Artes Prohibidas 2: El Ascenso

Capítulo 16. Alto al fuego

Enero 11, 2019

LUIS ÁNGEL POV:

Pasaron varios días desde que entré a la Guardia de Oridia, desde que me enfrenté al lunaris y desde que apareció de nuevo el misterioso caballero rojo.

Cuando les conté a las chicas, ellas se sorprendieron, más que por el ataque del felino, por la aparición del misterioso caballero rojo, otra vez.

Hubo opiniones divididas. Fernanda se preguntaba por qué decidió ayudarme a vencer al lunaris. Daniela tuvo un enfoque distinto: piensa de fue un acto de interés por mí, como una forma de llamar mi atención.

Fernanda y yo coincidimos en que delirando y que su juicio estaba alejado de la realidad. Y sin embargo, admito que quien ahora quiere llamar la atención de ese ser misterioso soy yo.

No hubo ni una sola noche durante la semana en la que no hubiera patrullado los corredores y habitaciones, todo con tal de encontrarlo. Hasta incluso lo llamaba para ver si así aparecía.

Dejando al sujeto misterioso de lado, los entrenamientos mejoraron. Ya no fueron tan deprimentes como el primero. He de admitir que hemos demostrado ligeros avances en cuanto a nuestra resistencia y agilidad: ya no estamos muriendo al culminar las vueltas de calentamiento y terminamos la pista de obstáculos mejor que la primera vez.

Según Nerissa, no podíamos continuar al siguiente nivel de entrenamiento si es que no culminábamos satisfactoriamente aquella pista “básica”. Sí, la llamó básica, porque según ella existen otros obstáculos más difíciles.

Y hablando de cosas difíciles, mi castigo no resultó ser tan suave que digamos. Ravenna se vengó de mí imponiéndome una tarea. Al no saber cuán ardua sería, se aseguró de que no tuviera motivo alguno para reclamar.

En apariencia, cuidar a los nebulianos parecía cosa fácil, pues su apariencia esponjosa que se asemejaba a una nube no me hizo encender las alarmas; pronto descubrí que estas criaturas eran tan caprichosos y cambiantes como mi magia al inicio.

El animal insistía en cambiar de forma cada tantos minutos, volviéndose una mezcla de animales que apenas podía identificar.

Además, con cada cambio de forma venía acompañado una nueva necesidad: desde alimentarlo con flores hasta cantarle canciones para calmarlo. Sí, yo cantándole a un animal que recién me entero de que existe.

Cuidar de ellos se convirtió en una tarea que requería habilidades de magia, paciencia y creatividad que ni siquiera sabía que poseía. A veces, se agrupaban y formaban patrones brillantes en el aire, haciendo que mi tarea fuera aún más complicada, pues pese a que los atraía hacia mí, insistían en reagruparse.

Lo que no negaré es que así como estaban, en el aire dispersos, daban la sensación de que estuviera viendo las estrellas. Mejor aún, el cuadro mismo de la noche estrellada de Van Gogh.

De esta experiencia, además de aprender sobre la paciencia, entendí que las decisiones impulsivas, como bien lo dijo Erick sobre eso de ser un mártir, podían llevarme a asumir responsabilidades bastante inusuales.

Ya en mi último día de niñera de estos seres, intentaba atrapar a uno de los nebulianos que volvió a su estado normal. Antes que pueda hacer algo, el nebuliano se transformó en un pájaro y defecó sobre mi cabeza.

—¡Mierda!

—Literalmente —respondió el rubio riéndose por la escena.

Sin que yo se lo pidiera le lanzó al ave una semilla que guardaba en su bolsillo. Esta de inmediato corrió a atraparla, lo cual me dio la oportunidad de atraerlo hacia mí y devolverlo a su sitio.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté mientras levantaba la mierda que había sobre mí.

—Estaba al costado en el invernadero.

—¿Haciendo qué, cosas de nerd? —le pregunté en son de broma.

—Sí con eso te refieres a cosechar semillas de besubios y procesar pétalos de blulasias para combatir infecciones en la enfermería, entonces sí, estaba haciendo cosas de nerd.

Rodee los ojos. Al instante, 2 nebulianos salieron de sus nidos.

—NO, POR FAVOR. Les dije que se quedarán adentro —vociferé.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó con amabilidad, cosa que me desconcertó.

—No, puedo solo —respondí mientras intentaba atrapar a uno de ellos que se escapaba hacia el invernadero, mientras que el otro buscaba la manera de salir por una de las ventanas.

—Sabes, tengo una maestría avanzada en nebulianos.

—Díselo a alguien a quien le importe —el rubio desencajó la mirada y agachó el mentón. La había vuelto a malograr con él. ¿No se supone que debía tratarlo bien?, ¿qué me pasa?—. Lo siento, no debí decirte eso. Es que estos seres me tienen estresado.

—Deja que te ayude, ¿sí?; ¿no querrías que alguien hiciera lo mismo por ti? —evocó las mismas palabras que le dije aquella noche después del encuentro con el lunaris.

Asentí con la boca cerrada mientras perseguía a uno de los nebulianos. Tuve que entrar al invernadero y atraer a mi presa ágilmente hacia mí

—Te tengo —exclamé feliz al tenerlo entre mis manos—. ¡Guau!, ¿qué es esto?




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