respiré un poco y retiré las sábanas que me cubrían para pararme de la cama. Fui hacia la mesa de la habitación en donde había una botella con agua y vacié todo el contenido en un abrir y cerrar de ojos. Tenía demasiada sed, como si hubiera estado en un desierto por años.

Tiré la botella al piso, encendí la vieja televisión para distraerme y luego me acerqué a la ventana. Abrí un poco la cortina dejando entrar una fina línea de luz color neón del panel que daba frente a mi cuarto.

Eran cada vez más frecuentes las pesadillas, siempre el mismo horrible sueño: Harvey quemando a Danna, ella gritando de dolor y yo sin poder hacer nada al respecto.

Aún me sentía culpable por su muerte. Yo había sido el responsable de que ella ya no esté aquí con nosotros, yo había permitido que Harvey ingresara a nuestras vidas. Yo y solo yo soy el único responsable de que Danna ya no pueda seguir más en este mundo.

Transcurrieron casi dos años desde que escapamos de casa, desde que logramos volver del infierno, desde que matamos a Harvey, desde la muerte de Danna.

Al principio todo fue fácil. Durante el primer año pudimos rastrear varias cédulas de cazadores. Nos encargamos de matar a cada uno de ellos sin compasión. Pero aunque odie admitirlo, las palabras que Harvey dijo antes de morir tenían algo de razón: “¿De verdad crees que conmigo se acabará todo? Somos como una hidra: corta una cabeza y tres más nacerán en su lugar, más fuertes que las anteriores”. Y así fue. Cuando pensábamos que el peligro había terminado, nos equivocamos. Por cada base atacada dos más tomaban su lugar. Por cada cazador eliminado, cinco más tomaban su lugar. Por cada herida que causábamos, más energía perdíamos nosotros.

Era como un ciclo sin fin de violencia, que solo fue creciendo más y más hasta drenar nuestra fuerza vital, hasta tragar nuestra humanidad con cada rio de sangre que dejábamos.

Ya para el segundo año volver con nuestras familias se volvió un sueño lejano. Los cazadores restantes se encargaron de hacernos ver ante la opinión pública como los culpables de todo.

Divulgaron la falsa noticia de que nosotros tuvimos algo que ver con la muerte de Danna y con la de los otros cazadores que murieron en el bosque. Incluso, nos incriminaron en la muerte de Harvey.

Sí somos los responsables de que ese hijo de puta se esté quemando en el infierno, pero era injusto que nos culparan por la muerte de nuestra querida Danna.

Debido a todo lo acontecido, tuvimos que seguir ocultándonos en las sombras. Lo que en un principio había surgido como una idea para proteger a nuestras familias con nuestras ausencias, pronto se convirtió en una misión imposible.

A cualquier sitio al que íbamos, los cazadores siempre hallaban la forma de encontrarnos, por lo que estábamos en constante movimiento. Nunca nos quedamos en el mismo lugar por mucho tiempo.

Cambiamos los hoteles de cinco estrellas por hoteles de mala muerte, como en el que estamos ahora. Cambiamos los restaurantes y patios de comidas de los centros comerciales por puestos de carretillas al paso. Cambiamos el vivir por el sobrevivir.

La pantalla de la televisión comenzó a emitir la repetición de las noticias del día. El rostro de una mujer perfectamente maquillada, con sonrisa ensayada y voz templada presentaba los titulares.

El cintillo rojo en la parte inferior decía: “ALERTA NACIONAL: Aún sin rastro de las jóvenes desaparecidas.”




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