Artes Prohibidas 2: El Ascenso

Capítulo 2. Nos encontraron

Diciembre 08, 2018

LUIS ÁNGEL POV:

Estaba delante de la casa blanca de tres pisos que por veinte años había sido mi hogar.

La fachada descuidada, el césped crecido del frontis, las flores del jardín marchitas y el polvo acumulado en el piso de la entrada, como si no hubieran barrido en años, daba a entender que los dueños tenían otras prioridades.

No me quiero imaginar cómo debe estar por dentro.

Era lógico pensar que una tragedia había acontecido en el lugar como para que a los habitantes de la casa les importara poco el cómo lucía el lugar por fuera.

En fin, después de casi dos años vuelvo a pisar mi antiguo hogar. Mentiría si dijera que no estoy asustado, estoy que tiemblo hasta los huesos.

No sé cómo reaccionará mi mamá al verme después de tanto tiempo y justo hoy.

Aunque para ella sea una sorpresa, para mí no lo era tanto: debo confesar que en algunas contadas ocasiones había visto a mi madre, pero de lejos.

Una de esas tantas veces en que la vi lucía muy demacrada, con visibles ojeras, decaída y con más canas. Se veía muy triste y afligida.

Me sentía una mierda de hijo, pues era mi culpa. Me dolía en el alma no haber podido acercarme a ella, abrazarla y decirle que la amaba, pero era por su bien.

Todo lo hice por el bien de mi familia. Estar alejados de ellos era el precio que debía pagar por su seguridad.

Dejé de aplazar el momento y seguí adelante, no había tiempo que perder.

Tomé una bocanada de aire y hundí mi dedo en el timbre de la puerta. En cuanto el sonido llegó a mis oídos una corriente se disparó desde mi cabeza y se expandió por todo mi cuerpo. El nerviosismo aumentaba conforme escuchaba el sonido de la puerta abriéndose.

—¿Sí? —preguntó ella. Se quedó estática y sin palabras al verme del otro lado de la puerta.

—Hola, mamá —saludé como si nos hubiéramos visto hace tan solo unas horas atrás, como si nunca me hubiera ido.

Salió de su estado catatónico y me envolvió en un fuerte abrazo el cual correspondí de inmediato.

—¡Eres tú! ¡Estás aquí! —decía entre lágrimas aferrándose a mí como un salvavidas.

Su abrazo le devolvió el color a mi vida. Sentí que todo iba a estar bien a partir de ahora. Me sentía lleno de paz, reconfortado, protegido.

Es increíble el poder que tiene el abrazo de una madre, sin duda alguna un regalo maravilloso de la naturaleza.

Alejó su cabeza de mi hombro y me miró fijamente a la cara, estaba feliz, podía sentirlo.

—¡¿Dónde habías estado?! —preguntó con severidad—. ¡¿Por qué huiste?! Dime. ¡¿Por qué me hiciste esto?! —soltaba con lágrimas de rabia.

—Mamá, yo… lo lamento mucho. No fue mi intención hacerte sufrir.

—Pero lo hiciste. A mí y a tu padre nos tuviste preocupados todos estos años sin saber de ti, sin saber si estabas bien o mal, si te había pasado algo grave. Yo no te crie así.

—Mamá, todo esto tiene una explicación, déjame contártela.

—Oh, claro que sí me la darás. Entra —ordenó molesta. Como supuse, todo aquí era un caos. Tomamos asiento en la desordenada sala—. Ahora sí, soy toda oídos. Dime por qué te fuiste sin decirnos nada.

—Fue por… fue para…

—¿Fue para qué? —preguntó aún más molesta.

—Fue para protegerlos a todos ustedes.

—¿Protegernos?, ¿de qué hablas?, ¿protegernos de quién?

—Ay, esto será muy complicado —me dije a mí mismo—. Mamá, necesito que, por favor, mientras te cuente todo tengas la mente abierta. Muy abierta —enfaticé.

—Me estás asustando. ¿Qué hiciste?

—Mamá, por favor, confía en mí, ¿sí? —mi mamá con el rostro descompuesto luchó por volver a la serenidad. Exhalé y continué—. ¿Recuerdas el último paseo al campo que tuvimos? —asintió—. ¿Recuerdas que Gianfranco se perdió en el bosque? —volvió a asentir—. Pues la verdad es que… él nunca se perdió.

—¿Qué?, ¿qué dices?

—A Gianfranco lo secuestraron, mamá.

—¿Qué estás diciendo? No, pero si tú me dijis…

—Mentí. Todos lo hicimos. Mamá a Gianfranco lo secuestraron unos tipos que quieren hacerme daño.

—¿Qué?, ¿hacerte daño?, ¿pero por qué?, ¿por qué no nos contaste esto antes?, ¿por qué Gianfranco no lo mencionó?

—Porque yo le dije que guardara el secreto.

—¿Por qué hiciste eso? Debiste habérnoslo contado.

—Mamá, esto es más complicado de lo que parece.

—Entonces hazlo más fácil. Hazme entender.

Cerré los ojos por unos instantes rogando al cielo para que no entre en pánico.

Estiré mi mano hacia adelante y atraje hacia mí una pequeña foto familiar que se encontraba en la mesa de centro.

Mi mamá observó muy atenta lo que había hecho, abrió los ojos grandemente y se cubrió la boca con su mano.




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