Artes Prohibidas 2: El Ascenso

Capítulo 17. Mazamari

Enero 19, 2019

LUIS ÁNGEL POV:

Estaba en el salón de honor del edificio residencial junto con otros estudiantes, que no pensé que sería casi toda la escuela, que decidieron aventurarse en esta tradición aparentemente ineludible de ir a Mazamari.

Para los nuevos en el palacio, como mis amigas y yo, se percibía un aire de intriga y leve ansiedad.

Daniela preguntaba entusiasmada si estábamos listos para un emocionante día en Mazamari, como niña que descubre por primera vez el mundo del chocolate.

Me preguntaba qué tan emocionante podía ser un pueblo que había ignorado con éxito las anomalías mágicas durante siglos.

—¿Estamos a punto de ir a la guerra o qué? Hay demasiada gente que irá. ¿Cómo se hace para transportar a tantos estudiantes a un pueblo a kilómetros de distancia? —le pregunté a Patricia, quien llevaba puesto ropa muy cómoda y ligera.

—Bueno, para este tipo de cosas el Consejo siempre pone a disposición de la escuela un gran número de vehículos para el traslado.

—Con que no teletransportamos a todo el mundo de un solo tiro.

—Por supuesto que no. Sería inimaginable y muy agotador para quien tenga que hacerlo. Además de que sería raro para los locales ver de un solo golpe a demasiados estudiantes. Por eso los vehículos: nos hacen ver más terrenales.

Fuera del palacio, cruzaban por el puente un gran número de vehículos negros que parecían a los autos que utilizan los presidentes y ministros.

—¿De verdad iremos en esos autos? —preguntó Fernanda. Patricia asintió—. Parece que transportan a gente muy importante.

—Claro, a nosotros —respondió sorpresivamente Silvana con aires de grandeza—. Pero no espero que ustedes lo comprendan —soltó refiriéndose a nosotros. Junto a ella estaban Lukas, Hunter y Erick.

—¿Algo más inteligente que quieras agregar? Cierto, te pido algo imposible para ti —le respondí con una sonrisa socarrona.

La chica iba a responder, pero Erick la frenó en seco.

—Silvana, basta. ¿Por qué no mejor vamos a escoger el carro?

—Tienes razón. No sé qué hago perdiendo el tiempo con gente insignificante.

—El sentimiento es mutuo, querida —le contestó Fernanda, luego de lo cual el rubio se la llevó junto con los demás.

—¿Fue idea mía o Erick te estaba defendiendo? —Patricia dejó entrever que había algo más en la actitud del rubio.

—Fue idea tuya —respondí cortante—. Vamos a subirnos a un carro. Quiero ver qué tan guau es Mazamari.

«Siempre cambiando de tema» —comentó Fernanda en mi mente. Me giré a fruncirle el ceño, a lo que respondió alzando ambas manos

Uno de los autos se aparcó delante de nosotros. El conductor llevaba un uniforme negro y unos lentes de sol. Sí, parecían la seguridad de gente VIP.

Subimos a la movilidad, yo me senté de copiloto, y el viaje comenzó. Terminando de cruzar el puente comenzó una trocha carrozable que se abría paso por entre los árboles. Al cabo de unos segundos atravesamos el primer escudo que protegía el palacio. No sentimos nada en particular a decir verdad.

Lo realmente mágico vino cuando cruzamos el segundo velo: sentimos un muy notable cosquilleo en nuestro interior.

La trocha terminó a unos kilómetros después del segundo escudo. Ahora una verdadera carretera asfaltada nos conduciría a Mazamari.

Durante el camino analizaba si estar en este paseo había sido una buena idea. Estaba decidido a no dejarme llevar por la aparente euforia colectiva.

Dejé de pensar en ello cuando los verdes paisajes me transportaron a tiempos más simples. Recuerdo que antes de todo esto, antes de las brujas y la magia, con mi familia hacíamos viajes durante las vacaciones a las zonas altoandinas y la conocida ceja de selva, que es en donde nos encontramos ahora.

Extrañaba la familiaridad de esos días, donde la magia no era más que el cálido abrazo de mis padres y las discusiones con mis hermanos. Anhelaba volver a aquel refugio seguro que una vez conocí. Daría cualquier cosa por regresar a esos momentos, por perderme entre risas familiares, compartir historias alrededor del fuego y olvidar por un momento este mundo de cazadores, criaturas mágicas y peligros.

En efecto, la nostalgia se había apoderado de mí. Daniela lo notó, me veía con pena por el retrovisor.

—¡Detente! —le grité. El conductor pegó un pequeño salto de su asiento.

—Joven, no puedo detenerme en plena carretera.

—Lo siento, no me refería a usted, sino a una entrometida.

—A mí ni me mires, que estaba vez no hice nada —se defendió Fernanda.

—Me refería a la otra entrometida.

Daniela se hizo la desentendida y comenzó a hablar con Patricia sobre a qué hora estaríamos ya en el pueblo. Con ellas cerca de mí no tendría ningún momento de privacidad ni incluso dentro de mi mente.

Un gran letrero de metal de color verde y de letras blancas que decía MAZAMARI nos daba la bienvenida al famoso pueblo del que todos hablan.




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