Artes Prohibidas 2: El Ascenso

Capítulo 12. Fiestas de fin de año

Diciembre 22, 2018

LUIS ÁNGEL POV:

No le he vuelto a dirigir la palabra a Erick desde la pelea de ayer.

Realmente tenía dudas sobre si era buena idea entrar a la guardia teniendo problemas con el guardián mayor del equipo. Supongo que no. En fin, debía superarlo e ignorar a Erick lo más que pudiera. Creo que es fácil hacerlo, ¿o no?

—Yuju, tierra llamando a Luis Ángel, ¿estás ahí? —preguntó Patricia agitándome su mano.

—Ah, sí. ¿Qué decías?

«Nos preguntó qué haremos por navidad y año nuevo».

—Les preguntaba qué harán el 24 y el 31, ¿dónde lo pasarán?

—Mmm, bueno, nosotros… nosotros —me tomó por sorpresa: no sabía qué responderle.

—¿Se quedarán en Oridia? No serían los únicos —contestó con normalidad.

—¿No?

—Claro que no. Verán, no son los únicos “sin hogar” en la escuela. La gran mayoría aquí no tienen otro lugar a dónde ir, salvo Oridia. Todos somos refugiados.

—¿Tú también lo eres? —le preguntó Daniela.

—Yo no. Pasaré fiestas con mi familia en casa de mi abuela en Argentina. ¡Qué aburrido!

—Por lo menos tienes a donde ir —dijo Daniela con algo de pena. Sentimiento que sentí en lo profundo de mi ser.

No era la única. El semblante de Fernanda lucía descompuesto: será el tercer año que pasaremos navidad y año nuevo lejos de casa.

—¿Entonces aquí también celebran navidad? —pregunté.

—Por supuesto que sí. Las sorpresas que les aguardan ni se las imaginan.

Daniela preguntó cuáles serían esas sorpresas. Patricia le respondió que precisamente era una sorpresa y que lo descubriríamos ese día.

—Con lo que me gustan las sorpresas —solté mientras terminaba de comer.

Cerca de nosotros pasaron miembros de la Guardia de Oridia, entre ellos el rubio. No se dignó a mirarme ni por un milisegundo. Yo tampoco lo hice, no del todo.

—Intenso —susurró Daniela haciéndome sobresaltar.

—¿Qué te pasa?

—A mí nada, ¿pero a ti?

—Nada —contesté seco. Ella pareció no creerme. Levantó las cejas con afán de molestarme y averiguar más.

—Si tú lo dices.

—Yo lo digo —sentencié.

Me levanté de la mesa y me dirigí a la salida. Y antes de salir miré de reojo hacia la mesa de los guardias. Erick conversaba con Hunter. Parece ser que el moreno dijo algo gracioso: el rubio se rio iluminando con su sonrisa todo el lugar.

Diciembre 24, 2018

La mañana de noche buena llegó.

Aunque en la mayoría de películas es invierno para estas fechas, aquí, en este lado del mundo es verano. El inicio del sofocante verano. Y peor aún aquí, en medio de la selva, en donde el sol empieza a quemar de forma insoportable.

En cuanto puse un pie fuera de la cama, noté la soledad de mi habitación: camas tendidas, ningún sonido molesto u olor a sudor masculino. Solo yo y nadie más que yo.

Me cambié y caminé por los desolados pasillos del palacio. Un sentimiento de nostalgia crecía en mí a medida que me acordaba de mi familia: echaba de menos el olor de la comida de mi madre, las risas de mis hermanos y el calor del abrazo de mi padre.

—Qué cursi me pongo en estas fechas.

—Y no es para menos: estamos lejos de casa, otra vez —comentó Daniela de la nada causándome un leve susto.

—Deberías anunciarte. Uno de estos días matarás a alguien del susto.

—Mientras no sea a ti podré vivir con ello —bromeó mientras entrelaza nuestros brazos.

Rodé los ojos y seguí caminando rumbo al comedor con el corazón encogido, pese a la presencia de mis amigas.

Al entrar en la cálida sala, me di con la sorpresa de que Ravenna estaba presente.

—¿No se supone que pasaría fiestas en otro lugar? —susurré tomando asiento junto con Daniela y Fernanda.

—Ella y su prima se quedan este año en el palacio para pasar navidad junto con nosotros.

—¿Y el rubio? No lo veo aquí.

—Quien sabe dónde estará —respondió Fernanda.

Ravenna golpeó levemente una copa con un cubierto para llamar nuestra atención.

—Buenos días, estudiantes. Espero que hayan amanecido bien —a juzgar por las caras de las pocas personas que había en el comedor la presunción de la Eterna era errada—. Sé que para algunos estas fechas los hacen sentirse melancólicos y asilados de sus familiares. Pero no deben sentirse de esa forma, ¿saben por qué? Porque se tienen los unos a los otros. Somos ese hogar en el que pueden hallar refugio, en el que pueden encontrar el calor que todos estamos buscando. Nunca olviden que todos nosotros, compañeros, amigos, profesores, incluso Nerissa y yo, somos más que un gran aquelarre. Somos una gran familia.

La sala se quedó en silencio. La palabra “familia” había comenzado a calar por las pequeñas grietas de mi armadura. Hace bastante tiempo no me sentía así: vulnerable.




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