Diciembre 17, 2018
LUIS ÁNGEL POV:
La luz del día que se filtraba por entre las cortinas aterrizó directo en mis ojos. Los abrí con cierta pesadez mientras me los restregaba con las manos para despertarme por completo.
Mis compañeros aún seguían durmiendo. Aproveché eso, cogí mi toalla y me fui a tomar una ducha. Las regaderas se encontraban vacías. La vida aquí inicia un poco más tarde de lo pensado.
Después de bañarme volví a mi cuarto. Entré y me di con la sorpresa de que tanto el moreno como el rubio se encontraban recostados en el suelo haciendo abdominales.
—Doscientos cuarenta y ocho, doscientos cuarenta y nueve y doscientos cincuenta —terminó el rubio sentado mientras unas finas gotas de sudor resbalaban por su cabello hacia su cuello.
Aún agitado comenzó a mirarme. La ropa que llevaba a la mano la coloqué a la altura de mi pecho tapando así mi piel desnuda.
—Buenos días —se atrevió a saludar. Yo pasé de largo directo a mi armario para cubrirme de ropa, me causaba vergüenza andar así enfrente de desconocidos—. No hay de qué temer, los tres tenemos exactamente lo mismo. Bueno, no en la misma medida —soltó riéndose.
—Tonto —mascullé para mí mismo.
—Te escuché —señaló Erick.
—¡Que bien! Era mi intención —respondí mientras seleccionaba mi outfit del día.
—Sigo sin comprender tu repentino cambio de decisión —comentó una vez se puso de pie para ir por su toalla—. Pero aprecio que hayas optado por quedarte. Sabia elección.
—Empiezo a dudarlo —respondí enfocándome en mis cosas.
Una vez ya listo abandoné la habitación para comenzar oficialmente el día.
Bajé al comedor para desayunar. Encontré a las chicas, sentadas en la mesa del rincón. Junto con ellas estaba nuestra nueva amiga Patricia.
Tal fue mi prisa por llegar hacia ellas que a mitad de camino tropecé con alguien. La bandeja de comida que esa persona llevaba entre las manos terminó regada por todo el piso.
—¡Mierda! Lo que me faltaba. Mira lo que hiciste —un chico rubio, alto, de brazos marcados y con un llamativo, aunque pequeño, lunar cerca del borde de su nariz me miraba con el ceño fruncido.
—Perdón —fue lo único que dije antes de continuar con mi camino.
—Un perdón no es suficiente, novato —resaltó la última palabra para que sonara a burla.
Me giré hacia él y le contesté.
—¿Es el único insulto que se te viene a la mente para hacerme sentir mal? —el chico se quedó callado—. Eso pensé —él respondió con una sonrisa que no supe cómo interpretar.
—Tienes agallas para hablarme así.
—¿Qué no puedo acaso? —pregunté sarcástico barriéndolo con la mirada, cosa que lo molestó.
—De verdad que tienes unas tremendas bolas.
—Créeme que sí —el chico seguía riéndose. Tal parece que le gustaba mi irreverencia.
—Lukas Breca —me extendió su mano, cosa que me dejó descolocado.
—¡Qué raro eres! —le dije y luego me fui mientras escuchaba aun su risa.
—Que tengas un buen día, novato —dijo ganándose un sepulcral silencio de mi parte.
Llegué a donde mis amigas, siendo Patricia la que me recibió con la boca abierta y el ceño fruncido.
—¿Y esa cara? —le pregunté mientras tomaba asiento.
—¿Acabas de dejar con la mano extendida a Lukas Breca? —asentí restándole importancia.
—¡Estás loco! No le puedes hacer eso. Alcé los hombros y me concentré en pedir mi desayuno.
Pensaba que exageraba, pero no era la única que piensa lo mismo. Las demás personas tenían la misma expresión que ella. Algunas cuchicheaban entre ellas mirándome.
—«¿Por qué todos te miran así?» —me preguntó Daniela. Volteé a mirarla negando con la cabeza.
Unas manos se apoyaron sobre mis hombros y unos labios se aproximaron a mi oído dejándome petrificado.
—Tú sí que sabes cómo hacer amigos —soltó Erick entre risas.
—¡Tonto! No vuelvas a hacer eso —le grité arrugando el entrecejo y moviendo los hombros para quitármelo de encima.
—No te vuelvas a meter en problemas —respondió y luego se fue dejándome con dudas.
—¿Qué quiso decir? —le pregunté a mis amigas.
—Yo te lo puedo explicar —comenzó Patricia—. El rubio al que dejaste con la mano colgada es Lukas Breca, alumno de último nivel —levanté mis hombres—. Guardián adjunto de la Guardia de Oridia —nuevamente levanté mis hombres. Patricia achicó los ojos y se acercó más a mí—. Hijo de Constanza Romero, miembro del Consejo de Magia.
—Oh —exclamé entrando en razón. El personal del servicio apareció de improviso con una bandeja con el desayuno, posó todo sobre la mesa y se fue. Me llevé una fresa a la boca—. Me deja sin cuidado su título nobiliario.
Patricia suspiró dándose por vencida.
—¿Qué hay con esos chicos, Patricia? —preguntó Fernanda, quien aún seguía sin dignarse a hablarme.