Artes Prohibidas 2: El Ascenso

Capítulo 6. El chico problemas

Diciembre 13, 2018

LUIS ÁNGEL POV:

Salí hacia una terraza, mejor dicho hacia un hermoso jardín con una imponente fuente de agua en el centro. Alrededor de ella la cercaban unas bellas flores de exóticos colores. A los laterales había banquetas y rodeando el perímetro unas inmensas paredes de arbustos, con excepción del lado que da hacia el borde de la montaña.

Caminé hacia ahí para ver mejor el lugar y en cuanto llegué a la orilla me quedé con la boca abierta por la increíble vista del valle: los ríos, las imponentes montañas y el celeste del cielo. Todo conjugado en una obra de arte natural.

Me apoyé en la baranda de mármol y bajé la mirada. Una brisa húmeda chocó contra mi rostro, pues una catarata salía por el borde de la montaña en donde el palacio se encontraba asentado. El choque de la catarata contra el río generaba un eco húmedo, poderoso y rítmico. Las pequeñas gotas que se desviaban de la caída del agua formaban un arcoíris.

El sol ya estaba encima de mi cabeza, ya debía ser medio día. Aquí, en este lugar en específico, podía respirar a gusto: sentía que mis pulmones absorbían más aire.

El sonido del caudal del rio chocando con la montaña se vio opacado por los quejidos y rugidos de los chicos luchando en las arenas, pese a que estaba a una considerable distancia.

Entre molesto y curioso caminé hasta la arena de batalla. Las personas que entrenaban usaban sus poderes y unos palos en ambas manos para pelear. Otros usaban espadas de maderas que simulaban desde lo lejos ser originales.

Pero sin duda, lo que llamó mi atención fue el rubio de Erick, quien entrenaba junto con un chico mucho más alto y fornido que él.

Pensé que la suerte estaba echada, que el gigantón le iba a dar una gran paliza a Erick. Pero no fue así. El rubio, con una agilidad que a mí me gustaría tener, se deslizó entre las piernas de su oponente para aparecer detrás de él, le pateó en la corva de la pierna haciendo que caiga arrodillado y luego con la espada le dio la estocada final en su cuello.

—Así es como se debe sorprender al enemigo: por la espalda. Incluso si no dominan la teletransportación, ese truco que hice les servirá, sobre todo con personas gigantescas y torpes, como él. Un buen as bajo la manga es mejor que la fuerza bruta —le dijo a toda la clase señalando a su oponente.

Los azules de sus ojos navegaron por toda la multitud y terminaron en mí. Ladeó la cabeza e hizo un gesto en su rostro que no pude descifrar. Yo desvié la mirada hacia otro sitio. No sirvió, pues Erick ya se me había acercado.

—Disfrutando de la vista —soltó con una sonrisa pretenciosa.

—Por supuesto que no. Prefiero ver el valle y los ríos.

—Es una lástima. La batalla estuvo buena —así fue, pero no lo iba a admitir.

El chico de hace rato, el moreno a quien derribé la otra noche se acercó a nosotros con cierta ansiedad en la mirada.

—Erick, los chicos de nivel 3 quieren ver otra… —se detuvo al reconocerme—. ¡TÚ! —gritó exaltado.

—Luis Ángel, déjame presentarte a Hunter Ponce.

—Hola —recibí a cambio: un puñete en la cara de su parte—. ¡Mierda! —mascullé perdiendo el equilibrio, pero por suerte no terminé en el piso. Me llevé la mano a mi mandíbula y comencé a sobarme en la zona que de seguro en cuestión de minutos se volverá morada.

—Me la debías por lo de la otra noche —se excusó el moreno. Volví la mirada hacia él.

—No tengo la culpa de que mis habilidades intelectuales te hayan ganado. Ya sabes lo que dicen: un buen as bajo la manga es mejor que la fuerza bruta.

—Con que sí me estabas prestando atención —afirmó feliz Erick.

—Claro que no —negué—. Es un dicho que todos lo saben.

—Sí, claro —soltó creído, como si supiera que él está en lo cierto. Quería quitarle esa sonrisa estúpida del rostro a rayos.

—Ey, tú! —volteamos hacia a aquella chillona voz femenina.

Se nos acercaba a paso decidido una chica castaña, de esbelta figura y de una cara afinada, pero ensombrecida por una mirada de odio.

—Eso no es bueno —soltó Hunter de repente.

La castaña detuvo el paso e intentó estampar la palma de su mano en mi cara, pero la detuve de inmediato.

—Un golpe fue más que suficiente por hoy —solté para luego aventarla lejos de mí.

Todos los presentes voltearon a verme.

La chica, roja ahora por la cólera y la vergüenza, se paró más rápida que apurad y corrió hacia mí gritando con ira. Erick se interpuso en su camino y la contuvo abrazándola.

—Silvana, detente.

—¡Qué me detenga! —exclamó indignada—. ¿Cómo me pides eso después de lo que me hizo este imbécil?

La miraba con el ceño fruncido. Exageraba demasiado.

La chica luchaba por soltarse sin éxito. Sus gritos fueron tan escandalosos que hasta incluso mis amigas y Nerissa, quienes se perdieron en el interior del palacio, salieron a ver qué ocurría.

Nerissa preguntó desconcertada qué pasó.




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