Diciembre 08, 2018
LUIS ÁNGEL POV:
Quise sonar neutro, como lo hago cada vez que nos encuentran, pero esta vez se sentía distinto. Mi voz sonó apresurada. Por la cara de Daniela me di cuenta de que fallé en ocultar mi temor.
—Luis Ángel —escuché mi nombre de sus labios. Giré la mirada hacia Mateo.
Contuve la respiración al observarlo con detenimiento. Cambió mucho desde la última vez que lo vi: creció más, el cabello lo tenía casi rapado y ¡Dios! su cuerpo lucía bien trabajado. Los músculos del brazo se notaban tonificados.
Sus rasgos faciales también cambiaron. La mandíbula se notaba dura, su cara estaba afinada y noté que tenía una pequeña cicatriz en la ceja, quizás producto de alguna pelea.
Intentó acercarse a mí, pero lo detuve. Sentía que me derretiría si lo tenía más cerca. Después de tanto tiempo, aún seguía causando estragos en mi interior.
—TÚ, MALNACIDO HIJO DE PERRA. ¿CÓMO TE ATREVES A ENTRAR A MI CASA? —su padre se descontroló al verme. Corrió directo a embestirme, pero Mateo lo detuvo.
—Papá, basta.
—NO ME TOQUES, INFELIZ —empujó a Mateo y retomó violentamente la embestida.
Alcé mi mano y lo detuve. Ya no se podía mover.
—¿QUÉ ME ESTÁS HACIENDO? SUÉLTAME, FENÓMENO.
—No hasta que se calme.
—DÉJAME IR —el señor Scott luchaba por soltarse; no podía—. ¡¿QUÉ NO VAN A HACER NADA?! DÍGANLE QUE ME SUELTE.
—No hasta que te calmes, papá —le respondió Daniela.
—Está bien, sigue así. La policía está en camino. Es cuestión de minutos para que te atrapen.
—¿Fue usted quien los llamó? —pregunté con el ceño fruncido.
—Así es, desviado. Fui yo —lo solté.
Él tenía razón. Me estaba haciendo perder el tiempo.
—Daniela, hay que irnos, ahora —ella asintió.
Los sonidos chirriantes de frenado se escucharon en la entrada: la policía ya estaba aquí.
—Llegaron. Ya no tienes escapatoria —soltó su padre con odio en cada palabra.
—SOMOS LA POLICÍA. RÍNDASE Y SALGA CON LAS MANOS EN ALTO. LO TENEMOS RODEADO —se escuchó por el altoparlante.
—Debemos hacer algo. No se detendrán.
—Lo sé —sabía que quedarnos o irnos no haría la diferencia. Los cazadores infiltrados en la policía se la tomarían con la familia Scott—. Daniela, quédate aquí con tu familia y cuídalos si logran entrar. Trata de comunicarte con Fernanda y dile lo que está pasando. Debemos reunirnos para irnos.
—¿Tú qué harás? —abrió los ojos espantada—. No, no lo harías.
—Tengo que.
—¡Diablos! Está bien —Daniela se acercó hacia sus padres—. Quédense detrás de mí.
—Por supuesto que no, ellos vienen por él, no por ti.
—¿Qué aún no lo entiendes, papa? Vienen por mí también, incluso por ustedes.
Caminé hacia la puerta mientras Daniela intentaba hacer entrar en razón al testarudo de su padre. Mateo corrió hacia mí y me detuvo del brazo. Su tacto quemaba mi piel.
—No lo hagas: es muy peligroso.
—¿Ahora te importo?
—Siempre lo has hecho —nos miramos por varios segundos. Sabía que de seguir así se volvería abrir esa herida que aún seguía cicatrizando.
—¡VAMOS A ENTRAR! —se volvió a escuchar. Agaché la mirada para no tener que seguir viéndolo. Me solté de su agarre y abrí la puerta.
—**Protégelos** —le ordené a Mateo.
Salí de la casa con las manos en alto. No me iba a rendir, solo era una treta para ganar tiempo.
Como lo pensé, no eran dos o tres patrulleros: eran ocho. Había dieciséis policías, entre ellos cazadores infiltrados.
—TÍRATE AL SUELO O ABRIREMOS FUEGO.
Si lo hacía, estaría firmando mi sentencia de muerte.
—Ya estoy aquí. Adentro están todos bien. No hay porqué hacer este escándalo.
—¡FUEGO! —comenzaron a dispararme hasta vaciar el cargador. Detuve todas las balas en el aire.
No contaron con que había entrenado para esto.
Durante estos años, además de buscar y matar cazadores, las chicas y yo habíamos estado practicando defensa personal, tanto de cuerpo como de armas.
Una de esas tantas clases había sido sobre como detener balas en el aire. Es sumamente complicado al inicio: terminamos con heridas de las balas desviadas, pero ninguna la pudimos detener en el aire.
Con el tiempo ganamos práctica hasta que por fin logramos detener una mísera bala antes de impactar en nuestro cuerpo ¿Quién fue la pionera? Fernanda.
—¡Mierda! —exclamaron bajando levemente sus armas al ver que detuve todas y cada una de las balas. Comenzaron a recargar la munición, dándome así la oportunidad de contratacar.
Con un giro de los dedos cambié la dirección de los proyectiles: ahora ellos eran el blanco.