Diciembre 19, 2018
LUIS ÁNGEL POV:
El martes y miércoles se repitió la misma rutina que el primer día de clases. Solo que esta vez los protagonistas fueron otros profesores.
En la clase de especies mágicas me fue peor. La profesora Vicenta Gómez me ordenó traer del zoo a un vecs, animal que según ella yo debía conocer por ser tan común dentro de la sociedad mágica. Según sus indicaciones, el animal era un perro, por lo que eso fue lo que traje del zoo en cuanto lo vi: un animal parecido a un bichón maltés. Pero no, me llevé el grito de la vida cuando me vio entrando con un lirar, un animal altamente venenoso que te puede matar con su escupitajo cuando está de malas. Me cantó mi vida por haber puesto en peligro a toda la clase, ¿quién en su sano juicio tiene en el zoo de la escuela a un animal venenoso?
Y para rematar, en la clase de latín, el profesor Carlos Clarín me botó del aula porque, según él, en vez de conjurar un hechizo protector lo que hice fue mandarlo de regreso al útero de su madre de forma nada cortés.
Estos días fueron un desastre.
Ya estaba en mi cuarto. Había guardado el volante de la guardia que nos dieron el lunes en el almuerzo. En estos días lo había releído varias veces, tratando de convencerme de no seguir los consejos de mi mente oscura y buena gente. Sería un desastre hacerlo.
Erick entró en la habitación rasgando mi tranquilidad.
—¿Qué tal va tu semana? —preguntó con voz amable.
Estaba en mi cama. Me apoyé sobre mis codos y solo respondí con una mirada gruesa—. Entendido.
Anda, díselo, te mueres por decirlo: me dijo mi subconsciente.
No jodas, no pretendo hacerlo: respondí intentando silenciarlo.
Sabes que sí, no mientas: atacó.
—¡No! —pensé en voz alta. El rubio se giró y dejó de quitarse la camisa.
—Está bien, me cambiaré en el baño.
—No, no era por ti —ahora me miraba con el ceño fruncido—. Ignórame como yo lo hago contigo, ¿sí? —me volví a recostar.
—Como tú digas.
No seas orgulloso y dile: otra vez él, o bueno yo.
No me dejarás tranquilo, ¿no es así?
¿Tú qué crees?: respondió.
Debo estar loco. Me incorporé sobre la cama y lo llamé.
—Erick —el rubio dejó de desabrocharse el pantalón cuando escuchó su nombre saliendo de mi boca; justo a tiempo.
—¿Sí?
—¿Qué tengo que hacer para postular a la Guardia de Oridia?
Mi pregunta lo dejó un poco helado. Tal parece que no se esperaba que le preguntara aquello. Es más, me atrevo a decir que no se esperaba siquiera a que me dirigiera a él de esa forma.
—¿Por qué preguntas eso? —preguntó luego de mover la cabeza.
Luché por responder con tono desinteresado, pero me demoré unos cuantos segundos. Tiempo que a él parecía angustiarlo más.
—Porque quiero entrar a la guardia.
El rubio soltó una fuerte carcajada en mi cara. Esto no hizo más que molestarme aún más con él y con justificada razón.
—¿Qué te parece chistoso, idiota?
—Que quieras entrar a la guardia, eso me causa gracia.
—¿Por qué? —pregunté poniéndome de pie de forma decidida.
—Porque nunca entrarás, por eso —contesto calmándose un poco, pero sin borrar su sonrisa socarrona.
—¿Nunca entraré?, ¿por qué dices eso? —exigí una respuesta.
—Por varios motivos —respondió dándome la espalda con dirección a la puerta. Yo la cerré con mi mente cuando la abrió.
—Explícate —le ordené. Erick frunció el ceño y se acercó con paso decidido a mí.
—Número uno, eres un novato sin mayor habilidad —intentó menospreciarme como el resto de los maestros de esta escuela.
—Te recuerdo que este novato derrotó a varios guardias la otra noche y logró colarse dentro del comedor. Habilidades sí tengo —refuté mirándolo fuertemente a los ojos.
El chico tensó la cara, pues no se esperaba a que le contestara.
—Número dos y creo yo el motivo que te descalifica de plano: solo pueden postular aquellos que pertenezcan al nivel tres en adelante —¡Mierda! Contra eso no podía batallar—. Por eso no puedes postular ni tampoco ser miembro de la Guardia de Oridia.
—Me parece injusto. Tengo un gran poder. Eso lo sabes muy bien —dije haciendo alusión a su ignorada decisión de ponerme en el mismo nivel que mis amigas.
—Estoy atado de manos. No puedo hacer nada. Esa son las reglas —se excusó encogiéndose de hombros.
Él no podrá hacer nada, pero tú sabes quién sí, soltó mi otro yo.
Genio.
Lo quité de mi camino.
—¡Ey! —se quejó.
Salí de la habitación rumbo a la oficina de Ravenna.
Llegué a la puerta y la abrí así sin más.